El sistema electoral que se impuso en la provincia de Buenos Aires para sustraer al duhaldismo de una eventual derrota de Néstor Kirchner ha comenzado a tener derivaciones cada vez más llamativas por lo espantosas. Las deformaciones principales del sistema ya son conocidas. En principio, se convocan las elecciones internas para el 30 de marzo, es decir, con una anticipación sideral. Las elecciones generales serán el 14 de setiembre pero Eduardo Duhalde y Felipe Solá procuran que se realicen antes del 27 de abril, de modo tal que para ese día, que puede ser el de la derrota, los candidatos a gobernador, intendente, concejales, legisladores provinciales y, eventualmente, diputados nacionales (esto es optativo) tengan ya aseguradas sus candidaturas, más allá de la fortuna de su representante en la elección presidencial.
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Además de adelantar artificialmente el cronograma, Duhalde y Solá intervinieron en la vida doméstica de las demás fuerzas políticas promoviendo una ley por la cual en la provincia el Poder Ejecutivo fija la fecha de las internas para todos los partidos, en una demostración inusual de intervencionismo. Se trata de que un partido no pueda mandar a sus afiliados a votar en la disputa de otro ya que se supone que estarán ocupados en su propia pelea ese día (de allí que hasta se quiso, por un momento, que todas las fuerzas, aun aquellas en las que no se presentaba más que una lista, realizaran internas).
Además la legislación que regula estos comicios impide que quien participó en una interna y perdió pueda después presentarse como candidato en la elección general. Esta reglamentación se combina con una disposición del Código Nacional Electoral: hasta 60 días antes de la elección general (en este caso, hasta el 14 de julio) está permitido a los partidos hacer alianzas entre ellos.
Los caudillos y caudillejos de la provincia han descubierto rápidamente el modo de sacar ventaja de este corset que quisieron imponer Duhalde y Solá. Detectaron que tanto en la escala provincial como en la seccional y municipal, se abrió un gran negocio: armar listas aunque no tengan la menor posibilidad de imponerse en las elecciones. El razonamiento es bastante lineal. Antes que presentar candidaturas en las internas, con el riesgo de perder, ni siquiera arañar la minoría y ver clausurada cualquier participación ulterior en el proceso electoral, los innumerables punteros de la política bonaerense advirtieron que lo mejor es armar una lista con el nombre de algún partido «de fantasía» y sentarse a esperar. ¿A esperar qué? Sencillamente, que los candidatos a diputados, concejales, intendentes, diputados nacionales o a gobernador con mayores chances se inquieten por la dispersión electoral que habrá el día de las elecciones generales.
•A cobrar
Estos cabecillas de pequeños grupos, llamados con desdén «el chiquitaje» por los candidatos más promisorios, esperan que antes del 14 de julio se los invite desde las grandes listas a dar de baja sus candidaturas para simplificar la marabunta de boletas en que quedará convertido el cuarto oscuro. Ese día habrá llegado la hora de cobrar. El candidato menor a la intendencia pedirá un par de direcciones o una secretaría; el que no tenía chances de sacar un mísero lugar de concejal o diputado en una interna, ahora podrá pedir un espacio en la lista con tal de «bajarse».Ya hay quienes, en vez de espacio político, piden sencillamente plata para deponer aspiraciones que siempre fueron irreales.
Además de favorecer todo tipo de perversidades en los políticos de profesión, estos reglamentos tienen un efecto desfavorable sobre la calidad de la representación. Sucede que para constituir una alianza sólo hace falta un trámite burocrático que deben llevar adelante las autoridades de cada partido, sea en la provincia o en el municipio. La asociación se registra en la Justicia Electoral y se dispone «ad referendum» de un congreso o convención que, tranquilamente, puede no reunirse jamás. Tener la lapicera para firmar el convenio comienza a cotizarse cada vez más.
Pero como la operación se puede realizar dentro de las cuatro paredes de un comité sin demasiada transparencia, muchos ciudadanos que participaron de una interna no encontrarán en las listas del cuarto oscuro los nombres que salieron votados aquel ya lejano 30 de marzo. Habrá otros, los que se intercalaron por obra y gracia de alianzas que dispusieron las cúpulas.
En este negocio están pensando muchos de los dirigentes que por estas horas buscan nombres más o menos originales para inscribir sus listas pasando por el costado de la interna y apuntando al 14 de julio, fecha clave para la inscripción de alianzas. A nadie le interesa demasiado el tipo de legislaturas o concejos deliberantes que surjan de estas componendas, donde habrá «un gaucho de cada pueblo» que obedecerá a jefes innumerables.
Volver a reunir lo que en estos días se dispersa será una tarea gigantesca para una clase política que decidió pulverizarse con la fantasía de que así seguirá viviendo. De un proceso de esta naturaleza no cabe esperar mucho más que desencanto y cinismo por parte de la población, que asiste a la «italianización» de sus políticos: como en la Italia anterior a los '90, las formaciones políticas serán más que las congregaciones de monjas, la ciudadanía las contemplará como quien va a una obra de teatro y las corruptelas fluirán por todas las hendijas del sistema con más facilidad. Al cabo de una década, tampoco no cambió demasiado el panorama en Italia. ¿Irá la Argentina en esta dirección, perdido ya hasta el fervor del «que se vayan todos»? Para un país al que le bastó un año para ver cómo su PBI se derrumbaba en 11% mientras su clase política respondía al fenómeno inventando martingalas para conservar la baldosa de poder amenazada, habría que temer un destino parecido.
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