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El sistema está desesperado por tener alguna empresa que se digne a entrar en la Bolsa, entre tanta huida en masa, y aquí los riesgos se multiplican. Así como se puja para un panel «tecnológico» con serios riesgos, por la volatilidad empresarial alucinante de tal tipo de especímenes, nos imaginamos que se está predispuesto a que se venga de cualquier manera, y que los que compren se las arreglen.
Hace unos días apareció la novedad de un debut inminente de firma productora de conocida marca de hamburguesas, y dentro de una nota de otro diario se mencionaba muy abiertamente que «el frigorífico Quickfood también estaría enfrentando algunos problemas financieros...» Ergo, pensará el inversor juicioso, «da toda la sensación de que quieren venir a colocar acciones como un manotazo de ahogado». La colocación por 41% del capital, tratar de hacerse de dinero fresco que permita salir del atolladero. La utilización de la Bolsa como una suerte de «prestamista de último recurso», es confundirse de calle: el que desempeña tal papel en una economía se llama Banco Central y está a un par de cuadras más arriba.
Nos preguntamos: ¿indagarán los organismos acreditados qué tipo de activo se quiere colocar, sus condiciones, sus riesgos implícitos, antes de dar curso favorable a aquello que ya se quiere inyectar el 11 de diciembre? Un sector derrumbado, donde una del desafortunado grupo Zorraquín se acaba de presentar en concurso, dando la sorpresa del mes. Al menos, mantengamos una Bolsa pobre... pero digna.




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