Nadie debe imaginar lo doloroso que debe haber sido, para Domingo Cavallo, retractarse ante Esteban Caselli. Lo había imputado en aquella sesión legislativa de las «mafias» de la década pasada y, luego, agregó otros agravios no sólo porque lo imaginaba vinculado a ciertos hechos o personas sino porque lo había erigido -tal vez con alguna razón-en el poder oculto del menemismo. Sin embargo, el paso de los años cambió los perfiles: de Menem, Caselli pasó a convertirse en alter ego de Carlos Ruckauf y al mismo tiempo convalidaba su rol influyente sobre la cúpula de la Iglesia Católica (al menos, sobre un sector de obispos prominentes). No fue sólo esta movilidad política de Caselli la excusa para retractarse: los trámites judiciales por injurias habían seguido su curso y amenazaban complicar a Cavallo, quien en los últimos meses se desdijo y pidió disculpas a varios de los que lo habían pleiteado. A través del pedido de perdón y el reconocimiento de su error -no se sabe además que haya investigado en exceso sus propias acusacionesel actual ministro ha conseguido limpiar en parte su dossier en Tribunales, aunque todavía le quedan pendientes varias causas complicadas. Pero, sin duda, abdicar ante Caselli debe ser la más gravosa afrenta padecida por Cavallo. Domingo Cavallo
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