El hecho podrá ser tomado como un acto protocolar más. Pero dentro de 15 días, cuando la Cámara de Diputados renueve sus autoridades, se cerrará un capítulo importante de las disputas en ese cuerpo por el control del poder. En la sesión prevista para el 1 de diciembre, Eduardo Camaño será reelegido como presidente de la Cámara, y quedará renovado el acuerdo de paz entre el kirchnerismo y el duhaldismo. Será confirmado, también, José María Díaz Bancalari en la jefatura del bloque peronista, convalidando el esquema de supremacía de la provincia de Buenos Aires en los puestos clave, algo inusual en el Congreso hasta el advenimiento de Duhalde al gobierno en 2002.
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El duhaldismo así consiguió mantener su plaza fuerte en Diputados y argumentos no le faltan para reclamar esos puestos. Es cierto que algún visitante asiduo de la Casa Rosada soñó hasta hace pocas semanas con ponerse el traje de Camaño en la presidencia del cuerpo. Pero esa idea fue dejada de lado por imposible. Las explicaciones pueden encontrarse tanto en la interna del propio bloque kirchnerista como en la efectividad del peronismo en aprobar temas políticamente costosos, como lo está haciendo ahora con los «superpoderes» al Ejecutivo en sus versiones del Presupuesto 2005 y la prórroga a la Ley de Emergencia Pública. Durante todo el año, hubo intentos para instalar la idea de la necesidad de un recambio en la presidencia de Diputados.
Pareció en algún momento, incluso, que sólo Díaz Bancalari tenía garantizada su continuidad y que Camaño debería resignarse a bajar a ocupar una banca ordinaria.
Pero el propio ritmo de las necesidades del gobierno hizo cambiar ese rumbo. Los aspirantes a ocupar cualquiera de los dos cargos -el oficialismo santacruceño soñó incluso con pasar a Díaz Bancalari al puesto de Camaño y disponer así del control del bloque PJdebieron rendirse ante la realidad de los hechos: los éxitos en el recinto no se debieron a la fuerza que pudieran hacer los hombres del Presidente, mucho menos al frustrado experimento de los transversales -que fracasó ruidosamente en su intento de consagrarse como un polo de poder-y tampoco a la «muñeca» de Díaz Bancalari como jefe de bloque. Y aunque los amigos del Presidente en el Congreso sigan sumando voluntades a la epopeya de la transversalidad -ayer sumó ese grupo liderado por Miguel Bonasso a peronistas como el jujeño Rubén Daza, el correntino Hugo Perié, el misionero Juan Irrazábal y la neuquina Susana Llambí, todos cohabitantes en sus provincias con el PJ oficial-, nada indica que ese movimiento llegue algún día a tener peso propio en el recinto.
• Convencimiento
Fue sin duda, entonces, la eficacia del duhaldismo en negociar con los jefes de las bancadas opositoras -algo que Camaño maneja incluso desde mucho antes de ocupar la presidencia de Diputados-la única arma viable para sancionar esas leyes clave. Néstor Kirchner terminó convenciéndose así de que la protesta de los diputados bonaerenses, independientes e incluso los radicales, no era una « chicana política»: los transversales no sólo no ayudaron en los momentos críticos a sancionar leyes complejas, sino que en muchas ocasiones ni siquiera estuvieron en el recinto.
La fuerza propia efectiva del Presidente se limitó entonces a un núcleo más cerrado, y, de hecho, los propios oficialistas así lo reconocen: «El bloque kirchnerista se mostró cuando hacía falta mostrarlo, ahora la situación es otra. El Presidente está consiguiendo las leyes que necesitaba y no hay motivo para un cambio», sentenciaban esta semana los diputados kirchneristas.
Dentro de esa pelea, la interna Camaño-Díaz Bancalari tuvo un capítulo especial. Con la amenaza continua de estar ocupando el mismo espacio en disputa, el presidente de Diputados terminó demostrando que a la hora de definir podía imponerse sobre el jefe del bloque. La estocada final la dio la semana pasada durante la votación del proyecto de Presupuesto 2005. Todos coinciden en el Congreso en que la discusión de ese proyecto fue la más deslucida para el oficialismo de las que se puedan recordar. Pero esa situación llegó al punto cúlmine cuando Díaz Bancalari cerraba el debate como jefe de la bancada oficialista. No llegaba a los dos minutos de discurso -tiene asignados más de cinco para hacerlo-, cuando Camaño lo interrumpió: «Diputado, su tiempo se terminó», le dijo. Díaz Bancalari no llegó a reaccionar y ya le había cerrado el micrófono. El presidente de la Cámara había detectado antes que nadie que el PJ, en ese preciso momento, llegaba a reunir el número necesario para ganar la votación y no dudó en sacar del medio a Díaz Bancalari para demostrar su eficiencia al servicio de la Casa de Gobierno.
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