30 de enero 2006 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

Arturo Jauretche y José Luis Rodríguez Zapatero
Arturo Jauretche y José Luis Rodríguez Zapatero
BLANCK, JULIO.
«Clarín».

Este columnista reemplazó de nuevo al habitual del monopolio «Clarín» y lo hizo sin el oficialismo exacerbado del titular. Describe como acertado a Néstor Kirchner en el conflicto de las papeleras con Uruguay y convence que el Presidente actuó bastante bien pese a lo difícil del conflicto y que no tiene una solución que vaya algún día a conformar a todos. Hay un dato especulativo del gobierno argentino bueno: el Banco Mundial financiará sólo 10% de la construcción de las papeleras pero no se arriesgaría a dar dinero cuando hay una presentación de la Argentina ante la Corte de La Haya. Si el Banco Mundial se retrae podría apartarse de la financiación parte considerable de los bancos que financian los 1.700 millones de dólares de las obras. Dice que Kirchner muestra cierto desagrado por la postura del mandatario uruguayo Tabaré Vázquez (se sabe que hay más enojo con el agresivo canciller uruguayo Reinaldo Gargano, de quien hirientemente se dice que en su apellido la «ere» está de más). Blanck apunta bien que tomar posiciones en este conflicto, prescindiendo de las nacionalidades es difícil porque no se sabe objetivamente qué mal producen las plantas de papel con celulosa blanqueada en base a cloro, que Greenpeace expresa que es la forma más contaminante. No se sabe cómo blanquean las fábricas argentinas y si usan el mismo método por qué las uruguayas afectan y las locales no.

FERNANDEZ DIAZ, JORGE.
«La Nación».

Insiste este periodista, como en domingos anteriores, en desentrañar a los Kirchner. Ahora desde el punto de vista ideológico (lo que supone algo arriesgado: que en el matrimonio gobernante esa dimensión es decisiva). Esto le permite escribir una nota sobre la onda de nacionalismos que cubre América del Sur y crea incertidumbre en los observadores internacionales (sobre todo europeos).

Fernández Díaz parte de una tesis: la corriente en que se inscriben los Kirchner es más nacionalista que izquierdista. Es decir, para entenderlos hay que tener más presente a Arturo Jauretche que a Carlos Marx o a los mismos montoneros de los '70. Jauretche, Jorge Abelardo Ramos, José María Rosa fueron el soporte de un movimiento antiliberal, que permeó sobre todo al peronismo. El periodista da 5 indicios por los cuales el actual gobierno argentino puede ser caracterizado como «izquierda nacional» o «neonacionalismo»:

• Subvenciona a la industria nacional (lo ilustra con aquella confesión antológica de Héctor Méndez, el presidente de la UIA: «Nunca estuvimos tan protegidos»).

• Recupera la idea de economía mixta recreando empresas públicas (Correo, LAFSA, ENARSA). . Alienta la entrada de capitales nacionales en empresas de servicios públicos.

• Desconfía de las multinacionales, con las que pelea sin cesar.

• Apuesta a la integración latinoamericana y se aparta de Estados Unidos.

Después de trazar este identikit -precario porque nada de eso falta en un izquierdismo, aunque sea populista- Fernández Díaz intenta extenderlo a otros gobiernos de la región, con mayor o menor justicia. Ubica bien al candidato peruano Ollanta Humala como un nacionalista bastante lejano a la izquierda, más parecido al coronel carapintada Mohamed Alí Seineldín. Algo parecido le adjudica a Hugo Chávez (ignorando tal vez la inserción de la familia del bolivariano en la izquierda venezolana, similar a la de Aldo Rico entre los montoneros). Entre Chávez y Morales el periodista ve un puente que es la pretensión de nacionalizar los hidrocarburos.

Después Fernández Díaz fuerza un poco su tesis del neonacionalismo al incluir a Chile en esa corriente por el solo hecho de que no privatiza la explotación del cobre. Otra precaria afirmación. O al Frente Amplio uruguayo, que ya firmó un tratado de protección de inversiones con los Estados Unidos.

Para el columnista la ola «neonacionalista» es el resultado del fracaso del Consenso de Washington que predominó en los '90. La explicación queda incompleta porque menosprecia un dato principal: los gobiernos de signo nacionalista de América latina surgen al amparo de varias devaluaciones y de un momento más que favorable para la exportación de bienes primarios, lo que alimenta un superávit fiscal inédito en la región. Es ese superávit el que, al menos transitoriamente,permite el autismo proteccionista de estas administraciones.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».

Reapareció este columnista y, en términos informativos, se le notaban todavía las vacaciones en la columna de ayer. Sustituyó esa carencia con afirmaciones moralizantes y con un par de observaciones perspicaces.

Comenzó por hablar de la inflación para describir a Néstor Kirchner sumergido en las particularidades de los acuerdos de precios más como un marketing antiinflacionario que como una política convincente. Después recita la consigna de Roberto Lavagna: la inflación se frena con inversión. Es cierto. Sólo que la inversión es un fenómeno con efectos de mediano y largo plazo (en el corto, eventualmente, genera también inflación).

Morales Solá se dedica después al conflicto con Uruguay y tiene allí un par de afirmaciones muy atendibles. Primero, ir a La Haya por las papeleras significa darle a ese conflicto un dramatismo que no se le dio a la Guerra de Malvinas (la Argentina nunca recurrió al tribunal internacional contra ningún país). Por eso sospecha bien que Kirchner querrá cerrar antes un acuerdo político con Tabaré Vázquez.

Apunta también otro dato real: Kirchner y Lula no hicieron más que ofender a paraguayos y uruguayos sin siquiera consultarlos en cuestiones tan pertinentes como la incorporación de Venezuela al Mercosur.

Igual que con la inflación, simplifica bastante Morales Solá la decisión de Repsol de ajustar sus activos ante la Bolsa de Nueva York. Consigna, eso sí, que entre esa empresa y el gobierno de Kirchner se ha abierto un conflicto larvado que afectará también a José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del gobierno español.

WAINFELD, MARIO.
«Página/12».

 
El columnista se exaltó ayer, a veces hasta la emoción, con la llegada de Evo Morales al poder en Bolivia.

Casi toda la nota está dedicada a analizar esa novedad en sus principales características. Aunque lo más interesante de Wainfeld esté en su observación final: las democracias liberales, democráticas, con gran predominio de los parlamentos, fueron más «progresistas» que la insurgencia revolucionaria de los '70' para llevar al poder a un indígena (Morales) y a una mujer (Michelle Bachelet). Izquierdista pero no fóbico, Wainfeld se previene en ese final, aunque por la negativa: no está escrito desde ahora que el cocalero boliviano termine girando a la derecha como Carlos Menem o el peruano Alejandro Toledo (mencionar a Lula da Silva hubiera sido demasiado) y bien se puede pensar que Latinoamérica esté ante un verdadero cambio. Por algo la nota interrumpe su fervor para calificar al de Morales como «...un gobierno cuyos cuadros adolecen de una flagrante falta de experiencia de gestión». Conviene, por lo tanto, cierta cautela.

Por lo demás, el trabajo de este columnista se dedica a analizar las dos innovaciones más importantes que produjo Morales en sus primeros días de gobierno. Una, la reunión con Ricardo Lagos y la promesa de asistir a la asunción de Michelle Bachelet. Esto le permite al periodista recordar la historia del conflicto chileno-boliviano y comparar al socialismo de Lagos con el indigenismo del nuevo presidente como dos manifestaciones de la izquierda sudamericana (se olvida de consignar que la democracia chilena sigue siendo endogámica, restringida, aun en sus expresiones de socialismo «erudito»). Mira bien Wainfeld este punto: un acuerdo entre Chile y Bolivia sería un cambio objetivo para la región, con incidencia sobre la Argentina, sobre todo por la política del gas. Un dato interesante: a partir de la crisis de 2004 los chilenos han comenzado a diversificar sus compras de gas para no depender de la Argentina y, menos, de Bolivia.

Esta cuestión es la otra que analiza en la nota el periodista, con buena información. Repsol y Petrobras no se irán, lógicamente, de Bolivia. Pero encararán negociaciones duras. El anuncio de la empresa española «blanqueando» su verdadero nivel de activos, es una preparación para esa pelea. Un «detalle» más: esa comunicación ocasionó un cimbronazo en el gobierno de Kirchner, quien ante cuestiones que percibe verdaderamente graves opta por el silencio (y por hacer volver de sus vacaciones al secretario de Energía, como si hubiera una emergencia).

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