Néstor Kirchner, Eduardo Duhalde y Carlos Chacho Alvarez.
Vuelve Carlos Chacho Alvarez, quien mantiene con prolijidad sarmientina sus clases en la Universidad de Quilmes (dos días por semana). Requiere algo más para vivir y desde su fundación del Centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales (CEPES) impulsa para el 20 una cumbre con múltiples participantes para diseñar el boceto de un plan de mediano plazo. Abierto, convocará a dueños de grandes empresas (AEA), a los hacedores del Plan Fénix (universidad), organismos como CEPAL o Naciones Unidas y hasta el propio gobierno. Según él, muchos se van a sorprender de las coincidencias entre Aldo Ferrer y dirigentes como Pagani o Rocca. Según él, tampoco la hechura de este proyecto es contra el gobierno -dice reunirse cada tanto con Néstor Kirchner e invitó a Roberto Lavagna-, pero en rigor apunta a lo que esta administración todavía no mostró: un plan. Al menos, de mediano plazo.
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Loable intento, quizás, amparado en la necesidad de establecer una Moncloa económica de partes para mejorar exportaciones, determinar el nivel del dolar, profundizar el Mercosur, la relación con Europa y «eventualmente discutir más tarde el ALCA».
Prioridades que, como se ve, determinó antes de iniciar el simposio. Mientras difunde esta iniciativa casi parlamentaria, de paso habla de la situación política.
En principio, el ex vice renunciante de Fernando de la Rúa manifiesta su sorpresa ante los logros de Kirchner, quien -de acuerdo con su particular visión-«ha hecho mejor las cosas de lo que la mayoría de los argentinos esperaban». Una opinión controversial, sin duda, aunque él siempre dice hablar en nombre de la gente: debe ser por su contacto semanal con un grupo de estudiantes en Quilmes. Pero en la difusión de su congreso, además de su favoritismo por el santacruceño, también expresó el modo de combatir al duhaldismo, sin expresar si esa idea es autoría propia o surgida de sus charlas con el mandatario.
Reconoce que puede resultar una contradicción que Kirchner haya llegado al poder en alianza con Duhalde, pero que ese pacto no se puede romper. No tanto por cuestiones ideológicas, sino por razones de gobernabilidad o permanencia: Duhalde sigue siendo poderoso. O sea, piensa tal vez que las convicciones pueden dejarse en los escalones de la Casa Rosada, a cambio claro de no dejar la Casa Rosada. Por lo tanto, sugiere desmontar en la medida de lo posible todo aquello que hace fuerte a Duhalde, advirtiendo que esa tarea no es sencilla. Pues, plantea «¿con qué estructura política lo reemplazo?, ¿qué nuevos dirigentes tengo para que la próxima competencia electoral se le gane políticamente a ese aparato?». Realista, casi vencido, dice querer un instrumento político nuevo, distinto, alternativo al bonaerense, pero «¿quién lo está haciendo?, ¿quién lo tiene?, ¿dónde están los nuevos dirigentes?». Por supuesto, no él -quien, por otra parte, tiene varias comidas con el propio Duhalde-y, en sus diálogos con el Presidente, tal vez lo haya convencido de esa tarea titánica. Por alguna razón, al margen de chisporroteos orales, Kirchner ha buscado de nuevo la paz con Duhalde, se resigna a que el distrito bonaerense siga escriturado a otro nombre.
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