Carnalismo de Kirchner
La Cumbre del Mercosur, en Córdoba, ilustró un aspecto bastante visible de la política exterior de Néstor Kirchner: su deseo de agradar al gobierno de los Estados Unidos en las materias relevantes para ese país. «Carnalismo», dirían quienes recuerdan a Guido Di Tella. Medió entre Hugo Chávez y el Congreso Judío Mundial, y rigoreó a Fidel Castro como Carlos Menem no se animó a hacerlo en su tiempo. Ahora se descubrió otro ejemplo, más relevante. Para la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en noviembre pasado, firmó un decreto autorizando el derribo militar de aviones. Se apartó de esa manera de las leyes de Defensa y de Seguridad Interior. También trascendió cómo se intentó hacer fracasar -sin lograrlo- la anticumbre de Castro y Chávez. Sí consiguió el gobierno que los piqueteros más blandos no asistieran a esa algarada que pagó el presidente de Venezuela empleando como intermediaria a la organización Madres de Plaza de Mayo.
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Néstor Kirchner.
Cualquier lector sensato podrá explicar que, en realidad, lo que el decreto « marplatense» preveía era un ataque terrorista. Pero eso también implicaría una ilegalidad. Sobre todo si se lee esa norma a la luz retrospectiva de la reglamentación de la Ley de Defensa que el mismo gobierno produjo hace pocos días, a través del Decreto 727/06. Allí se dice: «Deben rechazarse enfáticamente todas aquellas concepciones que procuran extender y/o ampliar la utilización del instrumento militar hacia funciones totalmente ajenas a la defensa, usualmente conocidas bajo la denominación 'nuevas amenazas', responsabilidad de otras agencias del Estado organizadas y preparadas a tal efecto...».
Quien lee el párrafo anterior tiene la sensación de estar escuchando la voz parsimoniosa de Horacio Verbitsky: hasta tal punto lleva su marca esa orientación que mira como una herejía al Estado de Derecho la intervención de los militares en cuestiones de seguridad interna. Pero a Verbitsky, en Mar del Plata, «se le escapó la tortuga»: Kirchner tomó una medida similar a la que en su momento suscribieron Alfonsín y Carlos Menem. En efecto, el ex presidente dispuso la actuación de las Fuerzas Armadas en una operación de seguridad interior cuando se produjo el ataque el MTP al cuartel de La Tablada. Menem hizo lo mismo en ocasión del levantamiento de Mohamed Alí Seineldín, el 3 de diciembre de 1990. El santacruceño se sumó a la lista ahora, con un decreto gracias al cual se habría dispuesto hasta la compra de tres misiles para garantizar la tranquilidad de la Cumbre de las Américas.
Quien quiera discutir que la medida adoptada por Kirchner está teñida de alguna orientación ideológica, podría aducir que en Mar del Plata había presidentes de toda América. ¿Por qué suponer que fue una coraza destinada solamente a Bush la que se constituyó gracias al decreto en cuestión? La respuesta a este interrogante hay que buscarla en los últimos días. En Córdoba hubo también mandatarios importantes. Algunos de los que estuvieron en Mar del Plata, como Lula da Silva, por mencionar al de un país de porte, como Brasil. Y otros que se sienten tan amenazados como Bush. Es más, creen que es Bush quien los amenaza, como Fidel o Hugo Chávez. Sin embargo, estos hermanos bolivarianos no merecieron los desvelos que Kirchner dedicó a sus invitados de Mar del Plata. Para garantizar la seguridad de Córdoba apenas se prohibió durante dos días el aterrizaje de aviones particulares en el aeropuerto local: una disposición que los chistosos adjudican al deseo de Kirchner de entorpecer los vuelos del diputado Francisco de Narváez, jefe de campaña de Roberto Lavagna, quien se desplaza aquí y allá con su propia máquina voladora. Sería, es cierto, casi la única amenaza de la escala nacional.
Habría que concluir lo que indica el sentido común. Esto es, que la violación a las leyes y la posibilidad de un derribo de aviones sin autorización del Congreso (único órgano encargado de disponer la guerra o la paz) fueron, en Mar del Plata, un homenaje a «Mister Danger», como se denomina a Bush en el diccionario bolivariano. En definitiva, el Decreto 1345 y sus anexos secretos fueron otra manifestación del mismo «carnalismo» peronista con el que Menem homenajeó al padre del actual presidente de los Estados Unidos. Por mucho menos, Adalberto Rodríguez Giavarini fue calificado por Castro, en febrero de 2001, de «lamebotas de los yanquis». Fidel cometió la gentileza, o la inconducta, de no aplicarle ese mote a su anfitrión Kirchner, el último fin de semana. Aunque lo privaran de misiles para protegerlo y lo sometieran al escarnio del caso Hilda Molina.



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