Todo hacía pensar en que a Eduardo Duhalde le podría haber resultado inconveniente semejante dramatismo. Pero ayer tanto en la Casa Rosada como en la Cancillería nadie lamentó las declaraciones de Fernando Henrique Cardoso, quien ante un círculo de empresarios suecos, en Estocolmo, afirmó: «Temo que haya en la Argentina una involución del sistema democrático y que peligre la estabilidad institucional».
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La palabra de Cardoso resultaba más que calificada para los hombres de negocios que lo escuchaban en Suecia: él venía de pasar un día completo con Duhalde, en Olivos, donde pernoctó el domingo de la semana pasada. Las declaraciones del presidente brasileño trascendieron por el comentario de uno de los empresarios presentes, quien informó sobre ese diagnóstico al diario brasileño «Valor» (la noticia llegó desde Varsovia, donde se encuentra ahora Cardoso, quien aprecia especialmente la capital de Polonia, donde otrora cultivó amistades como la del cineasta Andrej Wajda).
Según esos trascendidos, quien introdujo interrogantes sobre la crisis argentina fue el titular del consejo de comercio sueco, Ulf Dinkespiel. El empresario le aclaró a Cardoso que no consideraba posible un contagio en la región, pero que en su país requerían una evaluación más profunda de lo que sucede en la Argentina. Cardoso se expresó como suele hacerlo cuando no hay micrófonos delante, es decir, con sinceridad de sociólogo más que de presidente. Por eso dijo que «hay preocupación con una involución del proceso democrático en la Argentina». Aclaró que «Duhalde tiene una intuición bastante aguda» sobre la crisis y dio detalles propios de alguien que sigue la peripecia desde cerca y con interés. Dijo Cardoso, según esa versión: «La salida va a exigir muchos sacrificios, de las elites y de la población, una verdadera reestructuración del pacto nacional. Esa reestructuración debe ir más allá de las relaciones entre las provincias y el gobierno central. Pero hay un agravante para la crisis: los políticos que conducen el proceso argentino son casi exclusivamente de la provincia de Buenos Aires, como Duhalde o el canciller Ruckauf».
Algunos funcionarios de Itamaraty aclararon ayer que «el presidente Cardoso sólo hizo comentarios en una reunión reservada, no declaraciones públicas», como si hubieran provocado alguna molestia. Al contrario, estos pronunciamientos del presidente de Brasil fueron aplaudidos ayer en Buenos Aires. Es que no hacen más que seguir la lógica de autopresentación del oficialismo, que sigue esta fórmula: si no se le ofrece ayuda a la Argentina, el sistema democrático podría caer en el país. Duhalde mismo abreva en esta doctrina cuando presagia «un baño de sangre», y Raúl Alfonsín, otro vocero del bloque de poder actual, ya dijo que «si cae este gobierno, cae la democracia». Curiosidades de la época o de la crisis: en otro momento, un juicio como el de Cardoso hubiera sido repudiado por ser una intromisión foránea en cuestiones nacionales. Sin embargo, ayer el presidente-sociólogo brasileño fue tomado como el mejor intérprete del pensamiento oficial. Por algo durmió en Olivos.
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