Tonto el periodismo: no había que esperar la declaración del vocacional oficialista Carlos Kunkel («Cristina Kirchner debe ser candidata al Senado en 2005») para enterarse de las aspiraciones de la primera dama. Ella misma había dado señales en esa misma dirección siete días antes, cuando asumió en un proceso de singular metamorfosis el cambio de santacruceña adoptiva a oriunda platense y residente bonaerense ramal Lomas de Zamora. Lo hizo en las revistas "Caras" y "Gente", también en el almuerzo televisivo de Los Notros, con Mirtha Legrand.
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En esas apariciones, la senadora demostró que avanzaba en la búsqueda de semejanza con Chiche Duhalde, Graciela Giannettasio o Mabel Müller, modelos a copiar ante el electorado distrital, a pesar de sostener: "Nosotros ( los Kirchner) no tenemos nada que ver con los Duhalde". Ya esta última confesión era una forma de mimetizarse con Chiche, otra agradecida, quien formulaba comentarios de ese tipo para referirse a los Menem (claro, cuando el sol dejaba de salir).
Pero la cercanía de la patagónica con las mujeres líderes del conurbano pasa, en los reportajes, por otro tipo de manifestaciones, como la referida a su nuevo aspecto capilar:"Me puse las extensiones en lo de Sander (estilista) por comodidad, no por coquetear".
Sin duda, una típica afirmación de mujeres de trabajo, émula comparable sólo de Chiche cuando sale del peluquero Caringato, en Pinamar. Aunque el resto del mundo femenino -en la Argentina y en otros países-sabe que la aplicación de extensiones constituye una complejidad cotidiana, casi una traba (inclusive para el lavado diario) y sólo se explica en afectadas señoras del estilo Susana Giménez, de peluquero diario como la comunión. Justifican ese complemento elegante por razones de trabajo. Se debe reconocer que el añadido piloso, seguramente de cabello natural, a la Kirchner le queda bien. Lo que dijo, entonces, se parece a lo que habrían dicho las duhaldistas en la misma situación: disimula un toque cosmético, personal, como si fuera un servicio a la comunidad. Casi como si se tratara de repartir un plan Trabajar o la entrega de milanesas de soja. Pero mucho más igualó la primera dama a las damas bonaerenses en lo de la Legrand: antes de empezar el almuerzo, con el marco de los glaciares y la neblina, le anticipó a la conductora lo que se serviría en el menú. Y se despachó anunciando que, de primer plato, había una "quichée" de salmón. Indiscutible pronunciación para quien acaba de llegar de Francia, paseó en el bateau mouche y se sacó una foto en la tumba de Napoleón.
Como es de suponer, "quichée" es una traducción libre y bonaerense de "quiche", cuestión que, sorprendentemente, no aclaró la Legrand, ella tan sólo cita a la hora de enmendar a los invitados (cuando no son del gobierno y poderosos). Más sorpresa causó porque París, para la melliza, es como su segunda vida y, cuando allí viaja, no menos de una vez por año, duda en la inevitable parada de Les Deux Magots, si pide la "quiche" Lorraine o el croque madame (aunque a éste lo resiste por el huevo frito).
Si evitó la corrección fonética, debe haber sido por sabiduría y experiencia, ya que hoy la Legrand se ha convertido en una suerte de Baltasar Garzón del subdesarrollo y le recaban opinión y juicio como si le hubieran cedido una fiscalía ad hoc.
O tal vez Mirtha no quiso repetir aquella famosa anécdota de Francisco Canaro, recién llegado de Japón y hablando de su «quinono» hasta que el periodista corrigió por «quimono». Entonces, Canaro objetó: «Dije quinono, ¿o quién estuvo en Japón?».
Tampoco habrá querido ser tan exigente la conductora, ¿o a Menem no le perdonaban que hablara de los libros de Sócrates? Pero en lo que no reparó el periodismo fue en la transformación de la Kirchner en su identidad bonaerense, sea (con las cómodas extensiones) o la "quiche", expresiones casi imperdibles e inimaginables en el universo duhaldista.
No había que esperar a lo que, en su afán de militancia oficialista, formulara el encanecido Kunkel, quien también, como hombre de La Plata, cree que le llegó la hora de la historia. Aunque con un poco de retraso. La ingenuidad periodística quizá pasa por que no hubo quién se atreviera a imaginar que la expectativa «revolucionaria» de Kunkel y de la Kirchner es ocupar el dominio del aparato duhaldista, sea en las formas o en el fondo.
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