8 de noviembre 2005 - 00:00

Cambio, cambio... ¿Cambio?

Graciela Camaño, Osvaldo Mércuri, Alfredo Atanasof, Eduardo Camaño, Juan J. Alvarez, Chiche Duhalde y Eduardo Duhalde.
Graciela Camaño, Osvaldo Mércuri, Alfredo Atanasof, Eduardo Camaño, Juan J. Alvarez, Chiche Duhalde y Eduardo Duhalde.
«Quiero España», definió Néstor Kirchner como aspiración de su gestión para el período que viene. Se lo dijo a un columnista respetable del diario «La Nación» por lo cual esa loable frase debe considerarse cierta. Le hubiera faltado agregar otra de un hombre mesurado del centroizquierda latinoamericano moderno como es Ricardo Lagos, el presidente de Chile, que expresó esta definición: «El socialismo hoy es garantizar que cada ciudadano pueda llegar a ser Bill Gates».

El camino insinuado por el gobierno -la parte sana al menos- al día siguiente de los comicios del 23 de octubre pasado, cuando se reunió con el ministro de Economía, Roberto Lavagna, podría significar que se intenta zafar de un «progresismo» nativo bastante retrógrado, vengativo, de estudiantina en algunos casos y con inocultables rasgos stalinistas en otros personajes influyentes. Insinuado hacia una fuerza política de centroizquierda de modelo internacional que no caiga en «ismos» sino en «progreso» a secas, necesario para el país. En la Cumbre de Mar del Plata se diluyó un poco este cambio del gobierno hacia mayor seriedad (se analiza aparte) pero para conocer mejor habrá que esperar que Néstor Kirchner retorne al discurso político doméstico.

La realidad desde el 23 de octubre de un socialismo atemperado y moderno consagrado con Hermes Binner en Santa Fe y Carlos Lifschitz en Rosario, más un respetable cuarto puesto de Norberto La Porta en Capital Federal, más un segundo puesto muy particular de Luis Juez en Córdoba y brotes del mismo tipo en otras varias provincias, le impone ciertamente al gobierno el riesgo de perder ser la principal cabeza hoy del centroizquierda para enfrentar al centroderecha que también quedó netamente perfilado y escalafoneado en esas elecciones pasadas.

Los santafesinos se impusieron con simple moderación y carismas personales -armas de alto calibre en política- sin ejercer poder para promesas de bienestar ni dinero para sus campañas. Además, sobre un mandatario Jorge Obeid que mantiene alta prosperidad en su provincia y frente a embestidas del aún popular Carlos Reutemann.

Preocupante para el gobierno un triunfo así. El duhaldismo con 15% de los votos -porque 5% se los aportó Luis Patti- ya no es EL rival.

Un político prototipo de centroderecha, Ricardo López Murphy, una vez declaró que si «pudiera votar en Chile no tendría problemas en hacerlo por un Ricardo Lagos o Patricio Aylwin». Esto está acorde a ese sector diestro del arco político que aspira a políticas económico sociales racionales por gente propia o ajena en la ejecución siempre que, además, sea en un ineludible marco de democracia plena. Aunque no pensaría así la ultraderecha ni las formas populistas propias de la derecha. El centroizquierda suele ser más sectario en esto y tiene más divisiones desde el «progresismo», más su propio populismo de izquierda (que es lo que practicó hasta ahora el gobierno en explicable búsqueda de más sustentabilidad tras un arribo trastabillado al poder). Ahora también está en esa ala política el mencionado socialismo moderado y democrático y, desde ya, una ultraizquierda que, para peor, es carcomida por ambiciones personales que la multiplican hasta abarcar el extremismo activo.

La única distracción política del Presidente en su ensimismamiento antes del diálogo con George Bush fue para dar dos instrucciones: parar el canibalismo sobre el
duhaldismo residual y reorganizar el justicialismo en Santa Fe. La primera es obvia porque no quiere incentivar el vuelco de los duhaldistas resentidos hacia Mauricio Macri. La segunda puede interpretarse que si no lo asocia quiere que Binner se intranquilice por la posibilidad de perder Santa Fe en 2007, donde con más seguridad podría ganar a gobernador que encarando la elección presidencial nacional.

El problema es que Binner está en la edad justa para aspirar al máximo nivel político nacional antes de madurar demasiado y que Lifschitz puede aspirar a Santa Fe con buena chance.

El
«ser España hoy», fruto por partes de 8 años de centroderecha de José María Aznar y de un socialismo inteligente con 14 años de Felipe González y casi dos de Rodríguez Zapatero -con mucho menos brillo pero con economía controlada y con superávit pese a una terrible sequía de 6 meses- puede ser visto también como otra estrategia alternativa para sumar a Hermes Binner que precisamente parece estar en esa línea moderna española.

• Resguardo

Aun cuando el gobierno tenga que mantener resguardos hacia los progresistas que se le plegaron -aunque no aporten votos y en verdad se los espanten- si les inaugura «museos de la memoria», los deja mover algunos fondos o apoya detención de militares más silencios cómplices frente a Cuba, puede calmarlos mientras se autoimpone moderación y la refuerza con la esperanza de un eventual acuerdo con el socialismo. Por lo menos para que se circunscriba Binner a Santa Fe. Un acuerdo así le sumaría moderación al gobierno que perdió más al ser utilizado en Mar del Plata por Brasil para atacar a Bush y ellos llenarse después de abrazos con el norteamericano.

Binner inspira estabilidad emocional. Acaba de hablar bien de
Jorge Sobisch, el gobernador triunfante de Neuquén, algo a lo que nunca Néstor Kirchner se prestaría por más disfraz de mesura que le aporte.

«Ser España»,
entonces, implica muchas adaptaciones sin que haya atrás un «pacto de La Moncloa» que cubra de piedad un cambio.

Por supuesto, si se define por este cambio lo encarará el matrimonio presidencial o planificará que algunos de su entorno -no muy incinerados por intemperancias pasadas- lo hagan como globo de ensayo ante un panorama nuevo que le surgió de los comicios. Puede ser prematuro desde una frase hablar del giro de un gobierno intrínsecamente agresivo hacia socialismos modernos calmos pero vienen dos años más de gestión de este Presidente -por lo menos- y el país necesita normalidad que no aliente violentos, ni trabadores del progreso como el actual sindicalismo exacerbado, ni que siga la inseguridad jurídica, ni continúe el aislamiento del mundo.

El gobierno también sabe que los últimos apoyos que sumó, en la mayoría de los casos con canjes y fórceps, tienen cierta endeblez. Le aseguran alguna fidelidad quizás entre 6 y 8 meses pero siempre le surgirán «minibloques» en el Congreso porque es el modo tradicional de hacer política en la Argentina. Están los que creen poder forjarse un destino político propio abriéndose; los que no reciben o reciben menos favores oficiales (Kirchner siempre ha rechazado esto pero aceptó negociar y canjear favores para la última elección en escala mayor a cualquiera de sus predecesores); están los apurados por necesidades provinciales, se encabritan y no entienden la necesidad de ajustar la economía frente al riesgo inflacionario.

En este Congreso habrá otro factor comprometedor para el oficialismo y la mayoría que logrará desde el 10 de diciembre: es el manejo de las «cajas» que casi seguro seguirán siendo abundantes por la demanda externa no circunstancial sino firme desde que China e India se decidieron a volcar parte de su población al bienestar. Del 2007 en adelante, en cambio, no se sabe quién las manejará y, eso variará adhesiones según se vaya perfilando quién triunfará en la próxima contienda presidencial. Ahora, en elecciones meramente legislativas, fue fácil acordar porque Kirchner aseguraba por dos años ese manejo de fondos ciertamente cuantiosos.

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