23 de mayo 2003 - 00:00

Duhalde deja el gobierno. Kirchner quiere el poder

Salvador Dalí escribió en su diario íntimo que, si tuviera que elegir un régimen político, se inclinaría por la monarquía porque resuelve el único problema que, según él, presenta la política: la sucesión. Cuando Eduardo Duhalde lo advirtió, ya era tarde. Hubo infinidad de gestos y detalles por los cuales se dio cuenta durante la última semana de que, además de reemplazarlo en el gobierno, Néstor Kirchner pretende relevarlo en el poder. Por eso la transición, que se consumó ayer con una reunión entre ambos, fue sombría, mortificante, casi agresiva. Se notó en la comida que les ofreció el Presidente a los legisladores peronistas el miércoles en Olivos. A la hora de los brindis, agradeció al Congreso, al PJ, tuvo palabras de elogio hacia todos y, después, dio paso a los discursos. Recién cuando se completaron éstos agregó, haciendo notar que se había olvidado: «Ah... vamos a brindar también por Kirchner, para que le vaya bien».

Los intentos presidenciales por engendrar sucesores subordinados tuvieron siempre un final amargo en la Argentina. No le salió a Julio A. Roca, que convirtió a Juárez Celman en su heredero en 1886 pero debió conspirar contra él en 1890, para ubicar en el poder a Carlos Pellegrini, gracias a una revolución en la que el naciente radicalismo le prestó un servicio inesperado. Tampoco Hipólito Yrigoyen pudo prolongarse en Marcelo T. de Alvear: convivieron con alguna tolerancia pero en la gestión del ahijado ya estaba el embrión del golpe de 1930 que derrocaría a don Hipólito de su segunda presidencia. Los únicos dos presidentes que tuvieron poder durante el resto del siglo XX como para dejar a un delegado en la Casa Rosada, Juan Domingo Perón y Carlos Menem, se negaron a intentarlo y, reforma constitucional mediante, buscaron la reelección. Duhalde sufrió esa operación en carne propia y eso abrió una guerra con Menem que tuvo una batalla, para él definitiva, en las últimas elecciones.

Que Kirchner no se iba a prestar a ser el dócil administrador de un gobierno sostenido en un poder ajeno se notó temprano. Por ejemplo: la que se publica en los diarios de hoy es la primera foto que el mandatario electo concedió sacarse con su benefactor desde que se realizaron los comicios. Es cierto que hubo una comida de festejo entre los matrimonios presidenciales pero, si se la mide por su publicidad, fue casi clandestina. Y no es porque el nuevo presidente odie la difusión de su imagen: desde que Menem renunció al ballottage se conoció completo el álbum de los Kirchner, desde la infancia hasta el último retrato junto al glaciar.

La formación del Gabinete fue otra se-ñal, más inquietante, de que el nuevo presidente no cree poseer el poder por la gracia del conurbano ni por la magnanimidad de su antecesor. Duhalde tuvo que consul-tar a Alberto Fernández cada vez que quiso tener novedades sobre la formación del nuevo Gabinete. Y ni siquiera para las designaciones de Aníbal Fernández o José Pampuro hubo consultas: todo se decidió en Río Gallegos y Duhalde se enteró cuando los beneficiarios le comunicaron la noticia. ¿Qué sentimientos motivaron en el mandatario que se marcha esta incorporación de los suyos en el nuevo esquema? ¿Son su prolongación más allá del 25 de mayo o se trata de dos duhaldistas que decidieron, pacífica y respetuosamente, hacer su experiencia más allá de su sombra?

Si se mira la operación con detalle, la cooptación de Fernández expresa la vocación de Kirchner por controlar personal-mente a los piqueteros «razonables», acaso temiendo que los siga controlando Duhalde. Y la designación en Acción Social de Alicia, su her-mana, significa también el alejamiento total de Chiche de esa tarea del Estado. Como si la voz de la primera dama diciendo que «me gustaría ayudar a Néstor y a Daniel» en las tareas asistenciales no hubiera llegado hasta el ventisquero.

En Olivos (mejor dicho, Lomas de Zamora) están dispuestos a justificar la autonomía que exhibe Kirchner, aunque su ejercicio resulte en un involuntario menoscabo para los Duhalde. Pero hubo algunos guiños que traspusieron el límite. Cuando el presidente saliente leyó que Alberto Ballestrini proponía a Kirchner para la presidencia del PJ tardó 30 segundos en sugerirle a Antonio Arcuri que postule a Julio Ledesma, dirigente kirchnerista de La Matanza pero enfrentado al intendente, para comandar el partido en ese distrito.

Las gestiones de unificación de la CGT, impulsadas por el duhaldismo sindical, igual que la promoción de José María Díaz Bancalari a la jefatura del bloque de diputados peronistas, sumada a la reticencia de los senadores duhaldistas a reconocer a Daniel Scioli como jefe natural del Senado, fueron los primeros indicios de que Duhalde está dispuesto a engendrar un nuevo presidente, no un nuevo líder político. En esta frontera se instala el duelo, que se inició temprano y que Antonio Cafiero describió de esta manera en la comida de Olivos de anteanoche: «Son los que echó Perón en el '74, que tumbaron a Menem y ahora van por Duhalde y por nosotros». Cafiero tiene 80 años. Al parecer hay gente más desconfiada y celosa del poder que el propio Kirchner.

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