D'Elía y su FTV, ¿un "cuento del tío" en el que cayó Kirchner?
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Luis D'Elía
Para encontrar algo igual habría que remontarse a los recursos obtenidos por D'Elía y su socio de entonces, Jorge Cevallos, cuando cortaron la Ruta 3 e hicieron llegar hasta La Matanza al secretario presidencial Leonardo Aiello con una bolsa de « planes» que levantaron el bloqueo. Claro, ni Fernando de la Rúa poseía el poder de Kirchner, ni Aiello -se supone- tenía la experiencia en este tipo de transacciones que, hay que imaginar, caracteriza a Parrilli.
La conclusión es curiosa: la movilización de D'Elía, que para la mayor parte de la ciudadanía fue una demostración física de autoritarismo e intolerancia, vista con el microscopio del funcionariado oficial se convierte en una especie de cuento del tío en el que Kirchner cayó casi como un principiante, un chico del PRO.
El fiasco del Obelisco no debería, sin embargo, sorprender a quienes tratan con D'Elía. Salvo Parrilli, hay muchos hombres del gobierno que podrían informarle al Presidente cómo las fuerzas de este vecino de La Matanza disminuyeron de manera acelerada durante los últimos dos años. En parte, hay que reconocerlo, por el costo que tiene para cualquier simulador de disidencia el abrazarse al Presupuesto y a los cargos oficiales con la pasión con que lo ha hecho este ex concejal. Entre los años 2003 y 2004 D'Elía fue abandonado por los grupos «Atahualpa» (de especial desarrollo en Moreno y La Plata) y «Marcha Grande» (de La Plata). Adherentes a la CTA de Víctor De Gennaro, los militantes de estas agrupaciones no se sintieron nunca cómodos con el estilo « petista» de ese sindicalista democristiano y eso facilitó que D'Elía los captara con su estilo barrial, resabio de sus orígenes de activista católico del conurbano.
Se puede decir que a esos grupos el «piquetero» de la FTV los perdió por su adhesión desaforada al gobierno: ya fue difícil que lo vieran como un combativo. Le aplicaron el teorema de Baglini, al revés. En cambio, en las agrupaciones de separación más reciente aducen otras causales de divorcio. No sólo la falta de rendición de cuentas con el dinero, algo al parecer habitual en el estilo de liderazgo de D'Elía. También un modo de conducción concentrado, que descansa en muy pocos colaboradores,mandón y arrebatado-(para aclarar cualquierconfusión oficialista: la descripción se sigue refiriendo a D'Elía).
El «piquetero» pasó de las comunidades eclesiales de base al Frente Grande, del Frepaso al duhaldismo y del duhaldismo a las organizaciones «K» sin retener más que a tres o cuatro lugartenientes. Sobre todo un par: Alberto Vulcano y Carlos López,un médico convertido en empleado público a las órdenes de Parrilli. Encerrado en ese círculo, D'Elía fue perdiendo predicamento en Chaco y Formosa, donde le reportaba un interesante movimientocampesino; se le escapó media FTV en Santa Fe y ya no cuenta con «puntero» alguno en Córdoba. Su reino se atrofió: alcanza los límites de Isidro Casanova y, sobre todo, el barrio «El Tambo», donde tiene su casa. En vano encomendarle, entonces, movilizaciones en la Capital: no le queda ni el comedor «Los Pibes», en La Boca, que sigue atendiendo Lito Borello y que fue la principal base de operación asistencial de la FTV en la Ciudad. El barrio quedó ahora asociado a D'Elía por otras razones: la toma de la Comisaría 24ª en un hecho que puso de manifiesto la línea tenue que separa militancia de marginalidad lumpen en los bajos fondos del área metropolitana. Los recursos confiados a este vocero del oficialismo no disminuyeron en la misma proporción de las adhesiones que cosecha. Desde las muertesde Kosteki y Santillán, cuando Duhalde decidió abrir la mano de los planes de asistencia social de modo indiscriminado, la FTV controla innumerables prestaciones nacionales y provinciales. Hay quienes calculan que el Estado le provee, como mínimo, 100.000 subsidios para repartir mes a mes. Kirchner decidió después condecorar a D'Elía asignándole otros 250 millones de pesos, fondo que nutre a la Subsecretaría de Hábitat en la que se designó a este «dirigente social». Sin mencionar el emporio de «empresas recuperadas» del que se viene apropiando este activista.
Es lógico, entonces, que hayan visto al Presidente envuelto en llamas cuando le informaron los números de la marcha organizada por su «piquetero» en el Obelisco. Ni qué hablar del blooper de Adolfo Pérez Esquivel. Nadie sabe si el jueves pasado al santacruceño lo irritó más Blumberg o D'Elía. Tal vez hubiera sido más seguro y barato entorpecer la manifestación del ingeniero con un despliegue de seguridad exagerado, cinismo al que recurrieron todos los ministros del Interior anteriores a Aníbal Fernández cada vez que procuraron dejar la Plaza vacía. Discusiones teóricas. Kirchner se ocupa ahora de otro problema: hablar con quienes conocen a D'Elía -desde el presidente de la Cámara de Diputados, Alberto Balestrini, hasta funcionarios de nivel medio del gobierno nacional- para hacerlo callar y, si fuera posible, desaparecer de la escena por un tiempo. Sería bueno para el país. También para el gobierno. Pero agravaría el derroche presupuestario que supone pagar millones de pesos para que alguien permanezca en su casa sin la necesidad de siquiera fingir cierta preocupación por el destino de los más desamparados.




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