12 de septiembre 2003 - 00:00

Ballottage porteño:¿hasta dónde cambia la historia?

Mauricio Macri y Aníbal Ibarra llegan a la segunda ronda electoral de la Capital Federal con pareja intención de voto ante un cuarto oscuro en el que apuestan al todo o nada.
Mauricio Macri y Aníbal Ibarra llegan a la segunda ronda electoral de la Capital Federal con pareja intención de voto ante un cuarto oscuro en el que apuestan al todo o nada.
Si fuera por los argumentos que se escuchan en las facciones enfrentadas, habría que pensar que el ballottage de la Capital Federal, que se realizará este domingo, será una elección dramática para el curso que tome la Argentina en los próximos años. Alberto Fernández, el abogado más activo que tuvo Aníbal Ibarra en el entorno de Néstor Kirchner, dijo que se trataba de un banco de pruebas en el que estaría fijada la suerte definitiva del gobierno nacional. Desde la otra trinchera también se teme un Apocalipsis: «Hay que evitar que el país se encuentre expuesto a graves riesgos por actitudes hegemónicas de nuestro Presidente», se alarmaron los jóvenes de Recrear, el partido de Ricardo López Murphy, cuando recomendaron a sus mayores inclinarse a favor de Macri, el último miércoles. Los más irritados con este enfoque de «vida o muerte» han sido, y lo hicieron saber, los bonaerenses de Eduardo Duhalde y Felipe Solá: ellos también juegan su partido el 14, aunque de manera tan previsible que el triunfo que se les promete no sería noticia. Aunque por primera vez en la historia casi todos los diputados que lleve la provincia a la Cámara sean de un mismo partido, con la eventual desaparición del radicalismo en el feudo de Hipólito Yrigoyen, Ricardo Balbín y Raúl Alfonsín.

¿Cuánto hay de verdad en este dramatismo del domingo? Es cierto que Kirchner pondrá el papel de tornasol en el principal laboratorio de su experimento político. El Presidente se abrazó a una agenda y se rodeó de un elenco (Chacho Alvarez, Elisa Carrió, Aníbal Ibarra, etc.) que tiene en la Capital a su principal audiencia. El diagnóstico según el cual, por encima de cualquier otro síntoma, los males del país se concentran en «la Corte de Nazareno», «el PAMI de Barrionuevo y Nosiglia», «la CGT de los 'gordos'», «la impunidad de los militares genocidas», «las privatizadas de Menem», es consumido por la clase media porteña más que por cualquier otro grupo de argentinos. Como si en Caballito, Flores y Palermo Viejo (donde aquellos dirigentes hicieron otrora sus mejores marcas electorales) funcionara la principal usina del progresismo argentino, que se difunde después en el centro de las grandes ciudades del interior. El «proyecto político» al que se refirió Kirchner hace poco tiempo en Misiones fue elaborado según lo que manda el paladar porteño, pasablemente no peronista (o aun anti-peronista). Por eso resulta tan importante para el oficialismo controlar si le aceptan el plato o si se lo retiran con desdén.

• Miembro ausente

El gobierno siente el ballottage del 18 de mayo como un miembro ausente y cree que el de este domingo podría compensar aquella victoria imaginaria. Para esa operación era indispensable que se piense que «Macri es Menem», como quieren hacer creer los afiches oficiales. Desde esta lógica, el Presidente podría superar la «capitis diminutio» de provenir de una provincia poco poblada, emanciparse del peyorativo padrinazgo del peronismo del conurbano y sentarse a la mesa de los Duhalde, los Reutemann o los De la Sota con un distrito grande bajo el brazo. Por más que la pretensión de que los porteños libren una batalla con resultado de 70 a 30, como se anticipaba aquel de mayo, resultó una quimera: nunca los encuestadores vislumbraron un final así, similar al de revolear una moneda, como comentaba ayer un banquero después de leer el último sondeo que le enviaron desde la consultora preferida del Presidente.

Sin embargo, esta confrontación es más virtual que efectiva. Y la principal demostración se produjo esta semana: Kirchner negoció y aceptó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que supone el esfuerzo fiscal más importante que la Argentina haya realizado en su historia moderna, durante la cual conoció el superávit de las cuentas públicas de manera muy leve y episódica una sola vez en 1993, cuando se disfrutaba de un crecimiento espectacular y de ingresos por venta de empresas públicas que estaba todavía por concluir. Para esa discusión, además, se respaldó en la administración de George W. Bush, que avaló públicamente a la Argentina como no lo hacía desde los tiempos de Carlos Menem. Aquella operación y esta alianza despejan dos interrogantes importantes del identikit que la sociedad argentina va realizando de su enigmático y ambiguo gobierno. A tal punto que había ayer en la cercanía de Ibarra quienes temían que muchos militantes de izquierda, ex votantes de Luis Zamora, Vilma Ripoll o Marcelo Ramal prefirieran abstenerse antes que votar al candidato de una gestión que en cualquier momento sorprende con una condena a Cuba por las violaciones a los derechos humanos (dicho sea de paso, no está del todo desorientado este temor de la dirigencia radicalizada).

Si alguien está dispuesto, además, a quitarle a su eventual victoria cualquier signo de triunfalismo, ése es Mauricio Macri. No sólo porque no tiene el temperamento de un hombre políticamente conflictivo -acaso sea éste el único rasgo que lo incorpora sin reservas al empresariado nacional- sino porque ya se ha dedicado a tender puentes amistosos hacia el gobierno. Hace apenas un mes y medio, Horacio Rodríguez Larreta, su candidato a vicejefe de Gobierno, presentó en el Salón Blanco de la Casa Rosada su programa de asistencia «El hambre más urgente», al lado de los hermanos Kirchner. La semana pasada Jorge Argüello, diputado electo de una de las listas que postularon a Macri, inició una gestión con Duhalde para componer la escena poselectoral si las cosas no salen como las quiere la Casa Rosada. Y Pablo Schiavi, el jefe de campaña de Compromiso para el Cambio, hizo llegar mensajes al jefe de Gabinete, Fernández, tratando de que no se desboque la última semana de campaña, como le hizo suponer que ocurriría el anuncio, desmentido, de la rescisión del contrato del Correo Argentino.

• Irrupción

Se podría pensar, en cambio, que un triunfo de Macri sí cambiaria el panorama político nacional por la irrupción de un nuevo actor: con su nombre asociado al empresariado más poderoso, presidente del equipo de fútbol más caracterizado del país, miembro de una familia vinculada a la clase política desde hace décadas, el candidato de Compromiso para el Cambio parece satisfacer la ecuación de un Silvio Berlusconi local. Sin embargo, las circunstancias de esta aparición de un nuevo espécimen en la esfera pública obligan a corregir la comparación. Macri no protagonizará, aunque gane, la toma directa del poder por parte de una burguesía que asiste con espanto al derrumbe del orden dentro del cual el país había operado en los últimos 50 años. Ese papel le cupo a Berlusconi en la Italia de la «tangente» y, más todavía, a Juan Manuel de Rosas, si se lo mira como el gran propietario que era en la Argentina de las guerras civiles del siglo XIX. Pero Macri aparece en la escena política cuando el sistema anterior muestra los signos de una vitalidad sorprendente: Duhalde está por llevar a la victoria a la maquinaria electoral más estructurada y opaca de América latina (el PJ bonaerense); Carlos Reutemann acaba de consagrarse de nuevo como líder de Santa Fe, igual que Juan Carlos Romero de Salta; José Manuel de la Sota gobierna otra vez en Córdoba; Luis Barrionuevo obtuvo -enfrentado al poder local y nacional- 43% de los votos en Catamarca; el peronismo está por alcanzar la mayoría propia en las dos cámaras del Congreso y el gobierno nacional fue puesto en manos de un dirigente poco conocido, pero que gobernó Santa Cruz durante los últimos 12 años. Si la clase política argentina tiene una deuda con Duhalde es la de haber comandado con éxito una maniobra de supervivencia a la mayor oleada de abstención electoral de la historia contemporánea, el colapso financiero y el derrumbe de la convertibilidad.

Esta hegemonía del peronismo clásico (que promete completarse en las elecciones que faltan celebrarse durante este año) es el marco en el que habrá que evaluar el resultado electoral del domingo. El eventual triunfo de Ibarra y el ensoberbecimiento de Kirchner que pueda derivarse de él estarán a la larga acotados por esa masa de poder que ya se ha configurado. La irrupción de Macri como nueva estrella del centroderecha también parece destinada a inscribirse en los límites del peronismo, donde el control de la Capital Federal significa menos que en otras formaciones políticas. En una interna convencional, por ejemplo la de las presidenciales de 2007, el control de ese distrito puede resultar poco decisivo. Un dato sobre el que debería meditar Kirchner, cuando saque conclusiones sobre el resultado del domingo, cualquiera sea.

Dejá tu comentario

Te puede interesar