Sigiloso y casi enigmático, Eduardo Duhalde evaluaba anoche, mientras cenaba en el Plaza Hotel con diplomáticos y enviados de la UE, la conveniencia de realizar hoy por la tarde, en la quinta de San Vicente que perteneció a Juan Domingo Perón, la ceremonia por la cual se le daría allí sepultura, tal vez definitiva, al fundador del peronismo y a su esposa, Eva Duarte. La indecisión de Duhalde no tenía que ver con este rito funerario, específicamente. Lo hizo dudar hasta última hora la conducta a seguir frente a Néstor Kirchner y su entorno: ¿Celebrar esa liturgia sin convocar al Presidente no sería visto como un paso más hacia la ruptura de relaciones?
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El que más alentaba anoche la realización del acto era Antonio Cafiero, que sería uno de los oradores, integrante de una lista que cerraría Duhalde. Curioso espíritu el de la convocatoria, expresado en la tarjeta que se cursó a los invitados del PJ bonaerense: recordar a Perón y a su «magistral discurso» del 1 de mayo de 1974. ¿Qué discurso fue ése? Nada menos que el que sirvió para echar de la Plaza de Mayo a los montoneros.
Estos cabos sueltos, desde el punto de vista político, son los que tenían anoche paralizado a Duhalde. Si bien en la intimidad se expresa de manera cada vez más peyorativa respecto de Kirchner: «¿Quiere quedarse con el partido? ¿Qué es eso?», le dijo ayer a un colaborador, refiriéndose al Presidente.
Sin embargo, para la escena pública todo es pacifismo en Lomas de Zamora. Tanto que al propio Cafiero lo mandó a callar cuando el senador concurrió a pedir permiso para tomar distancia de las conductas oficiales. Es cierto, «Tony» entiende poco de obediencia, sobre todo a la hora de disentir. Por algo le llevaron a Kirchner los discursos pronunciados hace pocas horas en Santa Fe, que dejaron incómodo al propio Jorge Obeid.
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