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Lorenzo Borocotó, Luis Patti, Roberto Lavagna, Alberto Fernández, Luis D'Elía y Rafael Bielsa
EL CONTROL DE LA INFLACION
Tal como De Vido le confesó a la cúpula de la CGT hace dos semanas, la dinámica inflacionaria se ha convertido en la principal preocupación del gobierno. Tanto, que el ministro, insensato, reclamó a Hugo Moyano: «Tráiganme una solución por lo menos por un mes». Es curioso desde esta perspectiva que Kirchner haya resuelto abrazarse a ese problema, cayendo en la trampa que le tendió Roberto Lavagna al enfurecerlo con una denuncia velada de corrupción.
EL MANEJO DEL CONGRESO
Gran parte de la estrategia que llevó adelante la Casa Rosada desde comienzos de año estuvo destinada, según las declaraciones de los propios gerentes del oficialismo, a conquistar el Poder Legislativo para el Presidente. A ese objetivo se habrían dirigido las negociaciones con los gobernadores. También los conflictos. ¿O no fue para controlar más bancas en Diputados que Kirchner embistió contra Duhalde? ¿No fue también pensando en eso que en varios distritos se habilitaron listas del Frente para la Victoria que debían competir con las del PJ del gobernador del lugar? Hasta el lanzamiento electoral de varios ministros obedecía, en las explicaciones previas, a que el Presidente quería garantizarse el trámite de sus proyectos en el Congreso.
Sin embargo, el estado actual de la Cámara baja es de un descontrol que ya mortifica a Alberto Balestrini, el nuevo presidente del cuerpo. Las razones de la indisciplina son varias. Por un lado, que la infinidad de listas oficialistas, competitivas entre sí como en una especie de ley de lemas, garantiza ahora la fragmentación de los bloques. El mosaico es tan variado que lo único que luce como homogéneo es el minoritario bloque duhaldista, cohesionado por la sencilla razón de que nadie provoca allí tentaciones que provoquen la discordia.
Esta dispersión se agudiza por un motivo adicional: Kirchner ha decidido modificar las jerarquías de su propio grupo, sobre todo al instalar en la conducción del bloque al ex concejal rosarino Agustín Rossi. Por un lado, este encumbramiento resintió a los cuatro diputados que ejercieron la conducción hasta ahora. Dos de ellos, Osvaldo Nemirovsci y Jorge Argüello, se lanzaron además a una pelea encarnizada. Por otro, el Presidente decidió marginar allí a dirigentes con gran peso en su propio campo, que ahora quedaron convertidos en « viudas». Es el caso de Carlos «Cuto» Moreno, Carlos Kunkel o Dante Dovena. Este último ya comenzó a exhibir conductas típicas de «viuda»: cuando Rossi dijo, en la primera reunión de la bancada, que «el Presidente me pidió» tal cosa, Dovena retrucó: «Yo hablo con el Presidente y no me pidió lo mismo». Hizo recordar a César Arias, el fallecido Roby Fernández o Erman González, grandes «viudas» de los malditos '90. En definitiva, las tácticas de Kirchner parecen alcanzar aquí el objetivo opuesto al que se había propuesto cuando comenzó la saga electoral de este año.
LA SEDUCCION DE LA CLASE MEDIA
En este campo se han dado las máximas demostraciones de autoflagelación del Presidente en estos días.
Llama la atención que un gobierno tan complaciente con las audiencias realice una y otra vez gestos de desprecio manifiesto a la voluntad popular. En 48 horas el caso de Rafael Bielsa se ha convertido en un lugar común, que ubica al canciller en la fila de «Borocotó», de Luis D'Elía, el piquetero al que escondieron durante la campaña electoral para poder darle ahora un cargo público y, por la negativa, de Luis Patti, a quien no se impugnó en la Justicia electoral cuando se postuló pero se lo pretende expulsar ahora de la Cámara a la que el electorado lo llevó como diputado.
Tal vez haya que detenerse más en Patti que en los demás ejemplos. En ese proceso el gobierno comete un error político más evidente: pretende anular el pronunciamiento popular por el veredicto de la «corporación política» ( Cristina Kirchner), tan denostada por el discurso oficial. El Presidente echa a perder dos años y medio del marketing destinado a aplacar al rottweiler enfurecido de la clase media urbana, la de la abstención, el «cacerolazo» y el «que se vayan todos», con tres piruetas innecesarias. En el actual ciclo de desprestigio que atraviesa la política en la Argentina es jugar con fuego. Hay maneras más inteligentes para desmentir que uno es demagogo.
Esa cadena de desaciertos de la que Borocotó y Bielsa son dos eslabones, comporta un masoquismo adicional: maltrata la imagen del gobierno en especial en el distrito al que Kirchner más pretende halagar, la Ciudad de Buenos Aires. A Alberto Fernández, el jefe del oficialismo porteño, ya debería resultarle sospechoso que le encarguen sistemáticamente formar parte de la escena del crimen (es decir, de las conferencias de prensa en las que se anuncian los disparates).
Paradojas de la política, sobre todo cuando ésta es hija de la falta de reflexión y el solipsismo. Si en la lucha contra la inflación Kirchner trabaja involuntariamente en favor de Lavagna, en el desarrollo de su política metropolitana alimenta, sin que sea su propósito, los deseos de Daniel Scioli, el principal adversario político de Fernández en la Capital. Es raro: las cabezas de estos dos dirigentes eran las que estaban destinadas a rodar por haber acompañado clandestinamente a Duhalde en lo peor de la contienda. Ahora Lavagna y Scioli agigantan sus fantasías de progreso gracias a Kirchner, su jefe de campaña.



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