Cristina con los relatos confundidos

Política

El estallido del valijagate hirió de muerte el « relato» con el cual Cristina Fernández de Kirchner inauguró su gestión hace apenas dos semanas. Su esposo había tenido mejor suerte. A comienzos de su mandato se arropó con un discurso de tonos progresistas que le conquistó el apoyo de sectores de clase media bienpensante dispuestos a aplaudir una supuesta incondicionalidad en la defensa de los derechos humanos, una gestualidad desafiante ante el mundo y el destrato a las instituciones que eligió culpar por todos los males de la historia argentina.

George Lakoff, profesor de lingüística en Berkeley, California, y gurú de los demócratas estadounidenses, define el relato como «una explicación global que dota de lógica y sentido a las distintas políticas de un gobierno» y lo protege frente a los errores y el desgaste.

Ayudado por el estado de ánimo de una sociedad castigada por la crisis, que halló consuelo y expiación en la culpabilización de terceros, el relato kirchnerista cumplió en estos cuatro años la función que le atribuye Lakoff.

Manteniendo la bandera de los derechos humanos -que dice no haber arriado nunca-y la pretendida ubicación en el centroizquierda del espectro político, la nueva Presidente se proponía articular un relato propio en torno a la calidad institucional y la multilateralidad en política exterior.

  • Transparencia

    Pero el caso Antonini Wilson dio por tierra con ambos propósitos, porque la transparencia es uno de los pilares de la calidad institucional y al sentirse «atacada» por el gobierno del país que tanto visitó en sus tiempos de primera dama, Cristina de Kirchner se atrincheró en la alianza tejida por su antecesor con Hugo Chávez.

    Pero no alcanzó con Chávez y sus seguidores locales. También hubo que aferrarse al caso Betancourt. La Presidente y su esposo recurrieron al argumento de que el detonante del «valijagate» habría sido su apoyo a la cruzada por la liberación de la rehén francocolombiana Ingrid Betancourt, en manos de las FARC desde hace 6 años. Mientras su marido desafía («¡Traigan al prófugo!»), la Presidente afirma que esto le pasa por Ingrid.

    Pero he aquí que, desde Estados Unidos, tres legisladores demócratas se dirigen al mismísimo Manuel Marulanda, jefe de la guerrilla colombiana, no sólo para pedir la liberación de los secuestrados sino para agradecer al carcelero por las pruebas de vida enviadas. Los miembros del Congreso estadounidense también le escriben a un «enemigo» de su país, como Hugo Chávez, para rogarle que no abandone la lucha.

    Resultará por lo tanto difícil presentar la causa externa elegida por el oficialismo para salir del pantano del valijagate como «antiimperialista» cuando desde el mismo Imperio se suman a la cruzada. Ni hablar de utilizarla como explicación de acusaciones «basura».

  • Confusión

    El presidente saliente amagó incluso con adentrarse en la selva o, por lo menos, viajar a Colombia, Venezuela o donde fuere para estar en la fotografía de una posible inminente entrega de rehenes por parte de las FARC. Pero debería saber que antes que él conspicuos representantes del país al que acusa de atacarlo por estas iniciativas tomaron ese camino para reunirse con el legendario y casi octogenario líder de las FARC. En marzo de 2000, varios altos ejecutivos de América On Line, una empresa vedette de Internet, repetían la visita al jefe guerrillero que antes había hecho el entonces presidente de la Bolsa de Nueva York, Richard Grasso.

    Es tal la confusión que se ha generado en torno al relato oficial que Cristina de Kirchner fue defendida por personajes tan opuestos como Humberto Tumini y Carlos Escudé con argumentos que se contradicen entre sí. Para el líder de Libres del Sur, «pocas dudas caben de que en ambas cuestiones», Banco del Sur y rehenes colombianos, los Kirchner «fueron contra las políticas del gobierno norteamericano». El profesor Carlos Escudé comparte «la tesis de un operativo basura», pero niega que esto sea una política oficial de Estados Unidos «porque desde la embajada se cansan de decir que la Argentina coopera con todas las políticas importantes en la agenda internacional de hoy».

  • Tregua

    Enmarañado de este modo el frente externo hubo que recurrir al interno. De repente, la tan demorada reunión con la cúpula de la Iglesia Católica fue rápidamente organizada. Sin embargo, tampoco en este tránsito de las polleras de Ingrid a las sotanas de monseñor Jorge Bergoglio halló la Presidente una tregua. Más allá de la cordialidad del encuentro, sirvió para que los obispos le presentasen a la Presidente su propio y abarcador «relato», que va de la defensa de la vida desde su concepción a la reconciliación, pasando por la centralidad de la familia, la inclusión social y el federalismo.

    El discurso oficial había sido previamente impugnado también por el ala progresista del Episcopado. Un conspicuo representante de ese sector, monseñor Miguel Esteban Hesayne, pidió con dureza, y apuntó a «la incoherencia de gobernantes actuales que proclaman la causa justa de los derechos humanos y propician el genocidio en higiénicos quirófanos». También son violaciones a los derechos humanos «el aborto, la eutanasia, la injusticia social», sentenció Hesayne.

    El relato oficial ha perdido «lógica y sentido», al quedar expuestas sus contradicciones y recibir tan duras impugnaciones. Cristina de Kirchner, quien tiene ante sí el desafío de pensar y sostener otro relato que la pueda proteger de los errores y del desgaste. Este se agota.
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