27 de marzo 2006 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

Julio De Vido y Michelle Bachelet
Julio De Vido y Michelle Bachelet
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».

El columnista se dedicó ayer a criticar la manipulación del pasado en la que incurrió la mayoría de los medios de comunicación, y también el gobierno, al reconstruir de manera tendenciosa la historia del golpe de Estado de 1976. Grondona afirma que se divulgó hasta el «lavado de cerebro» de las jóvenes generaciones una versión hemipléjica de ese pasado: se omitieron los crímenes de la guerrilla y sólo se recordaron los de los militares. (En rigor, tampoco hubo muchos recuerdos para los crímenes de los civiles en el poder durante el gobierno de Isabel Perón: es decir, se explicó el golpe por los hechos que le sucedieron más que por los que lo provocaron, como se hizo notar en Ambito Financiero, a propósito de la excelente serie de suplementos históricos publicada la semana pasada.) Grondona sostiene que los países que avanzan son los que cuentan con una dirigencia capaz de llegar a acuerdos dejando de lado los capítulos más conflictivos de su memoria.

Evoca a la España de los Pactos de La Moncloa, en la que convergieron republicanos y franquistas. También a la Alemania que no pudo superar el trauma de la paz de Versailles -y desembocó en el nazismo- y a la que sí pudo pactar con Francia los cimientos de la Unión Europea.

También al Chile democrático que supo convivir con un Augusto Pinochet que conservó la comandancia del Ejército y una senaduría y de cuyo programa económico no se modificaron las orientaciones principales. Tiene frases de alto impacto el columnista como «la media verdad es una de las formas más insidiosas de la mentira», recordando el viernes se recordó sólo a las víctimas de la represión pero no de la subversión». Es optimista el ensayista: dice que no sirve machacar ideas falsas en la cabeza de una generación que, como la que hoy tiene 40 años y está por ascender al dominio de la sociedad, hará su propia historia, es decir, escribirá su propia Moncloa. Claro, obligar a escuelas a recordar el 24 de marzo de 1976 dentro de la parcialidad a que obliga el gobierno crea resquemor en la población y el columnista se hace eco como un hecho lamentable de estos días. Salvo que el país siga preso del «síndrome de la mujer de Lot», aquel personaje bíblico que por contrariar la orden divina y mirar hacia atrás, quedó convertida en estatua de sal, agrega.

MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».

El columnista dice algo cierto: el gobierno de Néstor Kirchner tiene métodos inconvenientes para atraer inversiones. Y en política exterior se maneja de modo pendenciero. Pero exagera un poco al mostrar que algunos procesos conflictivos, como el de Aguas Argentinas, son el resultado de la exclusiva irascibilidad del Presidente. La nota de Morales Solá, ayer, describió lo que ocurrió con Aguas: la empresa Suez estaba dispuesta a irse de la Argentina (igual que se había ido de Atlanta en Estados Unidos, de El Alto en Bolivia y de Santa Fe en la Argentina). El gobierno no encontró quién la comprara: ni David Martínez (es él, no Carlos Slim, el titular del fondo Fintech) ni el propio Slim ni Eduardo Eurnekian ni otros empresarios interesados por el propio Kirchner. El periodista aduce que fue porque el gobierno no quiso aumentar las tarifas. Bueno sería que lo hubiera hecho. En tal caso, se debería denunciar que la política tarifaria está diseñada para poner amigos como nuevos dueños de las empresas si es que no lo hizo cuando administraban franceses. En cuanto a la visión idílica de la relación con Francia, también parece una exageración, aunque sea cierto algo en lo que siempre insiste Morales Solá como es la carencia de una política exterior coherente. Fue ese país el que encabezó la votación, en junio de 2004, para que la Argentina no tuviera la aprobación del Fondo al cumplimiento de sus metas fiscales y monetarias. Desde ese momento jamás regresó el país a un programa con ese organismo. Por lo demás, tanto no fue un romance el que unió Buenos Aires con París que Jacques Chirac decidió visitar Montevideo y Santiago de Chile y, deliberadamente, no pisar la Argentina, antes de privatizar Aguas.

El propio Morales Solá escribió en otras oportunidades cómo fue vapuleado por la Casa Rosada el embajador Francis Lott (a quien la empresa considera también un factor de conflicto por algunas filtraciones periodísticas apocalípticas, en plena negociación, hace unos meses).

Por lo demás, Kirchner tal vez aprovecha la enorme crisis política, acaso terminal, que afecta al presidente de Francia en estos tiempos. El caso español es el otro que menciona el periodista. Es cierto que los catalanes estaban involucrados en la operación de Aguas, pero también lo es que jamás pensaron en hacerse cargo de la empresa, entre otras cosas porque la francesa Suez es la accionista principal de Aguas de Barcelona. Entre Kirchner y su socio en Agbar es probable que la Caixa eligiera a este último.

Además, hay algo que se estudia a escala internacional (lo hicieron el año pasado en Harvard) y es la dificultad de privatizar el servicio de aguas en ciudades donde todavía no existe una red que atienda a todos los vecinos. Una cosa es proveer agua en París, sin tener que llevar ese insumo indispensable a quienes no lo Julio De Vido Michelle Bachelet reciben todavía, y otro poner en manos de una empresa regida por reglas de rentabilidad la provisión en zonas como el conurbano bonaerense. La retirada de Suez de la Argentina es parte de esta revisión internacional, además del conflicto con Kirchner.

Es cierto -como dice bien el columnista- que en España existe preocupación por las inversiones realizadas en Iberoamérica en los últimos años. Tanta, que el presidente de Repsol YPF adujo que debía ajustar las reservas en la región por cambios contractuales en Venezuela, una ley de hidrocarburos en Bolivia y una incertidumbre respecto de las concesiones en la Argentina: es decir, por problemas con gobiernos que son aliados del de José Luis Rodríguez Zapatero. También es cierto lo que Morales Solá consigna como un rumor que llegó a Madrid diciendo que el gobierno pretendía encontrar socios para la compra de YPF (no de Repsol YPF): fue, más de un rumor, una noticia que se desarrolló en la tapa de
Ambito Financiero en dos oportunidades. Es difícil que se pueda hablar, como hace ayer la nota de Morales Solá, de un giro de Kirchner hacia el estatismo. Más bien insiste en una posición inicial, que incumple promesas y defrauda expectativas, sobre todo españolas: el gobierno no quiere autorizar subas en las tarifas de los servicios públicos « domiciliarios». Es una salida rudimentaria para un fenómeno inédito en la Argentina: servicios públicos en manos privadas en un contexto de inestabilidad de precios. Por lo menos la receta rige hasta que el gobierno encuentra un límite político: no hay que olvidar que hace dos viernes el propio Presidente firmó un decreto aumentando 15% el precio de los peajes en las autopistas que administra Abertis, una empresa del grupo La Caixa, también accionista de Repsol y de Agbar.

Morales Solá vuela más alto cuando incluye párrafos que alarman y además de decirlo bien son ciertos. Por caso este domingo: «la
política argentina es el teatro de un solo actor». O ésta: «el gabinete está paralizado a la espera de órdenes. Las propias instituciones esperan indicaciones para moverse» y concluye para más alarma en que «aceptemos las cosas como son: el Estado hoy es la voluntad de un solo hombre».

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


En clásico -y rutinario- repaso de los temas de la semana, el columnista se limita a hacer ajustes de información desde fuentes oficiales: 1) Kirchner cree que el agua es importante (!) y que por eso debe el Estado ayudar a proveerla; 2) no cree lo mismo de la aviación privada ni del petróleo y por eso el Presidente no piensa en desprivatizar Aerolíneas ni Repsol YPF (raro que dos columnistas visitantes frecuentes de la Casa de Gobierno insistan en lo mismo respecto de esta última empresa).

El columnista trata de mitigar el efecto negativosobre la imagen del gobierno que tiene en sectores moderados la estatización de Aguas Argentinas poniéndolo a Julio De Vido entre quienes tienen una idea positiva de cómo actuó esa empresa en la concesión. No le hace un favor el columnista al ministro de Infraestructura al creerlo «convencido de que (la gestión de Suez) mejoró y mucho la herencia desastrosa de Obras Sanitarias». Aunque sea cierto -seguramente lo es- que un hombre del gobierno aparezca afirmando eso, es indisponerlo con el resto del gobierno. Tampoco que se le atribuya haber llevado a cabo la reestatización con «expertos que no son de la madera del gobierno».

Este repaso de la crisis de Aguas le interesa al columnista porque es un ejemplo de algo obvio, el desdén con el cual Kirchner emprende las relaciones exteriores. Echar del país de modo conflictivo al grupo Suez es maltratar a un gobierno amigo como el de Jacques Chirac, que recordó los 30 años del golpe de 1976 en multitud de actos como si fuera argentino.

Mejor destino le augura el columnista al Presidente en sus relaciones con Chile, pero porque Michelle Bachelet lo cautivó a Kirchner con su modestia, lejana del perfil con el cual Ricardo Lagos alzaba el modelo chileno como el más eficaz de la región.

Sobre el tercer frente de pelea -Uruguay con las papeleras-, la columna no aporta nada sustantivo.

VERBITSKY, HORACIO.
«Página/12».

El columnista dedica su entrega dominical a enarbolar otra de las faenas de la ONG que preside, el Centro de Estudios Legales y Sociales: la denuncia hecha por uno de los espías de la Marina a sus colegas y superiores por hurgar en la vida de funcionarios y políticos que terminó con la caída de dos almirantes y la disolución de la base Almirante Zar de Trelew, que es donde actuaban esos espías.

La columna repasa detalles de la ley que prohíbe que los militares hagan espionaje interno y confirma un dato grave: la base Zar será destinada, como la ESMA, a otro Museo de la Memoria.

Verbitsky no agota ahí sus pretensiones: pide que el gobierno busque a más responsables de esa «estupidez» -así califica la conducta de los espías navales- entre «el personal militar que conocía la ilegalidad de su comportamiento» y reclama, cual criollo Savonarola, que se extienda la pesquisa a «la responsabilidad política y ética de los anteriores ministros de Defensa». Esto tiene un destinatario, el único ex ministro que cree tener futuro político, es decir, el senador José Pampuro -los demás ex ministros del área están guardados en sus casas y nadie les recuerda casi el nombre-.

Sin otro propósito que defender sus microemprendimientos políticos, la extensa nota sólo vale por ese dato del destino de la base Zar (ya conocido) y por un recuadro con antigüedades que recuerda cómo el Ejército, calladamente, se ha desembarazado de casi 500 espías. Lo consuela, además, que con la actual cúpula naval, cuya destitución promueve tácitamente el columnista, se acaba la última camada de oficiales que estaban en actividad cuando se produjo el golpe de 1976.

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