20 de noviembre 2001 - 00:00

Con un solo rencor y para jugar, Menem vuelve a la cancha

Cambió el país (junio, riesgo-país: 1.000; ayer: 2.900), también cambió su entorno carcelario y hasta algunas alianzas de antaño. Cuando ingresó como detenido a Don Torcuato, Carlos Menem disponía de la indiferencia oficial y hasta de cierta alegría en algunos miembros del gobierno no sólo por la prisión (cierto contenido antiperonista queda en el radicalismo), sino porque suponían que ese encierro les generaba adhesiones en una gran parte del electorado. Domingo Cavallo, al margen de temer por su situación procesal -cuestión que casi secretamente resolvió con sus demandados desde que volvió al poder-, también parecía disfrutar con la polémica decisión de Jorge Urso. Y Carlos Ruckauf, no hay que olvidarse, inicialmente fue imputado por varios amigos del ex presidente como el que propició la medida carcelaria (debido a los encuentros previos que tuvo con el magistrado, y algún otro colega connotado, quienes confesaban su entusiasmo a extramuros por relacionarse -gracias a Jorge Casanova-con un hombre que entonces apuntaba a un destino superior). Otro que engordó de satisfacción varios kilos por aquel episodio del 4 de junio fue Eduardo Duhalde.

Hoy, ese tablero es distinto. El gobierno, casi en forma unánime, está a favor de la libertad, y lenguas maledicentes hasta presumen que hubo más de un gesto en ese sentido. Hasta coinciden milagrosamente en esa intención Fernando de la Rúa y Raúl Alfonsín (por no mencionar adláteres como Enrique Nosiglia, Carlos Becerra, Ramón Mestre y Juan Pablo Baylac). Por su parte, con el riesgo-país, Cavallo hasta perdió los sentimientos y ofrecería una bienvenida a su ex mandante. Ruckauf, para no depender tan dócilmente de Duhalde, supone que el reingreso de Menem a la política puede otorgarle respiro y autonomía (inclusive logró que uno de sus álter ego, Esteban Caselli, hasta le enviara mensajeros a Don Torcuato reclamán-dole comprensión por sus declaraciones en el juzgado a través de un periodista). A su vez, del lado del ex mandatario -quien nunca olvida, pero sabe distraerse-se lo apartó al gobernador de la mira: también él entiende que pueden refrescarse viejos momentos (recordar que alguna vez fueron una fórmula presidencial) y otros más presentes y útiles para la confrontación con Duhalde. Porque esa batalla, esa guerra en rigor, jamás se suspendió y tal vez no lo haga nunca: aunque sean políticos -lo que implica la capacidad de olvido de la que los hombres comunes carecen-, parece que tanto Menem como Duhalde no podrán superar agravios ni rencores, serán irreconciliables aun en el geriátrico.

Sucesión

Hoy están divididos inclusive por De la Rúa: Duhalde ha pensado en que la crisis lo arrasa y piensa en la sucesión, Menem a su vez se propondrá sostener al Presidente amparándose en la necesidad del sistema. Hasta le dijo por teléfono a José Manuel de la Sota -quien lo llamó por primera vez el último sábado, aunque antes le derivaba enviados-que no compartía el criterio de un diputado peronista y cordobés que había propuesto reformar la ley de acefalía para convocar a elecciones -aplicando la ley de lemas-en lugar de respetar lo que dice la Constitución (el Ejecutivo debe ser reemplazado hasta completar el mandato por alguien con cargo electivo, sea gobernador o legislador). En verdad, lo que Menem pretende es la interna en el justicialismo, el enfrentamiento con Duhalde a través de las voluntades partidarias. «Si vuelvo a la cancha, es para jugar.» Algo parecido también le confesó a Carlos Reutemann, otro que lo llamó a su cautiverio la última semana para conversar sobre las nuevas autoridades del Senado.

Permanecen, casi como minucias, ciertos malestares ideológicos en Menem: contra Elisa Carrió, tal vez contra gente del Frepaso como Rodolfo Rodil o Darío Alessandro a los que, comprensiblemente, el ex mandatario ni reconoce por los nombres. Más bien, tal vez, se interese por recomponer su entorno, el que curiosamente se amplió en materia de incorporaciones liberales (quien hojee con pasión policial sus visitantes podrá encontrar varios nombres medianamente connotados), ya que gente de esa extracción se le acercó a la prisión casi con más fervor que los peronistas. En cuanto a quienes lo acompañaron como ministros, algunos lo siguen en lo personal (Alberto Kohan), otros en lo político: Roque Fernández, Carlos Corach y Eduardo Bauzá. Al primero no se lo discute y, sobre Bauzá, como siempre llueven observaciones (para colmo Menem lo destrató cuando quiso hablar de un proyecto de acefalía). Para males del mendocino, también Ruckauf le desconectó el respirador como intermediario con Don Torcuato (lo que para el senador fue la «segunda traición», ya que la primera se la atribuye a Antonio Cafiero). En rigor, ese último espacio lo alcanzó Corach, tan allegado a Menem y tan comprensivo con Ruckauf (o al revés). Este parece el estadio del ex presidente al salir del cautiverio -si se confirma hoy el fallo de la Corte-, mientras la fiel hinchada de los Cassia, Romano, Triacca, Sebastiani, Scioli, Mosso, Castro, Adelina, María Julia, Mouriño, Adrián Menem, Arnaudo, Mayorga, Figueroa, Marutian, Jorge Rodríguez, Asís, sigue firme, aunque algunos pocos nombres hayan desertado (Pichetto, Barrionuevo, Corchuelo Blasco). Pero no están en el Index. Es que Duhalde es una enciclopedia.

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