La dolarización o, mejor dicho, el miedo a ella, se convirtió durante el fin de semana en el motor de la historia. Al menos, de la que transcurre en las inmediaciones de Eduardo Duhalde. No debe pensarse en que el Presidente haya comenzado a abrazar esa bandera, que para él está identificada con Carlos Menem como ninguna otra. Tanto que uno de sus íntimos razonó ayer, ante este diario, en Olivos, mientras los presidentes del Mercosur realizaban su «garden party»: «'El Negro' está impedido de hacer dos cosas durante su gobierno. Una es dolarizar. La otra es mandar la Gendarmería a reprimir al segundo cordón del conurbano. Cualquiera de esas dos decisiones lo pulverizarían como dirigente político».
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¿Por qué tanta obsesión por la eventualidad de que la economía quede dolarizada? Sencillamente, porque el temor a ese desenlace ha producido dos movimientos importantes y confluyentes en los últimos días. Uno lo protagonizó Raúl Alfonsín. El otro, Fernando Henrique Cardoso.
El ex jefe radical estuvo ayer en la reunión de presidentes, en su calidad de titular de la Comisión del Mercosur del Senado. Se paseó por la quinta, notoriamente mejorada desde que él la tuvo como morada, mostrando las hematomas que dejaron en sus manos las trompadas que repartió en la avenida Santa Fe, frente a su casa. «Aguanté todo lo que pude, pero cuando me gritaron ladrón no me contuve más y me fui a las manos», le explicó al embajador Jorge Hugo Herrera Vegas, quien, risueño, lo provocó así: «Presidente, me hacés acordar a tus antecesores del siglo XIX que arreglaban a los golpes sus dificultades con el público».
La proximidad de Alfonsín con Duhalde fue mucho más formal ayer que el viernes, cuando tomó contacto con José Pampuro, el «alter ego» del Presidente. El jefe radical manifestó una angustia inesperada, conversada largamente con el sigiloso Mario Brodersohn, su faro en materia de economía. Lo que desvela a Alfonsín es que Duhalde, por presiones de su propia interna o por atavismos ideológicos, termine resistiéndose a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. «Dígale al doctor Duhalde -suplicó Alfonsín-que si hay que hacer esfuerzos o, como se dice comúnmente, bajarse un poco los pantalones delante del Fondo, habrá que hacerlo. Pero lo que no nos podemos permitir es que esto termine en dolarización.»
Pampuro coincidió con el ex presidente y no sólo por el repudio a la dolarización. También porque pertenece a un ala del gobierno que recomienda el acuerdo con los organismos de crédito, en la que están incluidos Jorge Remes, Jorge Capitanich, Carlos Ruckauf y Eduardo Amadeo (disienten, en cambio, los «padres fundadores» del nuevo modelo, tipo Eduardo Camaño, José María Díaz Bancalari o la propia Chiche de Duhalde). Eso no le impidió a Pampuro ponerse al borde del desmayo después de asistir, como espectador exclusivo, a una presentación de Alfonsín en defensa del Fondo Monetario: el encargado del área presidencial acaso se haya arrepentido de no haber grabado ese testimonio único.
Como todo radical, el hombre de Chascomús se mueve con un ojo en la interna, y eso condiciona enormemente su apoyo a Duhalde. Por eso, don Raúl requiere diariamente que el gobierno no realice gestos o desarrolle políticas que lo pongan a la derecha de la administración de Fernando de la Rúa, a quien él formalmente pidió la renuncia a la Presidencia. Lo obligarían a hacer lo mismo con Duhalde y, de ese modo, ingresar en un desierto político que puede significar la disolución final.
•Charla a solas
Cardoso se movió ayer en la misma dirección que Alfonsín, aunque por razones diversas. Durante más de una hora, después de desayunar, deambuló por los jardines de Olivos con Duhalde. Hablaron a solas, como por la noche, después de la comida, ausentes ya los cancilleres con quienes sólo se trataron formalidades. En esos diálogos, según alcanzó a trascender ayer, el sociólogo fascinó a su colega argentino. No es para menos: Cardoso es un experto en giros, tanto que logró disimular una biblioteca entera escrita por él sobre la teoría de la dependencia para realizar una gestión que, para los parámetros brasileños, ha sido de las más ortodoxas de la historia del país. Claro que para Duhalde esos «parámetros brasileños» resultaron envidiables: «A mí también me vinieron con el aumento de los combustibles; lo habían decidido, pero nadie me había consultado. Entonces pensé: 'Así nao adianta', y veté la resolución. Ahora no hay aumento de la gasolina en Brasil». El bonaerense escuchó embelesado este ejemplo sobre «el arte de gobernar», especialmente cuando recordó que Petrobrás sigue siendo una empresa del Estado. La anécdota no podía resultar más mortificante para él: ayer el gobierno sólo pensó en la suba de los combustibles, decidida por el mercado.
Durante el paseo matinal, Duhalde habló de su pasión por el país de Cardoso y contó: «Cuatro veces por año me tomo unas vacaciones allá». La estadística impresionó al huésped, quien enseguida condujo la charla por los mismos desvelos que Alfonsín le manifestó a Pampuro.
El presidente brasileño recomendó comenzar a estudiar una unión monetaria y se propuso como canciller informal para inducir al Fondo a prestar auxilio financiero en el corto plazo. «Voy a estar la semana que viene en Estocolmo para una reunión con Blair, Schröder, que estuvo contigo, Lionel Jospin y el mismo Horst Köhler. Voy a hablar con ellos y algo vamos a conseguir», prometió Cardoso a Duhalde, a quien ilustró después: «Brasil no forma parte del G-7, pero para cada reunión nos consultan informalmente, así que en ese plano también podríamos ver alguna gestión». El argentino informó: «Hablé con Schröder y él me recomendó lo mismo, arreglar con el Fondo». Es posible que el motor de la nodolarización haya funcionado también en ese caso.
El temor del sociólogo es similar al de Alfonsín: que se produzca una estampida de precios, que el tipo de cambio comience a subir, que las empresas no entreguen mercadería si no es con precios en dólares (como ya comenzó a ocurrir) y que la dolarización se imponga como mal menor a la híper. Para Brasil y, sobre todo, para Cardoso, sería el final del Mercosur y la inclinación obligatoria a un designio que, en alguna medida, se quiso evitar con ese proyecto de integración: el predominio de los Estados Unidos en un área que, desde hace más de dos siglos, los brasileños quisieron exclusiva para su pacífica hegemonía.
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