Clima de cisma en el peor momento. ¿Mensaje a Scioli?
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Felipe Solá
El malestar en las relaciones entre Kirchner y Solá es un dato conocido del último mes. El Presidente dedicó duros reproches al gobernador en la fiesta de cumpleaños hace diez días en Olivos. El gobernador se había derramado en críticas a Kirchner en una reunión con empresarios que siguió al acto de celebración del aniversario de la fundación de la ciudad de Pilar. «Los legisladores del Presidente me voltearon el impuesto a la riqueza, me voltearon la reforma penal. ¿Qué puedo hacer?», se le escuchó. El mejor papel de Solá es cuando encarna el sufrimiento del funcionario. Coronó el pastel el acto de lanzamiento de Cristina de Kirchner en Sarandí ese mismo fin de semana: le pidieron del gobierno que pagase la factura de gastos, pero le indicaron que no fuese: «Es una fiesta de Daniel, no tuya», le advirtieron.
Con ese cuadro, ¿por qué no cantar la violeta y dar un aumento a cuenta de un bolsillo vacío? Ni el gobernador que se va ni el vicepresidente que viene tienen la fuerza que tuvo Eduardo Duhalde en 1991 para reclamarle a la Nación lo que fue el Fondo del Conurbano. Esa cuenta extra que Buenos Aires le arrancó al resto del país entre 1992 y 1996 la exigió Duhalde como pago del apoyo que había dado el peronismo en 1989 al triunfo de Carlos Menem y como condición para ser candidato a gobernador de la provincia en 1991. Esa cuenta se integró con una detracción de 10% del Impuesto a las Ganancias y se quiso justificar en que el distrito había sufrido una reducción de su de coparticipación en la ley Alfonsínde 1988 y que el conurbano bonaerensehabía recibido a todo el pobrerío que había emigrado de las provincias. Ese aporte implicó casi $ 700 millones anuales extra para la provincia y duró hasta 1995, cuando Cavallo le puso un límite de $ 600 millones que sigue hasta hoy. Han fracasado hasta hoy todos los intentos políticos, técnicos y judiciales para saber cómo se gastó ese Fondo, uno de los triángulos de las Bermudas de la Argentina contemporánea. «Sin ese techo que le puso Cavallo al Fondo, la provincia recibiría hoy unos $ 3.000 millones por año y no tendríamos ningún problema», se quejó ayer Otero en la despedida.
Solá fracasó en lograr algún cambio; menos en una reposición de ese fondo que Kirchner ha calificado como «una verdadera vergüenza y un verdadero atraco de fondos para todas las provincias argentinas» (textual de junio del año pasado). Tampoco Kirchner ha querido ceder el sistema discrecional de reparto de fondos que creó al asumir para discutir una nueva ley de coparticipación. Entre los reproches que le hizo al FMI en el momento de pagar la deuda en 2005, incluyó el reclamo del organismo de que el país vote una nueva ley de coparticipación.«Esa ley nunca se votará en la Argentina», llegó a decir.
Barbas en remojo para Scioli porque la renuncia de Otero y la verónica de Solá le trasladan a él el testimonio en la pelea por más fondos para la provincia. La crisis, además, hace caer al último representante de una dinastía de administradores de la economía de los gobiernos peronistas que se inició con Rodolfo Frigeri y siguió con Jorge Remes Lenicov y Jorge Sarghini. También barbas en remojo para Kirchner porque esta crisis deja a Solá en carne viva y listo para alguna de las grandes maniobras con las que ha jalonado su vida política. En estado de mucha menor necesidad rompió con Cavallo, con Menem, con Cafiero, con Duhalde, con Ruckauf. Va a dar que hablar.




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