Chacho Alvarez trató de usar la confesión del delincuente arrepentido contra el Senado por coimas para buscar su reivindicación como renunciante repudiado por abandonar la vicepresidencia. Pero hasta en el programa «Día D» le reprocharon que él había hecho lobby en el Senado y en Diputados para lograr la sanción de esa ley. Esa gestión, en otro momento del país, sería un mérito porque, efectivamente, la ley aportó, pero hoy soplan aires de hoz y martillo en el país y se lo reprochan. De acusador pasó a acusado. Parece que su dimisión no la asimilará nunca la sociedad.
Dos teorías enarbolan los opositores al gobierno por el fuerte despliegue que se le concedió al recurrente tema de los sobornos en el Senado. Uno, ocupar espacios para disminuir la presión de los piqueteros que se convocan para el próximo sábado y, dos, recuperar para la consideración pública la figura de Carlos Chacho Alvarez, una forma de reciclaje para integrarlo al movimiento transversal. Son, claro, teorías de gente desplazada, molesta con la Administración Kirchner.
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Cuesta imaginar, para la primera alternativa, que los piqueteros sean permeables a una historia sórdida con tres años de pasado y que, alelados ahora ante el señor Pontaquarto, suspendan su protesta ante un gobierno que presume decencia frente a un mundo heredado -según el léxico kirchnerista-donde brota pus apenas se lo toca. Más bien, para los quejosos ideologizados del próximo sábado, los senadores, diputados, la Justicia o el Ejecutivo constituyen una misma matriz, casi sin diferencias, hasta los imaginan responsables de sus propias desgracias. Si nadie sabe entonces lo que pasará el sábado, en cambio ya se descubrió que el repentino arrepentimiento de Pontaquarto, para Chacho Alvarez, vino a ser como la carabina de Ambrosio, una inutilidad popular.
Creyeron lo contrario Alvarez y el gobierno. Al principio, él se convirtió en actor protagónico de nuevo y trató de usufructuar la incriminación de Pontaquarto como propia, rescatando su renuncia a la vicepresidencia como un acto de fe contra la corrupción de la ley. Habló tanto por radio y TV que parece que nunca se pudo cambiar la ropa en 48 horas. Junto a él, con una prisa casi incomprensible, el jefe de Gabinete acompañó esos gestos de Alvarez, lo distinguió del resto de los políticos y hasta lo exhibió como modelo. De ahí que muchos pensaran -luego que Kirchner fracasara en designar al Chacho en el exterior- que el gobierno pretende, ante la carencia de materia gris de su entorno, blanquear a Alvarez con el culebrón de los sobornos para luego instalarlo en la Administración.
Pero fue la jugada de Ambrosio, inclusive hasta con el riesgo de que se dispare en contra. De izquierda a derecha llovieron mandobles, tantos que el mismo Alvarez cambió con velocidad. De entusiasta y crítico en vías de Savonarola, al primer día de Pontaquarto, terminaba ayer en desanimado pacificador descartando el propósito de asistir a la boletería para cobrar un ticket ganador. Trepar a la fama no es sencillo.
Es que, como si fuera una estrategia de respuesta, una nube de críticos con gente de poca relación en común, se lanzaron contra Alvarez. Primero fue Héctor Maya, ex senador justicialista y el primero en oponerse a la controvertida ley gremial (tanto que le atribuyen haber redactado el memorándum sobre el cual luego Antonio Cafiero hizo la denuncia de corrupción), quien recordó que Alvarez lo quiso «convencer» (a cambio de «figuritas») para que votara a favor al tiempo que, como titular del Senado, Chacho burló procedimientos y normas para apresurar la aprobación.
• Acompañantes
En la misma línea argumental se sumaron luego el duhaldista José María Díaz Bancalari y la sindicalista de izquierda Alicia Castro, quien precisó hasta el momento en que Alvarez festejaba -al estilo Jorge Rafael Vide- la, levantaba los pulgares-con Alberto Flamarique la victoria de la ley sindical.
En eso de maltratar al muñeco, el que despertó a la conciencia ética después de tres meses y acompañando las denuncias de otros (Antonio Cafiero, por ejemplo), aparecieron más verdugos y con nivel significativo: Elisa Carrió, Fernando de la Rúa, el propio Cafiero y el gremialista Hugo Moyano. Casi todos coincidieron en que Alvarez pretendía aprovechar un episodio del cual, curiosamente, él mismo debía dar explicaciones. No por recibir sobornos sino por haber impulsado un proyecto que se hizo ley, luego, gracias al tráfico de dinero.
Alvarez no habló en el momento que correspondía y, cuando lo hizo, más de una suspicacia abruma ese comportamiento (como lo declara su propio socio de entonces, De la Rúa).
Está claro que, como hombre que vuelve a la izquierda, por aquella época tampoco defendía a los trabajadores. Pero, lo que pare-ce peor en su actitud -tema tan caro hoy en las sociedades modernas- es asumir una autoría intelectual, derechos de propiedad, que no le pertenecen. En eso falló no sólo él, también el gobierno.
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