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Lo de Bachelet -socialista, presidente 2006-2010- es un fenómeno que todavía están asimilando asesores, coachs y politólogos. En la encuesta de CEP (Centro de Estudios Públicos) de abril, 51% la eligió espontáneamente ante la pregunta "¿quién le gustaría que fuese presidente?". Hay más: sin hacer campaña y alejada de la escena (en Nueva York, dirige la ONU Mujer), mide 83% de imagen positiva. La siguen Golborne con 68% y empatan el tercer puesto con 43% Andrés Allamand, la mediática dirigente estudiantil Camila Vallejo y el ex candidato presidencial Marco Enríquez Ominami.
Esta panacea de las encuestas muestra, sin embargo, notas discordantes. El 60% de los encuestados desaprueba la labor de la oposición durante la administración Piñera. Desafina más si se desagrega por simpatías políticas: 7 de cada 10 de los que se dicen de izquierda o centroizquierda no están de acuerdo con el papel de la oposición, mostró el sondeo de CEP.
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Por eso, el concertacionismo se bambolea peligrosamente entre dos ejes: por un lado, ese deseo de echarse a dormir la siesta que da la certeza del consenso sobre Bachelet (hoy todas los políticos van y vienen en consulta de Nueva York, donde mora el oráculo). Por el otro, la pesada tracción que impone el mastodonte de la Concertación, que durante dos décadas (1990-2010) fue gobierno y, por lo visto, no se pensó, aun, como oposición. (El analista chileno Patricio Navia considera al gobierno de Piñera como el quinto gobierno de la Concertación).
Según apunta Héctor Soto, un reconocido columnista de La Tercera, hoy la Concertación recibe presión desde el Socialismo y desde el Bacheletismo de la DC para simplificar al máximo los mecanismos de las internas. Para la última presidencial, una cúpula de la Concertación, reunida entre cuatro paredes, se pronunció por la candidatura de Eduardo Frei y rechazó las primarias que pedía Marco Enriquez-Ominami (se presentó a las presidenciales como independiente, obtuvo 20%). Hoy, dice Soto, "la expansión de la izquierda extra-concertacionista", es la que critica esos métodos "a dedo" y obligaría a ir a primarias a la Concertación.
Queda, todavía, un "jocker" en el mazo electoral. Es Marco Enriquez-Ominami (MEO), que encarna a esa izquierda extra-concertacionista, reacia a los dictámenes de los formoles partidarios y los curules vitalicios. Para la de 2013 va, dicen, al frente de su Partido Progresista o, si lo convencen desde el "oráculo", por adentro de la Concertación. Lo que sí está claro es que es un niño mimado de este lado de la cordillera: se disputan su amistad desde alguna juventud en la centro-derecha y el viejo progresismo, todo el cristinismo y La Cámpora. Y, los que conocen las bambalinas de Balcarce 50, agregan que CFK lo prefiere. Al fin y al cabo, ella nunca se entendió del todo con Bachelet.




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