12 de abril 2004 - 00:00

Dividió más al PJ el intento de resurrección de Ruckauf

Carlos Ruckauf se propuso protagonizar la resurrecciónen esta Semana Santa. La última vez que se lo vio en plenitud fue durante aquel asado en su casa de Villa Gesell, en el que reunió a Eduardo Duhalde con Roberto Lavagna para convencer al primero de las bondades del ministro como candidato a presidente en reemplazo de Néstor Kirchner. Duhalde dudó sobre esa sustitución y luego la rechazó por una operación periodística del monopolio «Clarín» en contra del economista. A partir de allí, el horizonte de Ruckauf se volvió más negro aún que el del día en que abandonó, en medio de una fuga, la gobernación de la provincia de Buenos Aires en manos de Felipe Solá. En efecto, el actual diputado fue una de las pocas personas para las cuales el triunfo de Carlos Menem o el de Kirchner en el ballottage resultarían igualmente desastrosos (dicen que votó por Ricardo López Murphy).

• Veto presidencial

Convertido en diputado por Duhalde a causa de vaya a saberse qué complicidades, Ruckauf tuvo su propio y discreto calvario bajo el nuevo régimen. Fue, por ejemplo, el único diputado a quien vetó el Presidente para presidir una comisión en la Cámara: la de Relaciones Exteriores. Sólo al senador Eduardo Menem, el convaleciente de Río Gallegos le dedicó un mandoble semejante. Amigos del mandatario le dedicaron también sus recuerdos, cargándole la presunta desaparición de obreros en una empresa automotriz, durante la década del '70, cuando era ministro de Trabajo de «Isabelita» y, en el último acto de la consagración de la ESMA en Museo de la Memoria de los tormentos y desaparecidos, la sanción del decreto para aniquilar a los terroristas (lo mencionó un H.I.J.O. junto con Antonio Cafiero).

Ansioso, presa de una especie de síndrome de abstinencia porque las cámaras de TV le rehuían, «Rucucu» creyó escuchar, con la aparición de Juan Carlos Blumberg y la movilización del 1 de abril una especie de «levántate y anda». Los primeros en notarlo fueron sus colegas de bancada, sobre todo, el kirchnerista tucumano Ricardo Falú. Tenaz, insistente, Ruckauf no dejó de acosarlo durante toda la sesión de la Comisión de Legislación Penal donde se trataron, con Blumberg monitoreandoa todos, los proyectosde endurecimientos de penas. De paso, cuando le habilitaban el micrófono, el ex vicepresidente de Menem aludía a Falú como «mi amigo» para después aclarar que él presentaría un proyecto propio para castigar la tenencia irregular de cualquierarma de fuego, no sólo las de guerra. Después de esa reunión de comisión, frente al resto de los diputados de su bloque, volvió a ocupar el centro de la escena con intervenciones sólo superadas por el dúo Irma Roy/Daniel «Chicho» Basile. Es que, cuando uno de los legisladores estaba enumerando delitos graves que merecían penas más severas,la diputada-actriz comenzóa gritar desde el fondo del salón, apuntando imaginariamente a la figura de Eugenio Zaffaroni: «¿Y el sexo oral?, ¿Y el sexo oral?...». Basile no pudo con su genio y le respondió desde la otra punta: «Es hermoso, Irma, es hermoso...».

El presidente del bloque José María Díaz Bancalari comenzó a advertir que la sesión del día siguiente sería demasiado complicada. Por eso, un par de duhaldistas se aproximaron a Ruckauf para decirle que el bloque haría suyo su proyecto a cambio de que no hablara en el recinto. «El Mono» y sus colaboradores sospechaban que la sobreactuación de «Rucucu» impediría al peronismo capturar más voluntades para la aprobación de las normas.

El ex gobernador y profeta del «meta bala» se allanó al pedido, después de exponer razones no del todo elevadas: «La verdad es que para mí esto no pasa por el recinto; mi negocio está en las cámaras de TV, allí tengo que volver», le dijo a un compañero de bancada. Esa noche, sin embargo, Ruckauf cambió de idea.

Dicen que fue cuando, frente al espejo, en su departamento del parque Las Heras, comenzó a ensayar su discurso, manipulando las tres balas que había hecho conseguir, con fines didácticos, a un custodio amigo. «No podemos solamente condenar a quien tiene una pistola 45 no declarada», gesticulaba el diputado con el proyectil de esa arma en la mano derecha, «porque el 22 también mata», levantaba ahora un ejemplar de ese calibre con la izquierda. No le faltaba razón, aunque su exposición práctica superaba las formas legislativas.

Al día siguiente, sigiloso, Ruckauf se sentó en la banca.

Antes, se hizo anotar en la lista de oradores. Consiguió lo que quería: con tres municiones a modo de «Power Point», regresaría a la vida. Hubo algo que lo decidió a romper el pacto de silencio del día anterior: calculó el tiempo que usaría cada diputado y descubrió que su intervención tendría lugar en horario noble, entre las 20 y las 22, hora de máxima audiencia en los programas de TV que cubrían la sesión. Como en otras oportunidades de su carrera política, Ruckauf no prestó atención al perjuicio que ocasionaría a sus pares (por esa tradición ganó apodos como «71 de Octubre» por ser lo contrario del «Día de la Lealtad» o «murciélago», porque «no pone el hombro ni para dormir»). «Por culpa de 'el Rucu', a lo mejor nos quedamos sin los votos necesarios», vociferaba Díaz Bancalari, como si la conducción del bloque no fuera una obligación suya.

• Distancia

En efecto, cuando advirtieron la presencia de Ruckauf en la lista de oradores, los diputados del ARI a través de Laura Musa hicieron saber que no acompañarían al peronismo. «Si nos ponen a Ruckauf como vocero del oficialismo, no pueden pretenderque los acompañemos», le dijo Musa al «Mono» y usó la excusa ideal para distanciarse del PJ.

La oposición ubicada más a la izquierda, que encarnan Patricia Walsh, Claudio Lozano o Luis Zamora -con un discurso intolerante-optó también por retirarse cuando advirtió hacia dónde llevaría el peronismo el debate. Llegada la hora, Ruckauf hizo su show balístico pensado para alumnos de colegio primario. Blumberg, desde su palco, pedía la palabra, seguramente para quejarse (como lo haría luego en conferencia de prensa). Eduardo Camaño, temeroso de la reacción del ingeniero si no se la concedía (el reglamento, claro, se lo impide), miraba hacia el otro extremo del recinto y simulaba hablar con un fantasma mientras sus asesores le hacían notar ese requerimiento. «Rucucu» seguía mostrando balas, para incomodidad de su vecino de banca, el ex ministro Juan José Alvarez, otra víctima de Kirchner, que si algo no soñaba era aparecer como escolta de su antiguo jefe en la provincia. «Para otra vez, si vas a aparecer en televisión, avisame; entonces, me voy lejos», le dijo Alvarez, indignado, a un Ruckauf sonriente como nunca. Ya había hecho su negocio, su pascua de media hora.

Testigo mudo del prodigio, la jueza María Isabel Zapatero, su esposa, invitada a mirar desde un palco el espectáculo que la noche anterior, en su casa, la había tenido como única espectadora. Quedó otra vez la misma lección: Díaz Bancalari acaso no sea el conductor más eficiente para un tiempo que promete más juego parlamentario -a Blumberg también le cayeron mal algunos comentarios del legislador oriundo de San Nicolás-y menos acatamiento ciego al «dictat» de la Casa Rosada. Por más que Kirchner, Felipe Solá y León Arslanian lo liberen dentro de poco de «Rucucu».

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