25 de abril 2002 - 00:00

De la Rúa-Duhalde: Olivos es contagioso

Que Eduardo Duhalde era, acaso, el hombre menos adecuado para superar la crisis actual que atraviesa la Argentina se podía comprender por razones objetivas. Cuando la sociedad más repudia a su clase política, la Asamblea Legislativa le ofreció un gobierno integrado por peronistas y radicales bonaerenses, es decir, por los ejemplares más rancios de esa dirigencia cuestionada. Además, en el momento en que el país entró en default después de agotar todos sus recursos, llega a la Casa Rosada el grupo político más populista de los que pueden gobernar hoy la Argentina.

A partir de la crisis de estos días, Duhalde agregó una disfunción más a las anteriores: su impericia para el oficio que ejerce, su torpeza para conducirse dentro de las reglas del procedimiento político. Es una dificultad subjetiva, que lo asemeja llamativamente a Fernando de la Rúa. Basta repasar algunas actitudes y decisiones del Presidente para advertir ese problema y este aire de familia con el antecesor radical:

La primera evidencia y la más importante es que, como De la Rúa, Duhalde intentó llevar adelante una política para la que no contaba con el consenso de su partido. Ese límite quedó tan claramente expresado que debió volver sobre sus pasos. Desde el viernes pasado, el Presidente consultó a distintos dirigentes sobre la posibilidad de cambiar el rumbo económico, salir de la flotación y adoptar el tipo de cambio fijo. Eventualmente, alejarse del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, lo que le permitiría entre otras cosas abandonar la reforma a la Ley de Quiebras y obedecer de ese modo a la presión que recibe desde «Clarín» y otras empresas a las que su gobierno se siente obligado a satisfacer. Rodeó todo eso de un folklore que llegó a su mejor expresión del sábado por la noche, cuando Eduardo Setti (ex Banco Santurce), Daniel Carbonetto, Rodolfo Frigeri y Carlos Leyba le tomaron examen al equipo económico, en ausencia de Jorge Remes Lenicov, que estaba en Washington. La secuencia se completó con la renuncia del ministro de Economía. «Ahora, con el tipo de cambio fijo, me siento distendido», se confesó el Presidente, delante de 50 peronistas invitados a deliberar en Olivos. Alieto Guadagni estaba a su lado, cabeceando afirmaciones. Duhalde no dijo que también «Clarín», que tanto hizo por la eyección de Remes, le había sacado momentáneamente la pistola de la cabeza, lo que también debe darle cierta tranquilidad.

• La réplica llegó desde el peronismo del interior, que entre el martes por la noche y ayer por la mañana sometió a Duhalde a una ducha de ortodoxia. Juan Carlos Romero, Rubén Marín, Gildo Insfrán, José Manuel de la Sota y Carlos Reutemann, con distintas inflexiones, le indicaron al Presidente que no hay camino posible si no se acatan determinadas reglas de juego internacionales, más rígidas cuanto más débil es la situación económica del país. «Nosotros estamos preocupados por la recesión, igual que vos. Pero no se corrige con planes de obras públicas y gasto sino con racionalidad y generación de confianza para que vuelva la inversión privada», le señaló el salteño Romero.

• Las líneas generales de este planteo se articularon en el documento conocido ayer en Olivos. Duhalde debió retroceder y salir en busca de un ortodoxo que maneje la cartera que había abandonado Remes y que Alieto Guadagni no llegó siquiera a ocupar por una hora. El parecido con De la Rúa es notorio. También el radical quiso modificar su gabinete y afirmar una orientación propia para el gobierno cuando llevó a Alberto Flamarique a la Secretaría General, confirmó a Fernando de Santibañes en la SIDE y mantuvo a José Genoud al frente del Senado, a pesar de las impugnaciones de Chacho Alvarez. Pero el vicepresidente renunció y produjo una reacción en la Alianza que obligó a De la Rúa a volver sobre sus pasos: Flamarique, De Santibañes y Genoud fueron los Guadagni de aquella hora. Como el peronista ahora, tampoco el ex presidente había medido correctamente su capacidad de maniobra dentro de la UCR. A Duhalde le pasó por primera vez de manera evidente, en pantalla gigante, lo que De la Rúa padeció más de una vez. También cuando quiso ir hacia una política severa de ajuste del gasto y racionalidad, con Ricardo López Murphy, y el radicalismo se lo volteó.

• La similitud termina en el formato y no alcanza al contenido. A Duhalde le fue impedido girar hacia un mayor dirigismo -controles de precios, del mercado de cambios, del comercio exterior, etc.- igual que a De la Rúa se le impidió, con De Santibañes primero y López Murphy más tarde, ir hacia un esquema más moderno. No es casual que, desde el punto de vista programático, la situación sea la inversa: los que promovieron el ascenso de Guadagni -Raúl Alfonsín, Mario Brodersohn, Leopoldo Moreau, Jesús Rodríguez, Juan Pablo Cafiero, etc.- no casualmente fueron los mismos que alentaron la caída de López Murphy, exhibiendo de nuevo que en la Argentina hay un conflicto político-económico que no respeta cambios de gobierno. Y que el interior del país se conecta con la modernidad, decididamente, mejor que el área metropolitana.

• El parecido de Duhalde con De la Rúa se da también en el plano de las microconductas. Si no llamó tanto la atención, el martes y ayer, que se discutiera una política económica y la designación de un ministro en una asamblea de 14 gobernadores, 20 sindicalistas y 30 legisladores, fue porque el refugiado de Villa Rosa acostumbró al país a ese modus operandi, donde todo se delibera a la intemperie, en reuniones de consorcio y con resultados catastróficos. Sólo la falta de oficio puede conducir a un presidente a someter a debate público su política económica (tipo de cambio, garantías a los inversores, salida del «corralito», etc.), convocando para eso al sindicalismo y al Congreso, en medio de una negociación internacional como la que estaba llevando adelante el gobierno. Se podrá pensar lo que se quiera de Alieto Guadagni pero ¿qué derecho tenía Duhalde a someterlo de cuerpo presente a las sucesivas oleadas de vetos que le llegaron desde el peronismo? Guadagni pagó dos precios, la torpeza de Duhalde para designar a un ministro y el patrocinio de Antonio Cafiero, cuyo nombre produce convulsiones en buena parte del PJ por las denuncias del año 2000 en el Senado.


• Al cabo de esta crisis, el Presidente queda en una situación paradójica: más débil en su esquema de poder y más fuerte en materia de respaldo interno y de orientación económica. El peronismo del interior, al que siempre se vio enfrentado, se convirtió en garantía de una política más racional pero el liderazgo personal de Duhalde fue esmerilado gravemente. Igual que a De la Rúa en su momento, los caudillos del partido le impusieron una lógica que a él le resulta ajena y tal vez desagradable: le indicaron que deberá suspender su interna imaginaria con Carlos Menem, la misma que lo llevó a enfrentarse a la Corte, a las empresas privatizadas, a los bancos, a la Constitución del '94 y a todo lo que en su fantasía tuviera que ver con el riojano. Lo llamaron, en definitiva, a iniciar un verdadero gobierno de transición, que restablezca el orden en el país y fije reglas generales claras en materia económica. La respuesta de Duhalde a este desafío es una incógnita. En principio, no es la mejor señal que se tome cinco días para responder. Tampoco lo es que el programa de los gobernadores haya sido puesto por escrito. Eso le da el carácter de una orientación y un respaldo. Pero también lo convierte en un pliego de condiciones que, de no cumplirse, podría resultar en un aislamiento definitivo del bonaerense.

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