Eduardo Duhalde escuchó las opiniones de varios de sus funcionarios pero no siguió la de ninguno de ellos antes de resolver que la Argentina se abstendrá cuando hoy se vote sobre la situación de los derechos humanos en Cuba en la comisión respectiva de las Naciones Unidas. El Presidente dijo que el país cambiaría el voto de años anteriores, inclusive el que su propio gobierno emitió en contra de la dictadura cubana en 2002, cuando los 3 fusilados por Fidel Castro este mes todavía estaban vivos, cuando también estaban libres los 75 disidentes detenidos por su régimen y cuando un comunista acérrimo como José Saramago aún no había confesado «hasta aquí llegué» en relación con el mandamás de la isla.
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Conviene repasar las razones que Duhalde ofreció públicamente, antes de examinar las más reservadas, que escucharon solamente algunos de sus colaboradores. Entre las primeras, adujo que se volvía a un voto histórico, es decir, anterior a la época en que él era el vicepresidente de la Nación, tiempos en que gobernaba su tutor político, Raúl Alfonsín. El Presidente confesó también que pretendía votar junto a Brasil, sobre todo después de haber hablado con Lula Da Silva, con lo que confirmó la primicia que ofreció este diario el lunes pasado. No pudo avanzar más y pretender un homenaje al Mercosur: el voto condenatorio de las transgresiones del castrismo a los derechos humanos lo redactó Uruguay, que pertenece al bloque.
Hasta aquí, argumentos más o menos consistentes de un presidente designado, que decidió romper con su propio pasado a un mes de salir del gobierno. Pero hubo una innovación más importante en las explicaciones que ofreció ayer Duhalde: sostuvo que no se podía tomar demasiado en cuenta la postura de los Estados Unidos en las Naciones Unidas, porque ese país menospreció al organismo decidiendo por su cuenta el ataque a Irak. Los países que castigan o se abstienen en el caso cubano se cuidan siempre de aclarar que no lo hacen para adjetivar su relación con Washington. Por eso llamó la atención ayer que Duhalde contaminara un tema con otro, lo que al gobierno norteamericano le abrió la posibilidad de manifestar su «decepción» con la actitud de la administración argentina.
«Decepción» es la palabra que usó el Departamento de Estado cuando se manifestó sobre la propuesta chilena en el Consejo de Seguridad para que se postergara la intervención militar sobre Irak. El caso le está costando al gobierno de Ricardo Lagos, además de una crisis interna, una prórroga «sine die» en la suscripción del convenio bilateral de liberalización comercial, similar al que Singapur suscribirá en los próximos días. De todos modos, la referencia presidencial a Brasil y los Estados Unidos no fue la mejor manera de justificar su conducta, como tampoco lo había sido el jueves pasado decir que pensaba votar contra Castro por indicación del premier español José María Aznar.
•Motivaciones
En la intimidad de su despacho, Duhalde dejó entrever ayer otras motivaciones para su decisión. Una, conocida bien por su entorno, es su invariable temperamento antinorteamericano. Pero más que eso influyó el descubrimiento de que ese sentimiento individual recorría ahora a la sociedad argentina: «Quedó impresionado cuando en una encuesta vio que 75% de los entrevistados estaba en contra de los Estados Unidos por la guerra de Irak», explicó un funcionario. Es sabido que el Presidente no leyó a Giovanni Sartori, para quien las encuestas son el peor asesor en casi todas las materias que un estadista tiene a consideración. Pero, aparte de este criterio, habría que preguntarse si el sondeo no está desactualizado, es decir, si esa animadversión se mantiene una vez que cayó el régimen de Saddam Hussein.
Duhalde estuvo con idas y vueltas hasta determinar que los fusilamientos castristas no levantaban una ola de indignación en la clase media local. Entonces se resolvió finalmente por la abstención, lo que dejó muy mal parado a Carlos Ruckauf, el canciller, cuya disidencia se vio casi obligado a justificar el propio Presidente. Si no fuera porque todavía depende de su jefe para evolucionar hacia una diputación, Ruckauf habría renunciado envuelto en barras y estrellas. Hubo algún otro funcionario, más cercano a Duhalde, que estuvo a punto de hacerlo. No es Eduardo Amadeo, quien deberá hacer vida doméstica en Washington hasta que termine su gestión.
•Objetivo
Consejos de extranjeros, encuestas sobre la imagen de los Estados Unidos, sentimientos ante el exterminio de disidentes, las razones enumeradas hasta aquí fueron secundarias en la decisión oficial de ayer. Lo que desencadenó la medida fue la postura de Néstor Kirchner y su estrategia de campaña. Duhalde esperó a que el candidato se pronunciara públicamente, el domingo, en favor de la abstención antes de jugar él mismo su carta. Entre ese día y ayer intentó medir el efecto de esa postura pro castrista.
Todo está dirigido a conseguir un objetivo que hasta ahora a Kirchner y su padrino les resulta esquivo: convertirse en simpáticos ante la clase media urbana, que reparte sus preferencias entre Elisa Carrió y Ricardo López Murphy. Al hacer castrismo (como los militares de los '70 los duhaldistas hablaban ayer de «cubismo»), el Presidente cree que sumará a los sectores izquierdistas que siguen a Carrió y que dejará mal parado a López Murphy, quien se pronunció temprano en contra de la abstención. El gobierno cree que capturará, además, el sentimiento de difuso antinorteamericanismo que cree percibir en la clase media impresionada por la guerra contra Irak.
Estas asociaciones entre sectores sociales, sentimientos políticos y alineamientos internacionales no siempre son automáticas. Si se quiere, hasta se podría recordar el argumento de Chacho Alvarez, acaso el único peronista que consiguió el cariño que Duhalde y Kirchner buscan en vano en los bares de Palermo Viejo. Enfrentado a Federico Storani y a Nicolás Gallo, defendió dentro del gabinete de Fernando de la Rúa la censura al régimen cubano, diciendo que «en materia de derechos humanos la abstención es deleznable».
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