Complicado debut del jefe de Gabinete en el Senado

Política

Alberto Fernández debutó ayer en la tarea más penosa que les toca a los jefes de Gabinete: rendir el informe mensual ante el Congreso. Fue el padecimiento de Eduardo Bauzá, Jorge Rodríguez, Rodolfo Terragno, Chrystian Colombo, Jorge Capitanich y Alfredo Atanasof, a quienes les fue siempre tan mal que en los últimos tiempos esa obligación constitucional dejó de cumplirse. El jefe de los ministros de Néstor Kirchner debió recoger las quejas de oficialistas y opositores por las primeras medidas del nuevo gobierno, que en el primer mes -entienden los legisladores, siempre celosos del tratamiento que creen merecerha hecho oídos sordos a sus inquietudes. Algunos peronistas, como el ubicuo Antonio Cafiero, amagaron con defenderlo de las pullas de un irónico Raúl Baglini, pero casi a reglamento, sin el énfasis de otras épocas con el oficialismo peronista. A. Fernández cumplió en defender a su gobierno y prometió enmendar errores.

Alberto Fernández intentó ayer un ingreso triunfal al Senado, donde debutó-con el informe mensual que debe ofrecer el jefe de Gabinete en el Congreso. Por momentos sonriente y con una oratoria casi impecable, repasó los logros en este primer mes de gestión del presidente Néstor Kirchner, con elogios a los ministros Daniel Filmus («un hombre joven y honorable») y Ginés González García.

Hasta se permitió desmentir cualquier posibilidad de hegemonismo desde el oficialismo, y eligió un tono más que amistoso hacia los parlamentarios: «Tenemos que trabajar codo a codo», los homenajeó, a pesar de que existe malestar porque el Ejecutivo privilegia las relaciones con los jefes del PJ (Miguel Pichetto y José Luis Gioja) y con la UCR, en segundo orden. Los provinciales, que son tercera fuerza y no fueron invitados a la cita de legisladores con Horst Köhler, se conformaron con un apretón de manos de Fernández al renovador salteño Ricardo Gómez Diez y el neuquino Pedro Salvatori (MPN), apenas entró al recinto.

La sonrisa del ministro duró poco: se desdibujó cuando llegó el turno de las preguntas en vivo de los senadores, tras 40 minutos de informe. Allí le achacaron la intervención del gobierno nacional en elecciones del interior y la promoción de la esposa del ministro Julio De Vido, Alessandra Minnicelli, en la SIGEN, como si la Cámara alta no tuviera una amplia supremacía del PJ y, en consecuencia, el funcionario no jugara de local.

Ni siquiera la luna de miel que concita cualquier administración recién asumida amedrentó a la oposición, liderada por los radicales
Raúl Baglini, Rodolfo Terragno y José de Zavalía, a la hora de enrostrarle omisiones a Fernández.

A lo mejor,
Fernández tuvo una premonición sobre lo que podía depararle el estreno: tuvo que esperar casi una hora porque hubo dificultades para juntar el quórum de 37, entre otras cosas, porque el domingo hay comicios en Tucumán y Tierra del Fuego; y, por eso, gran parte de la sesión se desarrolló con muchas bancas vacías (le fue mejor que a otros jefes de Gabinete, como el menemista Jorge Rodríguez, quien en varias ocasiones debió conformarse con entregar su memo por mesa de entradas, ante el desaire de diputados o senadores). Al final, Fernández tomó las sugerencias -aún las más severas-, y prometió tratar de subsanar las falencias.

Largó el mendocino, con su habitual tono florido, quien castigó con sutileza al funcionario y le recordó que
«comenzó su historia en los noventa, de la mano de quienes ahora estamos criticando», en alusión a Domingo Cavallo. «No quise buscar culpables, con Baglini no me encontré en los ochenta o en los noventa; ahora sí me quiero encontrar», devolvió gentilezas el ministro.

Fiel al leitmotiv del kirchnerismo,
Fernández se había explayado en varios tramos de su discurso sobre esa década que produjo, entre otros males señalados por el ministro, la instalacióndel «Estado ausente». «No hay que olvidar el pasado para aprender de él», sentenció Baglini con un dejo de ironía.

El radical fue más allá y replicó una de las frases más logradas -desde el punto de vista del marketing político-que lanzó Fernández durante su discurso.
«Queremos un Estado inteligente que marque reglas de juego claras e intervenga cuando esas reglas se vulneren», clamó el jefe de Gabinete.

«Eso no está nada mal: por un lado, podríamos romper la inercia que lleva a que estos informes sean más aburridos que las telenovelas nacional, o incluso las extranjeras»,
empezó Baglini. «El informe y las respuestas a las preguntas que nosotros enviamos con bastante antelación al ministro podrían publicarse a Internet», abundó. «Por ejemplo, si ayer hubiéramos entrado a la página Web de Economía, podríamos haber bajado el Power Point con la presentación que hizo el secretario Guillermo Nielsen en Berlín hace más de 30 días antes los tenedores alemanes de títulos argentinos», siguió. «A veces --remató-, tienen más información los japoneses que compraron bonos nacionales que los mismos legisladores.» «Hagamos un mecanismo práctico para que la presencia del jefe de Gabinete recupere el papel que la Constitución fija», propuso.

El delegado de Mendoza se quejó de que
Fernández no hubiese contestado por escrito « sobre la reestructuración y deuda del PAMI, porque la trasparencia no se va a lograr con sacar dos representantes que responden a Luis Barrionuevo por otros que respondan a Armando Cavalieri». Finalmente, rescató una de las contestaciones que le dio el ministro. «Es muy bueno saber que no van a hacer nada afuera del Presupuesto», se congratuló Baglini, tras revelar que lo había interrogado sobre la necesidad de conciliar el superávit primario con el plan de obras públicas.

• Decepción

Terragno, antecesor de Fernández en el cargo (fue el primer jefe de Gabinete de Fernando de la Rúa), señaló a su turno que el informe «me pareció decepcionante, a pesar de que comprendo por experiencia propia las dificultades» para confeccionarlo. «Se le hicieron varias preguntas y dijo por escrito que era materialmente imposible responder a muchas de estas preguntas, aunque hay que reconocer que contestó una hoy aquí: a cuánto asciende la ayuda nacional para la catástrofe de Santa Fe», siguió el porteño, retomando un aspecto que también fustigó su correligionario Baglini. Fernández había confesado que la contribución llegóa $ 320 millones. Cuando le tocó el turno de retrucar las acusaciones de Baglini y Terragno sobre la falta de respuestas, se comprometió a corregirlo. «Tenemos que cambiar estos problemas burocráticos», replanteó Fernández. «Trabajemos a diario», avanzó.

El santiagueño
Zavalía coincidió con otro de los pasajes del discurso del funcionario. « Nosotros también queremos reconciliar a la sociedad con la política, pero -mudó la coincidencia en reparo-cuidemos estos aspectos porque hay cosas que pueden quitarnos seriedad.»

«Nos duele
-advirtió Zavalía- que el gobierno nacional intervenga en las elecciones provinciales; tampoco me gusta que se haya designado a la mujer de un ministro, nada más y nada menos que en la SIGEN. Justo cuando se trata de un ministro que va a contar con el mayor presupuesto», concluyó.

Salvo la justicialista de San Luis
Liliana Negre, el resto de los peronistas que hablaron trataron de mostrarle a Fernández que no estaba solo.

La entrerriana
Graciela Bar encabezó el lote de oficialistas y le agradeció al ministro la resolución del conflicto con docentes en ese distrito mesopotámico. Antonio Cafiero se enredó en un rap solista para intentar salvar a Fernández y felicitarlo por su exposición. El formoseño José Mayans reivindicó las coincidencias entre el discurso de asunción de Néstor Kirchner y el informe del jefe de Gabinete. Con cautela -quizá porque pueden compartir en secreto las críticas o porque no quieren dinamitar puentes para sancionar leyes clave en el futuro cercano-, nadie en la bancada PJ se animó a desatar una polémica con la UCR y retrucar las filípicas a Fernández.

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