20 de febrero 2002 - 00:00

Con el dólar, Amadeo busca un ascenso

Como si no hubiera sido funcionario de Carlos Menem y como si fuera un académico de Economía, el vocero Eduardo Amadeo aseguró: «Antes de dolarizar, este gobierno se va. Dolarizar sería el fin de la Argentina». No decía esto cuando era miembro del grupo «rating» que explicaba las ventajas del menemismo. Tampoco, seriamente, podría discutir sobre dolarizar o no con cualquier otro profesional como Pedro Pou, Jorge Avila, Enrique Blasco Garma (por mencionar sólo argentinos). Pero, hoy, su misión es amplificar el pensamiento de Eduardo Duhalde y confiar en que éste se lo agradezca. Quien más teme de los agradecimientos presidenciales es Jorge Capitanich, entiende que Amadeo va por su cargo de jefe de Gabinete. ¿Y qué menos?, diría Menem.

Después, como si no hubiera dicho esto y ni siquiera advirtiera la contradicción de sus palabras, reconoció Amadeo que «el problema de la devaluación es que los argentinos piensan en dólares» (¡vaya la novedad!). Como si los ciudadanos locales padecieran una enfermedad terminal de la que él, y buena parte del gobierno, hace esfuerzos denodados para remitir. Este penoso intríngulis de Amadeo fue un agregado gratuito, un gesto de figuración personal y casi un obsequio a la curiosidad periodística que sólo pretendía entender el significado de las últimas declaraciones de Duhalde. Para continuar su performance, Amadeo explicó que su presidente designado no había dicho lo que había dicho («no aumentarán de precio los combustibles», y los combustibles aumentaron de precio al día siguiente). En rigor, el vocero trabaja más que en los tiempos de Menem, quien solía equivocarse a menudo como era de público. Pero Duhalde, en ese aspecto, en 40 días ha superado cualquier récord del riojano. Ejemplos: vamos a devolver los depósitos en su moneda original o el dólar se cotizará entre l,40 y l,70.

Con estos antecedentes presidenciales -fruto, sin duda, del inicio de gestión-, parece comprensible que Amadeo se ofrezca como un pararrayos a su jefe y concentre todas las centellas, hasta las propias, opinando como un técnico de monedas, como un oráculo, como un político que ganó todas las elecciones. Casi como un jefe de Gabinete. Pero, en rigor, nadie debe equivocarse: él interpreta a su mando y, como se sabe, hoy cualquier dolarizador es observado en la Casa Rosada como observaban a los judíos en la Alemania nazi.

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