14 de noviembre 2007 - 00:00

"Cumplí, mi general", lo que sueña escuchar todo político de deportistas

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Juan Perón con Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón mundial de automovilismo pero que se rendía ante el poder.
Tal vez fue sólo una desafortunada coincidencia temporal, pero, tras hacer vibrar al país de emoción y orgullo y prometernos a todos una «cosa que empieza con P», la visita del seleccionado argentino de rugby -Los Pumas- a la candidata oficial, horas antes de las elecciones del 28 de octubre pasado, trajo reminiscencias de otras épocas. Como en tiempos del Mundial de Fútbol de 1978 -salvando las distancias, porque aquello fue una dictadura militar- y desde mucho antes la tentación del usufructo de las glorias deportivas vence siempre a los gobiernos.

No es nueva esta atracción entre políticos y deportistas: de 1948, cuando «dos potencias» (Juan Perón y el «Mono» Gatica) se saludaban en el Luna Park, a hoy, tuvimos un César Luis Menotti quien, desde que le dio a la Argentina su primer Campeonato Mundial de Fútbol en plena dictadura, se convirtió en el chivo expiatorio de un pecado colectivo; un Raúl Alfonsín que no tenía suerte en sus incursiones en este terreno -pedía la cabeza de Carlos Salvador Bilardo en 1986, en vísperas de que éste conquistase la segunda Copa Mundial de Fútbol para la Argentina; también un Diego Armando Maradona adhiriendo a la reelección de Carlos Menem en 1995 y ahora un David Nalbandian que, al tiempo que ganaba el Masters Series de Madrid derrotando a los mejores tenistas del mundo, aparecía en un corto de campaña de la senadora Kirchner, coprotagonizado, entre otros, por la «Tigresa» Acuña (el tenista, al parecer, agradeció favores oficiales para el equipo de autos que tiene para competir en los rallies).

  • Brote

  • Esto último fue parte de un brote de adhesiones deportivas al oficialismo, con el vicepresidente y candidato a gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, de campaña junto a Jorge «Locomotora» Castro y anunciando que sumaba a Bilardo a su gobierno, además del «voto cantado» de Maradona («que Cristina gane por 90% de los votos»).

    Tampoco es invento argentino la utilización política del deporte. Ya en la Inglaterra victoriana, el atletismo difundía los valores e ideales atribuidos a la cultura británica: perfeccionamiento individual, superación de sí mismo, espíritu de competencia.

    Pero el paroxismo del uso político ideológico del deporte llegará con los regímenes totalitarios. Los Juegos Olímpicos que debían tener lugar en Alemania en 1936 fueron tomados por el III Reich de Adolf Hitler como la ocasión de mostrar al mundo la potencia de una Nación alemana que se reconstruía y se ponía orgullosamente de pie bajo el impulso de la ideología nacionalsocialista. Los atletas alemanes debían conquistar medallas como poco después los soldados de la Wehrmacht conquistarían países.

    El objetivo propagandístico se cumplió en buena medida, con un solo detalle: nadie había contado con Jesse Owens, un atleta afroamericano que ganó 4 medallas de oro en carrera y salto, récord olímpico que no se repetiría hasta 1984. Mal momento y lugar para cuestionar la superioridad de la raza aria que el nazismo quería afirmar también en el deporte.

    Irónicamente, Owens no fue recibido como un héroe en su país: «No fui invitado a estrechar la mano de Hitler -relata él mismo- pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca». El entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin Roosevelt, buscaba su reelección y temía encender la furia de sus compatriotas sudistas, rabiosamente segregacionistas.

    Los regímenes comunistas tomaron luego el relevo del nazismo, encuadrando a su juventud en verdaderos «batallones» de atletas y, en los años de la Guerra Fría, la Unión Soviética y los Estados Unidos, imposibilitados de atacarse entre sí con sus armas nucleares por aquello de la «destrucción mutua asegurada», librarían batalla en terceros países y en cuanto estadio, ring o pista de atletismo fuese posible.

    En la Argentina, el precursor fue sin dudas Juan Domingo Perón. Más que política de Estado, en la década peronista (1945-1955) el deporte era «causa nacional»: los triunfos en ese campo debían ser el reflejo de los logros del país en materia política, económica y social.

    La conocida expresión «de canillita a campeón», bien resume la carrera de Pascualito Pérez en aquellos años: peón en un viñedo mendocino, logró el título mundial en la categoría peso mosca en 1954 en Tokio. Apenas concluida la pelea, tomó un micrófono y anunció: «Cumplí, mi general». A su regreso al país, Perón lo esperaba en Aeroparque. En aquellos años, Juan Manuel Fangio (que obtuvo su primer título mundial de la Fórmula 1 en 1951) dedicaba sus triunfos al presidente y Delfo Cabrera agradecía a Perón tras ganar la maratón en los juegos olímpicos de Londres en 1948.

  • Promoción

    Algunos detractores emparentaron esto con el nazismo pero en el peronismo el deporte fue, fundamentalmente, un instrumento de promoción y ascenso social, difícil de asimilar a la exaltación de la superioridad de una raza sobre otra. Y justamente un afroamericano, que era uno de los mayores ídolos deportivos de la época, el todavía «rey del knock out», Archie Moore -nadie superó sus 141 triunfos por K.O.-, campeón mundial de semipesados, venía al Río de la Plata. Y Perón se animaba a cruzar guantes con él. Moore libró diez inolvidables combates en la Argentina y Uruguay en 1951 y 1953. Admiraba al General, como hoy Diego Maradona a Fidel Castro. Tras el derrocamiento del peronismo, los «libertadores» cayeron en el ridículo de insinuar un romance prohibido entre Moore y Perón, a quien también acusaron de servirse demagógicamente del deporte.

    Ahora bien, ¿quién usa a quién en este juego entre política y deporte? Del lado político, está la voluntad de impregnarse de la fama lograda en un terreno aureolado de valores positivos: coraje, sacrificio, fuerza de voluntad, firmeza de carácter y, en el caso de las disciplinas colectivas, solidaridad y compañerismo. El deporte tiene magia, atrae. Sólo basta pensar en el esfuerzo hecho por el Proceso y la sospecha que hasta hoy perdura sobre el 6-0 ante Perú que hizo llegar a la Argentina a la final del Mundial de Fútbol de 1978.

    Del otro lado, aunque hubo adhesiones pasionales, de corazón, no siempre hay inocencia por parte de los deportistas en estos coqueteos con el poder.

    Muchas de las carreras fulgurantes que se conocen no habrían sido posibles sin impulso estatal. Fangio llegó a Europa, escenario de sus hazañas, gracias al apoyo financiero del gobierno peronista. También José Froilán González accedió a la competición internacional con ese respaldo.

    Más patente es el caso de Daniel Scioli, quien obtuvo del menemismo aportes por cifras de hasta 6 ceros para una carrera en una disciplina muy poco difundida.
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