Blooper en el Senado por falla de control K
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Es el caso de Presupuesto y Hacienda que, al momento de la primera y más importante reforma, estaba controlada por el pampeano ex senador Carlos Verna, que sin duda no contaba con la simpatía de Cristina Kirchner.
A esto debe sumarse que en la actualidad los compromisos sociales y eventos culturales inundan el Senado cubriendo la paupérrima performance legislativa, ante la vista de un Poder Ejecutivo que no está interesado en que el Congreso tenga demasiado protagonismo.
Por eso, para entender lo que sucedió en la promocionada sesión del miércoles pasado hay que tener en cuenta algunos hechos:
• Cuando los senadores se dieron cuenta esa noche de que habían votado un proyecto, apoyado por distintos bloques desde el radicalismo hasta el propio peronismo, Miguel Pichetto y C. Kirchner aludieron a un hecho cierto: no se había girado a Presupuesto y Hacienda una iniciativa que por una cuestión de lógica general del Parlamento debe necesariamente ir a ese cuerpo.
• Todo proyecto que modifique asignaciones presupuestarias debe ir a esa comisión hoy presidida en el Senado por Jorge Capitanich. Es más que claro que esto debe ser así por un mínimo principio de control. Eso es lo que provoca en ambas cámaras que Presupuesto y Hacienda sea la comisión más estratégica y a la vez la más odiada por poner freno a las pretensiones desmedidas de los legisladoresde sancionar temas de difícil financiamiento.
• Pero la culpa de no haber pasado por ese necesario control es compartida. Las últimas reformas al Reglamento del Senado fueron puntillosamente coordinadas por C. Kirchner. La senadora por Santa Cruz tuvo especial celo en evitar -en uno de esos momentos su marido no ocupaba todavía la presidenciaque se mantuviera la tiranía de Presupuesto y Hacienda en el control de proyectos. De allí que el nuevo reglamento establezca una menor cantidad de comisiones -quedaron casi en la mitad para restringir el giro y acelerar el tratamiento de las leyes-y se consagró una norma para que mayoritariamente los temas fueran tratados en una sola comisión. Así el proyecto para financiar con retenciones la recuperación de suelos pasó inadvertido para Capitanich y se concentró sólo en la aprobación de la Comisión de Agricultura, adonde quedó restringido también por la presión de senadores tan diversos como Ricardo Taffarel, Raúl Ochoa, Roberto Urquía, Ernesto Sanz -hombre que hoy lidera para el radicalismo los debates presupuestarios-y hasta el propio Carlos Reutemann, que sabía perfectamente bien lo que se estaba votando.
• ¿La culpa entonces es sólo de una reforma reglamentaria hecha, en parte, casi por capricho? No puede afirmarse esto ya que hay otros elementos. Es cierto, como se dijo en el recinto esa noche, que los senadores y diputados cada día analizan menos los temas: «Acá se estudia cada vez menos», es un latiguillo que se escucha diariamente en ambas cámaras. El dictamen del proyecto en cuestión tiene una cantidad importante de artículos y muchos senadores no lo tenían siquiera en sus bancas a la hora de votar. Parece una exageración, pero es necesario repetirlo: sí, es cierto, en ambas Cámaras hay proyectos que se votan sin que los diputados y senadores sepan qué están aprobando.
• A eso debe sumarse que la hiperactividad que Daniel Scioli quiere mostrar en el Senado no está necesariamente alimentada por la mera tarea de sancionar leyes. Es común ver semanas enteras con los salones ocupados por eventos, seminarios, entregas de premios y distinciones que ha provocado que al Senado se lo comience a llamar el «Centro Cultural». Esa tarea llegó al punto que hace 10 días se convirtió al Salón Azul -el más importante del Congreso-en un virtual escenario donde se representaron obras de teatro. Nada que signifique eficientizar la tarea parlamentaria, aunque se lo promocione como una apertura del Senado al pueblo.
• No puede dejarse de lado otro elemento clave: el despacho de comisión del proyecto en cuestión fue aprobado en el mes de junio. «El bloque se lo comió y la Cámara se lo comió porque nadie mira lo que llega al recinto», confiaba un senador siguiendo las protestas de C. Kirchner de esa noche. Fue algo similar a lo que sucedió cuando el radical Mario Losada consiguió la aprobación del proyecto que prohíbe a las empresas privatizadas el corte de servicios públicos de primera necesidad sin antes pedir una audiencia de conciliación con el deudor. Tiempo para evitar un papelón hubo: cuando un dictamen de comisión se firma, el resto de los senadores tienen siete días para pedir el giro a otra comisión, si lo creen necesario, como era en este caso. El proyecto en cuestión había pasado por la Comisión de Labor Parlamentaria en dos ocasiones, la última la semana pasada, y en ese momento. Pero no contaron que esa noche, la del miércoles pasado, tendrían dos elementos en contra: C. Kirchner haba conseguido aprobar con sus modificaciones el proyecto de Acceso a la Información, una iniciativa polémica que obligará hasta a las empresas privadas a develar datos estratégicos. Y al mismo tiempo los senadores sancionaron una reducción a las comisiones que las tarjetas de crédito aplican a los comercios, lo que tenía en pie de guerra a los bancos. Ese fue el mejor momento para que un gran escándalo tapara decisiones tan polémicas.




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