30 de noviembre 2000 - 00:00

Cupones Bursátiles

No... no, no es como pretenden entenderlo los señores empresarios -en su buena mayoría- el hecho de ingresar a la oferta pública de acciones. Tampoco es como se lo suele entender en el sistema al otorgar la luz verde, el modo en que se tiene que proteger el ahorro público que vaya a tomar un activo cotizante. A los dos parece unirlos la misma causa: el espanto. Hasta que ese espanto termina por dar espanto a inversores, como en muchos casos de compañías que vinieron a la Bolsa en delicadas condiciones de ratios de base.

Hace poco se quiso colocar títulos de una sociedad a precios que posteriormente los interesados desecharon: se frustró la intención de vender sobrevaluando y seguramente que la época de escasez hizo aguzar el ojo en esta oportunidad, que si se trataba de zonas de boom, es probable que todo siguiera marcha adelante sin mayores problemas para los colocadores. Es posible que el caso más renombrado de la década pasada haya resultado el de SEVEL, cuando se vendieron acciones en $ 20 y terminaron siendo retiradas -después de una invariable marcha hacia abajo-apenas en moneditas. En tal ocasión, el que las colocó -su principal accionista individual-aprovechó el especial cuarto de hora de las automotrices y la sobrevaluación que tenían. No había pasado mucho tiempo cuando el mismo personaje dejó una premonición que se cumplió absolutamente: «La industria automotriz del Mercosur se irá toda a Brasil».

El sistema está desesperado por tener alguna empresa que se digne a entrar en la Bolsa, entre tanta huida en masa, y aquí los riesgos se multiplican. Así como se puja para un panel «tecnológico» con serios riesgos, por la volatilidad empresarial alucinante de tal tipo de especímenes, nos imaginamos que se está predispuesto a que se venga de cualquier manera, y que los que compren se las arreglen.


Hace unos días apareció la novedad de un debut inminente de firma productora de conocida marca de hamburguesas, y dentro de una nota de otro diario se mencionaba muy abiertamente que «el frigorífico Quickfood también estaría enfrentando algunos problemas financieros...» Ergo, pensará el inversor juicioso, «da toda la sensación de que quieren venir a colocar acciones como un manotazo de ahogado». La colocación por 41% del capital, tratar de hacerse de dinero fresco que permita salir del atolladero. La utilización de la Bolsa como una suerte de «prestamista de último recurso», es confundirse de calle: el que desempeña tal papel en una economía se llama Banco Central y está a un par de cuadras más arriba.


Nos preguntamos: ¿indagarán los organismos acreditados qué tipo de activo se quiere colocar, sus condiciones, sus riesgos implícitos, antes de dar curso favorable a aquello que ya se quiere inyectar el 11 de diciembre? Un sector derrumbado, donde una del desafortunado grupo Zorraquín se acaba de presentar en concurso, dando la sorpresa del mes. Al menos, mantengamos una Bolsa pobre... pero digna.

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