14 de agosto 2001 - 00:00

De la Rúa en Capital: no se puede ganar sin defensa

"La Iglesia es una institución milenaria, con la que ninguna persona con buenas intenciones puede disentir francamente. ¿Quién no quiere la paz?, ¿quién no quiere el amor?, ¿quién no quiere un mundo mejor?". Fernando de la Rúa tomaba lentamente su yogurt mientras su secretario privado Ricardo Ostuni predicaba lentamente las virtudes del catolicismo, del que su hijo es sacerdote. El Presidente se había interesado con esa visión cuando conoció el documento del Episcopado que alarmó con pronósticos de anarquía. Pero ayer al mediodía oía, pero no escuchaba. Su cabeza volaba hacia otra institución, mucho más joven y prosaica: la UCR de la Capital Federal, donde obtuvo su primera derrota desde 1973. Sin embargo, fiel a su costumbre, De la Rúa no dijo una palabra sobre el tema durante todo el almuerzo, a pesar de la gravedad del revés. Y eso que Ostuni milita en el radicalismo porteño casi con la misma pasión que le inspira la Iglesia.

El intento de la Casa Rosada por disimular el significado de la interna que se realizó en la Capital fue casi tan notorio como el fracaso que debió soportar De la Rúa en esa disputa. Si el Presidente optó por el mutismo, Nicolás Gallo se atrevió a ir más allá para decir que su jefe no se ha visto afectado porque «todos los que han ganado pertenecen al radicalismo», lo cual es lógico porque se está hablando de una interna de ese partido. Gallo, como se ve, toma las crisis con humor. Después apostó a que «representarán al partido como lo han sabido hacer siempre, de la mejor manera y con la mayor lealtad posible a su gobierno». Como se ve, la palabra «posible» es lo único revelador de la opinión del secretario general.

• Inquietante

Las evidencias son mucho más inquietantes de lo que pretenden hacer creer en el gobierno. Sus candidatos fueron rechazados en un distrito que no sólo es el del Presidente: es también el del electorado más sofisticado del país, cuyo formato cultural y político se reproduce en las principales capitales del interior y, sobre todo, en el primer cordón del conurbano bonaerense. Y no perdió cualquiera. La del domingo fue la derrota del principal equipo político del oficialismo, el que integran entre otros Rafael Pascual -presidente de la Cámara de Diputados-, Enrique Nosiglia -hoy el más activo gerente político del gobierno-, Héctor Lombardo -el ministro «del corazón» del Presidente-y Cecilia Felgueras, quien fue la esperanza femenina del delarruismo ascendente. El mismísimo De la Rúa dejó sus huellas en el resultado, al concurrir a votar. Contrarió la tradición de sus antecesores en la Presidencia (Frondizi, Illia, Alfonsín o Menem jamás cometieron ese error) y también el discurso según el cual pretende ser el custodio de la «unidad nacional».

Del otro lado, un grupo de dirigentes que explícitamente habían repudiado la política oficial, identificada por ellos con Domingo Cavallo, el recorte de las jubilaciones, el ajuste sistemático, la pasablemente frívola actividad del grupo sushi y otras fealdades. No se puede decir que entre los coroneles electorales de Jesús Rodríguez y Rodolfo Terragno no hubiera gerentes de aparato (hay directivos del mercado central, del CEAMSE y de otras dependencias municipales). Pero es cierto que hubo un movimiento de afiliados independientes, especialmente jubilados, que concurrieron a las escuelas a votar en contra del gobierno con los mismos argumentos que predicaron los candidatos ganadores en su proselitismo.

Hay una razón que vuelve más inquietante el resultado: el efecto que tendrá en el resto de la UCR, sobre todo en los candidatos que representarán a esa sigla en octubre. Esos dirigentes creerán fácilmente que existe una rebelión de los radicales y de la clase media a la que éstos expresan contra el oficialismo e intentarán ampararse de ella adoptando posturas disidentes u opositoras. Es lo que puede tentar a Raúl Alfonsín en Buenos Aires, a Horacio Usandizaga (asociado desde ayer al Partido Socialista Popular) en Santa Fe, a Rubén Martí en Córdoba, por citar los tres distritos más importantes, además de la Capital, donde Terragno ya inauguró esa orientación. Quiere decir que, si esta oleada adversa no existiera, ellos la provocarán. Habrá ganado, entonces, el discurso de Leopoldo Moreau en el Senado la noche del déficit cero.

• Especulación

A los radicales, engendrados por un poeta romántico y suicida, les ha de resultar fácil ubicarse en esta corriente: la de quienes creen que el poder está maldito y sólo promete errores y mortificaciones. Aun cuando sea posible pensar las cosas de otro modo. Suponer, por ejemplo, que si el oficialismo perdió el domingo fue porque no fue, precisamente, oficialista. Mezquinos, calculadores, los candidatos de la Casa Rosada especularon con el silencio o, directamente, se avergonzaron de representar al gobierno. No debe sorprender, en los grupos políticos se suele imitar a los jefes y De la Rúa suele incurrir en el error de creer que puede preservarse de su propio gobierno, como si hubiera un cargo superior al que ejerce para el cual debería prepararse (la vida fue para él una carrera electoral y parece no haber advertido que llegó a la meta hace casi dos años).

Culposos, anodinos, los candidatos de la Casa Rosada hasta se justificaron por la realización misma de la interna, en una actitud que es propia de quienes buscan el poder, no de quienes lo ejercen. Mucho menos podía pedírseles que justifiquen el recorte de las jubilaciones, la racionalización del gasto y otras medidas que son desagradables siempre, pero sobre todo cuando no se las explica.

Es relevante discernir por qué De la Rúa perdió la interna del domingo. Sobre todo para el gobierno. Si fue por su política económica o por la falta de talento y de valentía para defenderla. Es posible que, proclive a negar cualquier traspié, el Presidente eluda ese debate y que se dirija a repetir y agigantar el error.

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