6 de mayo 2004 - 00:00

Bush quiere tropas a Haití a cargo de Brasil

Néstor Kirchner deberá tomar, cuando regrese al país, una decisión crucial en política exterior: si enviará o no tropas a Haití, donde una fuerza de 8.000 hombres creada por las Naciones Unidas intentará reponer la paz. Tiene pocas excusas para no ordenar el envío de soldados. Ese ejército multinacional fue aprobado por unanimidad en el Consejo de Seguridad. Y Brasil no sólo enviará a 1.400 efectivos sino que comandará al conjunto. Lula Da Silva, claro, no consultó con su principal socio para tomar esas decisiones. Lo secundan Chile y Uruguay, entre otros países de la región. Kirchner, sin embargo, sigue dudando por temor a que la izquierda lo censure. A pesar de que para Estados Unidos es la prueba definitiva de amistad por parte de la Argentina. Algo que entendió muy bien Roberto Lavagna, hoy el principal abogado del envío de tropas al Caribe.

Colin Powell
Colin Powell
Cuando regrese al país, mañana, Néstor Kirchner deberá despejar la incógnita más importante que dejó abierta antes de viajar a los Estados Unidos: si la Argentina integrará con tropas de sus Fuerzas Armadas la misión internacional que va a intervenir en Haití a partir del 1 de junio próximo. La formación de esa fuerza internacional fue aprobada la semana pasada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Según ese organismo, expresado en la voz de su secretario general, Kofi Annan, sólo una operación de esa naturaleza podría estabilizar a una nación convulsionada desde que una revuelta expulsó al ex presidente Jean Bertrand Aristide en febrero último.

• Ministro inquieto

La importancia del dilema que Kirchner debe resolver proviene de motivos de corto y de largo plazo. Entre los primeros, quien más inquieto se muestra es Roberto Lavagna. El ministro de Economía está convencido de que la participación argentina en ese ejército multinacional será decisiva cuando se vuelva a buscar el apoyo del gobierno de los Estados Unidos en la negociación con el Fondo Monetario Internacional. Esta percepción de Lavagna no se basa exclusivamente en razonamientos: es hija de los mensajes que recibió de los funcionarios a los que frecuentó en Washington hace apenas dos semanas y de las comunicaciones de su amigo José Octavio Bordón (la relación entre ambos está algo dañada en estos días pero el flujo de informaciones se mantiene intacto).

En rigor, el ministro de Economía escuchó de los funcionarios de Bush lo mismo que Rafael Bielsa, que José Pampuro y que los funcionarios de Defensa que viajaron recientemente a los Estados Unidos: «Si no participan de las fuerzas que irán a Haití, olvídense de nosotros». Palabras más o menos, ése fue el mensaje que el canciller transmitió nuevamente al Presidente en la intimidad de la suite del Península, ayer por la mañana. Bielsa está actualizando periódicamente a Kirchner sobre la agenda que, eventualmente, podría tocar hoy con Colin Powell, si es que realmente se encuentran en el congreso del Comité Judío Americano. «Cualquiera sea la duración del encuentro, Haití será el tema principal», confesó a este diario un alto funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Todo el gobierno, salvo Kirchner, tiene posición tomada sobre lo que hay que hacer: enviar las tropas, que serían reclutadas en las tres fuerzas en un número superior a los 400 soldados. Sin embargo, el Presidente duda. Teme quedar en una posición incómoda ante los legisladores de izquierda -entre ellos algunos que él convirtió en diputados- cuando se debata en el Congreso el envío de las tropas, trámite indispensable para sacarlas del país. En ese sector de la dirigencia política se arguye que la decisión de las Naciones Unidas no fue pensada para estabilizar un país en llamas sino para garantizarles a los Estados Unidos que la crisis no provocará una ola de refugiados haitianos en su propio territorio. A pesar de que Washington resolvió no formar parte de la fuerza de paz, tal vez por la crisis que está atravesando el Pentágono en la operación iraquí.

• Encuadre

Además de ser cauteloso ante los dirigentes de izquierda, Kirchner también tiene miedo del efecto que podría provocar en la opinión pública la muerte de alguno de los efectivos enviados. Sus consejeros de izquierda aducen que la operación internacional se realizará en el marco del capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, que es el que prevé la formación de una fuerza de intervención para garantizar la paz. Esos asesores preferirían que se hiciera en el contexto del capítulo VI, que regula la participación de la ONU como mediadora en un diferendo. Dos contraargumentos para los que razonan así, levantados por los que adhieren al envío de efectivos: a) Es más probable que mueran soldados indefensos, que no pueden disparar un arma, en una mediación que se realiza en un país ensangrentado; b) mediar en Haití sería reconocer estatus legal a los insurgentes.

Hasta aquí, las últimas objeciones detrás de las que podría parapetarse Kirchner para no dar la orden de participar en ese ejército multinacional. Pesan en el otro platillo algunos factores muy relevantes:

a) El primero de todos es que Luiz Inácio Lula Da Silva resolvió enviar tropas sin consultar siquiera a la Argentina. Lo mismo hicieron Uruguay -que ayer le comunicó oficialmente al gobierno argentino la decisión adoptada- y Chile, país del que no se puede esperar consulta alguna. Eso sí: Ricardo Lagos había dicho que para tomar una decisión seguirá el criterio de Lula después de conversar con él.

b) Otra condición ligada al principal socio de la Argentina: Brasil comandará las fuerzas de la ONU, para lo cual aportará 1.470 hombres a un ejército que podría llegar, con el tiempo, a controlar cerca de 8.000 efectivos, de los cuales 6.200 serán soldados y el resto, policías. El gobierno de Lula cree, y lo dijo públicamente, que en esta encrucijada se juega la silla permanente en el Consejo de Seguridad.

c) La creación de esa fuerza de paz fue aprobada por unanimidad por el Consejo de las Naciones Unidas y contará con fuerzas francesas y chinas. Para la bandera del multilateralismo, el caso haitiano será un banco de pruebas capaz de ser contrapuesto a la crisis en que se encuentra involucrada la alianza militar que invadió Irak, por fuera del marco de la ONU.

Si se repasa el debate sobre la organización del sistema internacional que pesa sobre la opinión pública especializada desde el comienzo de la guerra iraquí, es bastante evidente que de la decisión que adopte Kirchner sobre la participación del país en la fuerza que formó la ONU depende el perfil definitivo que tenga su gobierno en materia de política exterior. Es decir, si tiene una vocación de cooperar en el marco multilateral que el mismo gobierno pregona o si, en cambio, por temor a no poder defender lo decidido ante la audiencia mediática, prefiere marginarse en una actitud prescindente. E insignificante.

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