Festejos en las tiendas menemistas por las desventuras del monopolio «Clarín» y sus investigadores. La algarabía se debió a que el periodista Daniel Santoro debió declarar el martes pasado ante el fiscal que investiga la causa AMIA, Alberto Nisman, por una cantidad de bloopers cometidos en una «pesquisa» publicada hace dos domingos. Para el menemismo se trata de una noticia festiva: demostraría la baja calidad informativa de quien tanto mortificó al riojano con sus notas sobre el «caso armas», favoreciendo la aplicación de la figura de la asociación ilícita cuando hasta juristas como Raúl Zaffaroni dictaminaron que se trataba de un disparate jurídico.
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En esta nueva gaffe, Santoro se entusiasmó con un informe según el cual uno de los investigadores del atentado de la AMIA, Jaime Stiusso, mantenía contacto frecuente con un allegado al policía Juan José Ribelli, el comisario Raúl Ibarra. Stiusso tercerizaba esas llamadas, según la nota, a través del comisario Mario Naldi.
Las presunciones del monopolio se cayeron como un castillo de naipes: Naldi aclaró públicamente el jueves pasado, a través de varios programas radiales, que el número de Ibarra al que llamaba era, en rigor, el de la Brigada de Investigaciones de Quilmes, en la que trabajaban tanto él como el mencionado comisario. Las misteriosas llamadas de Stiusso serían, entonces, llamadas entre policías que prestaban servicio en la misma dependencia. Además de los desaciertos de las investigaciones del monopolio, el examen de los errores de Santoro -que dieron lugar a la citación del fiscal Nisman- derivaron en otros detalles. Por ejemplo, comenzaron a presumirse antiguas vinculaciones con un sector de la SIDE y del Ejército que podrían estar detrás de las informaciones contra Menem en la «causa armas». Es decir: una interna ilumina la otra y, al parecer, podrían desvelarse ahora la trama política que alimentó aquel escándalo. Por eso festejaban los abogados amigos del riojano desde el martes pasado.
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