21 de marzo 2001 - 00:00

De la Rúa amagó con su renuncia para definir su nuevo gabinete

"Está bien. Si no hay solución y todos entorpecen, nos vamos." En la intimidad de su despacho, a las 23.30, Fernando de la Rúa se confesó así delante de un par de íntimos. Afuera, en el resto de la residencia de Olivos, los salones estaban tomados por negociadores febriles que presionaban en todos los sentidos por ganar espacio en el nuevo gobierno. Cuando el balbuceo del Presidente se divulgó entre esos dirigentes, se aplastó el ambiente y se ordenaron las pasiones. Domingo Cavallo, quien se encontraba en una sala con Armando Caro Figueroa, aceptó el Ministerio de Economía y se allanó a que Chrystian Colombo seguiría siendo el jefe de Gabinete. Un minuto antes, había sido el cordobés quien amenazó con dejar la pelea y abandonar Olivos. Fue cuando uno de sus eternos adversarios, Leopoldo Moreau, le recordó que «estás ante dirigentes de un partido centenario, ante el que tendrías que dar una mínima explicación de lo que pensás hacer si querés ocupar un cargo de gobierno».

Como suele suceder en el entorno de De la Rúa cuando se viven horas de tensión, la casa presidencial fue sede esa noche de una magnífica confusión que duró hasta las 2 de la mañana de ayer. Todo comenzó cuando el mandatario, en Chile, advirtió que la cabeza de Ricardo López Murphy estaba destinada a rodar por pedido de su propio partido. Era la condición que, desde el Comité Nacional de la UCR, le habían puesto para aceptar el llamado a la «unidad» que había formulado él mismo el domingo por la noche. A 11.000 metros de altura, fue Adalberto Rodríguez Giavarini el encargado de comunicarle la decisión a López Murphy, quien tardó horas en salir del estupor.

Recluido

Una vez llegados a Olivos, De la Rúa y los suyos vieron cómo la casa se fue poblando, como en aquel cuento de Cortázar. En su escritorio, el Presidente se recluyó con sus hijos Antonio y "Aíto". Dos de sus íntimos amigos, Nicolás Gallo y José María García Arecha entraron y salieron de allí durante toda la noche. Otros funcionarios del gobierno, como Chrystian Colombo o Rafael Pascual llevaban y traían fragmentos de negociación o instrucciones presidenciales hacia los otros cuartos. En uno de ellos se concentraban Cavallo y Caro, convocados periódicamente a la habitación de De la Rúa. Los delegados del Frepaso, encabezados por Aníbal Ibarra, Graciela Fernández Meijide, Darío Alessandro y Rodolfo Rodil. En otra estancia se establecieron gobernadores como Roberto Iglesias, Pablo Verani, Ramón Mestre o Angel Rozas. Colombo, Enrique Nosiglia y, de vez en cuando, el hijo mayor del dueño de casa, tuvieron también su rancho esa noche.

La negociación circulaba por esas dependencias, aumen tando la tensión, como si se tratara de un juego endemoniado. Para el Frepaso se trataba de la operación más riesgosa, como se demostró al final. El jueves de la semana pasada, Carlos Chacho Alvarez le había transmitido a sus hombres en el gobierno la razón por la cual había que «vaciar» el gabinete de De la Rúa: «Con los anuncios de López Murphy se va a producir una crisis que pondrá a Cavallo en el poder dentro de tres o cuatro días. Nosotros tenemos que volver con Cavallo». La noche del lunes, en Olivos, se jugaba otra posibilidad: que los radicales «madrugaran» a Alvarez, hicieran su propia coalición con Cavallo y dejaran al jefe del Frepaso con «la ñata contra el vidrio» de un nuevo gobierno que ellos ayudaron a construir con la disidencia.

Los encargados de conducir de esa manera el desembarco de Cavallo fueron, sobre todo, Colombo, Nosiglia y el hijo mayor del mandatario. Asentaron todo su argumento en un criterio principal: «No se puede designar a un jefe de Gabinete que signifique menoscabo a la autoridad del Presidente. Yo no tengo problema en volver a la actividad privada, no estoy defendiendo mi posición», explicó el «Vikingo» Colombo.

Se refería a Cavallo y a la necesidad de que ocupara el Ministerio de Economía, pero todo el mundo sabía que su intención fue bloquear la entrada de Alvarez a ese puesto. Pascual, Jesús Rodríguez, Stubrin, apoyaban desde un coro que seducía a Alessandro con el Ministerio del Interior para él. El diputado se negó una y otra vez y quien explicó esa conducta fue Meijide: «Nos quieren poner ahí para reprimir cuando haya que bancar el ajuste». A todos los pareció una interpretación disparatada, inclusive a sus propios compañeros de partido.

Llamados

Sobre las mesas se abombaba el fiambre servido de compromiso. A tal punto que hubo varios que prefirieron ir a comer a un restorán de la zona. Mientras tanto, al despacho del Presidente ingresaban los más insólitos llamados. Uno de ellos, inesperado, traía la voz de Armando Cavalieri y la cúpula gremial que se había reunido en el Sindicato de Empleados de Comercio para un encuentro con Cavallo que se realizaría recién el día siguiente: «Fernando, no aflojes, armá el mejor gobierno con los hombres de más confianza y nosotros te vamos a ayudar». La casualidad tiene mucho de esotérico pero llama la atención cómo los consejos sindicales coinciden siempre con los objetivos de «Coti».

Cavallo, a quien en el Frepaso suponían aliado para el retorno al gobierno, colaboró inesperadamente con Colombo y Nosiglia: «'Chacho' sería un excelente ministro de Justicia y Educación pero no lo veo como jefe de Gabinete porque lo voltearía en un segundo el Senado, por los problemas que dejó allí», razonó delante de los radicales. Cuando Alessandro se enteró del veto no se inmutó y siguió presionando por el cargo de su jefe, por lo que Cavallo creyó que era su hora: «Si Colombo no va a estar en la Jefatura, el cargo me corresponde a mí, no al Frepaso».

Fue entonces cuando De la Rúa mandó a decir que no pretendía reemplazar a Colombo, «que está haciendo un excelente acuerdo con los gobernadores». Cavallo se sentía descendiendo al Ministerio de Economía e hizo un último intento por mantener lo que se le escapaba. Amagó con irse, en un gesto que tal vez haya que ver muchas veces en el futuro. No esperaba, claro, que había comenzado a trabajar para un hombre que, en el límite, estaba dispuesto a hacer lo mismo: arrojarse al precipicio y desde más alto.

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