En el discurso, el Presidente ratificó su alineamiento internacional en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico, una de las consignas que es prenda del equilibrio en las relaciones con el gobierno de los Estados Unidos. En la misma línea, reivindicó su política sobre derechos humanos al recordar la inminente fecha del 24 de marzo, cuando se cumplirán 30 años del golpe militar de 1976. En gesto que desatará polémicas, rindió un homenaje a «30 mil desaparecidos», una consigna de algunas organizaciones que siguen negando la cifra oficial de muertos en la represión clandestina de las guerrillas. Según el cálculo de la Secretaría de Derechos Humanos del actual gobierno, ese número es de 12.986. Que sea una sola vida basta para el repudio a las desapariciones. Es discutible que el Presidente hable de «30 mil» sólo para halagar consignas de organizaciones que van más allá de la búsqueda de la verdad y la sanción de los responsables como lo hizo ayer, cuando su propia administración ha reconocido que el número es mucho menor. Aquí los dichos del Presidente:
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• Enfrentamos al terrorismo internacional, a la delincuencia trasnacional organizada y al narcotráfico, alentando todas las acciones internacionales que contribuyan a la persecución, control y eliminación de estos flagelos y respetando el derecho internacional de los derechos humanos. Promover y proteger los derechos humanos constituye una política de Estado que forma parte de nuestra identidad como nación, razón por la cual constituye uno de los ejes centrales de la política exterior llevada a cabo por nuestra Cancillería.
• El gobernar tiene que ser, de ahora en más, la capacidad de hacer y transformar colectivamente. La capacidad de crecer, distribuir, hacer cosas, discutir intereses en beneficio de la Nación. El poder de defender la producción nacional, mejorar la cantidad y calidad de las exportaciones; defender el derecho de la Argentina a tener su propia industria, poderosa y desplegada; defender el derecho de los argentinos a conservar sus ahorros y a generarlos honestamente, a garantizar el poder de compra de sus salarios. En ese marco, discutir la política será disputar la iniciativa para conducir a nuestra patria hacia un destino mejor. Acceder a la presidencia de la Nación será obtener el honor de conducir el tránsito de nuestro país, peldaño a peldaño, hacia una posición más sólida, más justa, más equitativa. Cuando ello ocurra habremos consolidado los cambios que hoy estamos tratando de concretar. Estamos en el año 2006.
• Estamos apenas a veintitrés días de que se cumplan treinta años del golpe institucional más horroroso que recuerde la historia argentina. Estamos a veintitrés días de recordar una fecha que mancilló las instituciones y que consolidó treinta mil desapariciones en la patria por pensar diferente. No es un tema menor (...) Como argentino, como militante comprometido en aquel tiempo y en aquella época, no eludo mi historia. Era joven como tantos jóvenes y no me quito mi responsabilidad por la edad que tenía, porque sería un acto de reduccionismo histórico. Asumo mi responsabilidad, la edad que tenía y el tiempo que tenía con esa generación que acertó y que también se equivocó. Pero que tuvo la dignidad de defender, de creer, de acceder y de plantear sus ideas ante la sociedad, para tratar de aportar al cambio que la Argentina necesitaba; y que fue mancillada por los violentos porque no entendían que la Argentina se construía con paz, con amor y con pensamientos superadores.
• Por eso, en el cierre de este discurso que me toca -el penúltimo como presidente de la República, ya que mi mandato termina el 10 de diciembre de 2007- y si ustedes me lo permiten, señores legisladores, quiero rendir un homenaje grande y sincero desde este Congreso de la Nación a la Argentina y a esos 30 mil argentinos, respecto de los cuales no importa cómo pensaba cada uno, para que eso quede escrito en las páginas de la historia.
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