23 de julio 2003 - 00:00

Cambian aval en FMI por datos contra Irán

El gobierno entero pasó ayer el día, distribuido entre la aeronave presidencial y la sede de la embajada argentina en Washington, preparando la entrevista que mantendrá hoy Néstor Kirchner con George W. Bush. En su formato más reducido, Kirchner imagina el intercambio con su colega norteamericano como una contraprestación recíproca: Estados Unidos apoyaría a la Argentina en su negociación con el Fondo Monetario Internacional y desde Buenos Aires se haría un aporte al inventario de denuncias contra Irán como Estado-soporte del terrorismo internacional. No le falta razón a la ecuación: si algo le interesa hoy a Kirchner es asegurarse un final feliz en las tratativas con Horst Köhler y Anne Krueger. Y si Bush tiene una obsesión es mejorar la problemática performance de su gobierno en Medio Oriente, donde Irán está en la fila de acusados después de Irak y antes que Siria. Si bien Rafael Bielsa suele afirmar que «éste no es un gobierno del 'tomá el vale dame la pizza'», la entrevista de hoy parece concebida, desde el punto de vista argentino, con esa lógica de despacho de comida.

Para que se advierta cuál es el tema que más lo conmueve, Kirchner llevará hoy a la Casa Blanca a Roberto Lavagna, no a Sergio Acevedo (SIDE), como había pensado en un primer momento y como informó este diario ayer. Hay un gesto de sinceridad en esto: no sólo porque al gobierno lo desvela mucho más la eventualidad de tener que realizar un desembolso de u$s 2.900 millones el 9 de setiembre, que la seguridad internacional. También porque cualquier persona con sentido común sabe que es muy poco el aporte que puede hacer la SIDE a escala global, sin recurrir a servicios de terceros, para desentrañar un movimiento terrorista.

En cuanto a la composición de la delegación que verá a Bush, fue motivo de una sorda guerra interna: no sólo se había descartado, el lunes, la participación de Lavagna y se había incluido a Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Cuando se incorporó a Lavagna, se examinó la alternativa de mantener a Fernández a costa del embajador José Octavio Bordón. Anoche todavía se ejercían presiones cruzadas para que el jefe de Gabinete participara de la cumbre.

Lavagna participará de la entrevista pero sin saber quién será su interlocutor: si estará el secretario del Tesoro, John Snow, invitado ayer por la Casa Blanca, o si deberá cruzar palabras con Steven Friedman, el asesor presidencial para cuestiones de economía. Tal vez sea intrascendente el dato. Kirchner pretende protagonizar la charla también en esta materia, utilizando términos similares a los que usó con Köhler: «Quiero un acuerdo de tres años, voy a cumplir todo lo que pactemos, pero no me obliguen a abortar un proceso de recuperación con un ajuste fiscal insoportable».

• Compromiso

Desde el otro lado de la mesa lo interrogarán. Quieren conocerlo y, además, que se comprometa verbalmente en distintos aspectos de su política. El pago de la deuda, el nivel de superávit primario, las garantías a acreedores e inversores son, como se sabe, los grandes interrogantes que provoca la Argentina desde hace un año y medio. Se pensaba que, terminado el gobierno de Eduardo Duhalde, comenzarían a despejarse. Pero Kirchner hizo poco en ese sentido. Además, la versión que domina sobre él en el Salón Oval no está abonada solamente por la burocracia norteamericana. También contribuye de manera decisiva José María Aznar, quien tiene con Bush un diálogo casi cotidiano, en especial sobre la agenda latinoamericana. La impresión de Aznar sobre el Presidente no fue buena.

Como ante otros auditorios, Kirchner será subliminalmente comparado con Lula Da Silva, quien estuvo con el presidente de los Estados Unidos durante una tarde, al cabo de la cual dijo que la relación bilateral con Brasil «sorprenderá al mundo». El presidente norteamericano lo calificó de «aliado estratégico para temas hemisféricos y globales». Kirchner se diferencia «ab initio» de su colega brasileño: visto desde la derecha, pretende una política fiscal menos estricta; visto desde la izquierda, tampoco incluyó en la agenda de la reunión la cuestión social, que en el caso de Lula fue la principal preocupación.

El Presidente podrá salir del encuentro con el respaldo político de Bush para sus tratativas con el Fondo. Pero la filigrana de esa discusión merecerá un capítulo especial: Lavagna gestionó hasta última hora un encuentro con Snow o con su segundo, John Taylor, para el jueves.

El interrogatorio a Kirchner no se agotará, claro, en cuestiones económicas. En la mesa estará, probablemente, la titular del Consejo Nacional de Seguridad, Condoleeza Rice, además de Colin Powell (los embajadores James Walsh y Lino Gutiérrez completarán la mesa local). Ellos querrán saber qué lleva Kirchner en la cabeza sobre la agenda crítica de la región: la Venezuela de Hugo Chávez, Colombia y su guerrilla (la participación norteamericana desató una crisis con la administración de Alvaro Uribe), la política de derechos humanos frente a Cuba (crucial por la campaña proselitista de Bush en Florida, lanzada esta semana). Como siempre les sucede a los presidentes latinoamericanos, Washington es el lugar de las definiciones, casi un «juicio final», y esto es tal vez lo más importante de la entrevista para el caso de Kirchner.

El gobierno argentino se propuso hacer también su aporte a la agenda antiterrorista de la Casa Blanca. Por eso, además de mencionar la política sobre la Triple Frontera, se hablará de los antecedentes de la investigación del atentado de la AMIA. Acevedo, que no participará del encuentro pero hará mañana visitas a la CIA y al FBI, acercó un par de carpetas con información que involucra a Hizbollah en la realización del atentado: esa organización terrorista tiene apoyo más o menos encubierto de Irán. Son datos que en Estados Unidos ya se conocen porque los comunicó la SIDE a la CIA durante la gestión de Miguel Angel Toma.

Sin embargo, Kirchner no tiene pensado detenerse en un aporte informativo. A su lado hay quienes aconsejaron anoche avanzar un paso más y, tal vez sirviéndose del escenario que le ofrecerán las organizaciones de la comunidad judía en Nueva York, reflotar la versión sobre presuntas connivencias entre el menemismo e Irán para encubrir el atentado contra la AMIA. «The New York Times» publicó hace un año y con gran estruendo esa teoría en su tapa, con información tomada de la causa judicial (declaración del controvertido «testigo C»), según la cual Carlos Menem habría recibido u$s 10 millones para proteger a los terroristas. Como es sabido, esa imagen de los hechos fue desmentida por distintas fuentes y la publicación quedó asociada a una interna feroz entre peronistas. Habrá que ver si Kirchner restaura esa imagen de los hechos y si llega al extremo de exigir al establishment de los Estados Unidos un arrepentimiento público por la simpatía que sintió en su momento por Menem. Suena insólito pero un reclamo como ése estaría en la línea de lo que hizo en España y de lo que musitaba su entorno en Buenos Aires antes de partir hacia Washington.

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