Chávez ahora anota las FARC como ''bolivarianas''
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Nuestra cultura impone límites morales a la acción política. Uno de ellos es que el fin no justifica los medios. Al reclamar legitimación para los secuestradores, Chávez nos pide que propinemos un olvido fatal a nuestros principios.
¿Y qué son las FARC? La última organización político-militar de América latina de origen marxista, que se financia con drogas y se propone terminar con la vigencia constitucional en Colombia -sustancialmente idéntica a la de todos nosotros-e instaurar un sistema de producción socialista en nombre de la dictadura del proletariado y bajo la
conducción, claro está, de una minoría debidamente iluminada.
Todo esto en pleno siglo XXI, cuando hasta Rusia y China han abandonado ese camino y en él sólo sobreviven penosamente Corea del Norte, Cuba y Belarús. Sólo la sedicente revolución bolivariana podría convertirse en el cuarto de los ejemplos, pero el accionar de Chávez es tan rocambolesco, que para clasificarlo a menudo resultan menos útiles las categorías de Raymond Aron que las de Alberto Vaccarezza.
Nuestra región se debate entre dos modelos incompatibles. El del Mercosur, Brasil, Uruguay y Paraguay, el de Chile, Perú, y Colombia. O el de Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega. Hasta ahora, todos hemos conformado lo que se denomina un subsistema internacional dentro del cual mantenemos relaciones diplomáticas con pleno reconocimiento de la soberanía de cada uno de los otros Estados.
Pero el jueves pasado el presidente de Venezuela-declaró, con el aplauso de pie de su entera asamblea legislativa, que las FARC no sólo son legítimas sino que, además, integran el mismísimo movimiento bolivariano. Se trata de una definición importantísima, toda vez que convoca a apoyar a una facción interna de un país que no es el suyo, violando toda interpretación posible del derecho a la no injerencia que todos nuestros Estados reconocen y la OEA y la ONU contienen en sus cartas constitutivas como elementos esenciales de su propia existencia.
El actual gobierno argentino, como todos sus antecesores constitucionales, también ha jurado a los cuatro vientos que se trata de un principio inviolable. ¿Qué va a decir ahora? Prestemos atención, porque lo va a decir en nombre de todos los argentinos.
Con este gobierno y con los que le sigan, la Argentina va a tener que optar.
Pronunciamientos como éste que estamos esperando son los que desnudan la índole de los regímenes que gobiernan a nuestros países: el derecho a la no injerencia, como los derechos humanos, ¿está por encima de las simpatías ideológicas o se aplica solamente en contra de mis enemigos y a favor de mis amigos? Corresponde una clarificación oficial que nos permita enterarnos de si seguiremos siendo republicanamente sanmartinianos o, al igual que las FARC, ya ascendimos al Olimpo bolivariano. A las dos cosas juntas no las podría pegar ni Vaccarezza.



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