Ciudad del Vaticano (especial) - El sacerdote jesuita argentino Jorge Bergoglio fue ayer uno de los más aplaudidos cuando el papa Juan Pablo II le impuso el birrete de cardenal, en el acto celebrado en la plaza de San Pedro. Incluso fue visible para quienes estaban más cerca, el sonrojo de sus mejillas, resultando notoria la diferencia con el resto debido a que su cruz pectoral era de plata, y el resto la exhibía de oro. Austero el arzobispo de Buenos Aires y primado argentino, cuando el embajador ante la Santa Sede Vicente Espeche Gil le ofreció hacer una recepción en la sede diplomática -Honduras, España, Chile, Colombia y Venezuela, entre otras, también la hicieron-. Bergoglio exigió que fuese sólo para diez personas. «La situación en la Argentina no está como para hacer grandes recepciones», dijo en respuesta al envite, al que asistirá el secretario de Culto, Norberto Padilla, el único funcionario presente.
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Juan Pablo II creó ayer 44 nuevos cardenales, dentro de los cuales están los dos argentinos: Bergoglio (64 años), y el director del archivo y biblioteca vaticanos Jorge Mejía (78).
Con estos nombramientos, la Iglesia argentina tiene ahora cuatro miembros en el Colegio Cardenalicio, si se tiene en cuenta a los cardenales Raúl Primatesta (ex arzobispo de Córdoba) y Juan Carlos Aramburu (ex de Buenos Aires), aunque ninguno de los dos esté en aptitud de poder elegir a un nuevo papa ya que ambos tienen más de 80 años.
Anillos
Hoy por la tarde, en la Plaza San Pedro, el Papa, en una misa concelebrada con los nuevos príncipes de la Iglesia, les entregará los anillos de la investidura cardenalicia. Ayer prometieron fidelidad a la Iglesia hasta la muerte, incluso el martirio. De ahí el color púrpura de la vestimenta, que en la tradición recuerda la sangre derramada.
El único que hasta ahora había recibido la púrpura cardenalicia de Juan Pablo II es Antonio Quarracino. La lista de cardenales argentinos está integrada por Santiago Luis Copello, Antonio Caggiano, Nicolás Fasolino, Primatesta, Aramburu, Eduardo Pironio y el propio Quarracino, sin contar a los monseñores Bergoglio y Mejía, creados ayer.
Los cardenales ya no ostentan, como antaño, sombreros excéntricos ni vestuarios principescos; hace tiempo pasaron de la pompa a la sobriedad. Para los cardenales de otras épocas, casi medio siglo atrás, hasta la elección del departamento a ocupar era algo muy importante, vinculada con algunas normas relacionadas con la dignidad del cardenalato.
Pero en el atuendo es donde el cambio es más evidente. En estos años desapareció el gran sombrero rojo de alas anchas con moños dorados que el papa imponía al nuevo cardenal. Tampoco se usan ya las grandes capas rojas o violetas, según el tiempo litúrgico, ni la capa de piel de armiño que a veces se realizaba con pieles de conejo, más económico, y el sombrero de gala con piel de castor.
Pero sobre todo ya no se usa la «capa magna» que tenía 24 metros de cola y fue abolida por Pío XII en los años '50 (la usó Copello en la Catedral porteña). A pesar de la simplificación del «look», las sastrerías romanas especializadas en el clero siguen haciendo buenos negocios y éste es un buen momento gracias al consistorio. En las tiendas de Gammarelli, Barbiconi y Euroclero los nuevos cardenales dejarán de todos modos entre u$s 2.500 y u$s 5.000 dólares, a menudo regalados por amigos y fieles. Para el hábito rojo con capita del mismo color se necesitan unos u$s 900 dólares; para el hábito negro con filetes rojos, unos u$s 500; u$s 150 más, para la faja de seda, y el birrete no cuesta más de u$s 50. Pero todo tiene que estar duplicado para poder cambiarse cuando sea necesario.
Un precio muy variable es el de la túnica de puntilla blanca que se usa sobre el hábito, que puede costar desde 200 dólares hasta 2.000, mientras la mitra de damasco blanco cuesta unos 120 dólares y el cordón de seda rojo y oro para sostener la cruz pectoral va de los 40 a los 60 dólares.
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