Alberto Flamarique, el año pasado cuando enfrentó a los senadores por el tema de los sobornos
El escándalo por los supuestos sobornos desató un vendaval político que arrastró a las principales figuras del Senado desde diciembre de 1999 a mediados de 2000. El coletazo -sumado a otras desventuras posteriores-se llevó a Carlos Chacho Alvarez y dos funcionarios del gobierno, Alberto Flamarique (ministro de Trabajo) y Fernando de Santibañes (SIDE). También el juez Carlos Liporaci se fue a su casa y ninguno de los senadores implicados corre hoy por su reelección.
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Además de poner en serio riesgo la carrera política del radical José Genoud, presidente provisional de la Cámara alta, y de otros legisladores -el peronista Augusto Alasino y seis senadores más-a los que la Cámara Federal acaba de dictarles la falta de mérito el viernes (los afectados ya piensan en pedir la absolución, después de la feria de invierno). Paradójicamente, los fogoneros del affaire no salieron beneficiados. Tampoco los acusados que deben dar muchas explicaciones antes de hablar de candidaturas, aunque sea para el año 2003. Antonio Cafiero -hoy, apenas senador suplente del candidato Eduardo Duhalde-disparó la primera piedra y planteó una cuestión de privilegio a raíz de una publicación periodística, de la cual -dicen las malas lenguasel mismo ex gobernador de Buenos Aires fue fuente. La información deslizaba la posibilidad de que, a cambio de la reforma laboral, se hubiera pagado a los senadores. Un simple rumor. En esta « cruzada» en el recinto lo acompañó su comprovinciano del PJ, Jorge Villaverde, del duhaldismo. En uno de sus primeros exabruptos, el camionero Hugo Moyano se subió a la novela y reveló que Flamarique se habría jactado de que a los senadores «los arreglaba con la Banelco».
Las denuncias políticas no tuvieron mayor eco, hasta que comenzó a circular un anónimo que daba cuenta de la presunta «trama secreta de las coimas». Allí figuraban los legisladores que, más tarde, desfilaron en calidad de sospechados por los tribunales de Comodoro Py: los peronistas Alasino, Remo Costanzo,Ricardo Branda, Angel Pardo y Alberto Tell, más Emilio Cantarero -a quien el diario «La Nación» señaló como virtual «arrepentido» y le adjudicó una desprolija confesión off the record-, Eduardo Bauzá y Ramón Ortega. El radical Genoud también quedó involucrado en ese libelo, lo mismo que su correligionario santiagueño Javier Meneghini. Al dúo se acoplaron el titular del bloque UCR de la época, el riojano Raúl Galván, y el número 2 de la Comisión de Trabajo, el radical Alcides López.
El anónimo -en una medida insólita en materia jurídica-se convirtió en «carga probatoria», según afirmó el primer juez que pesquisó el caso, el ya renunciado Carlos Liporaci. Alvarez contribuyó a darle entidad al «paper»: unas semanas antes de que Liporaci empezara a actuar, lo leyó en una reunión de Labor Parlamentaria, tomándolo en broma puertas adentro, pero proyectándola hacia afuera como una versión de los hechos reproducida por el vicepresidente de la Nación. Alvarez se colgó del anónimo y animó a Cafiero a seguir con sus denuncias. Hubo una reunión del veterano senador con sus colegas Pedro Del Piero (Frepaso), Horacio Usandizaga (UCR) y la neuquina Silvia Sapag (MPN). Durante esa cita (ya la crisis estaba en plenitud), Cafiero -según sus interlocutores-les dijo que sabía de cinco legisladores que habían cobrado. El radical se lo plantó en el recinto y el bonaerense hizo malabarismos verbales para eludir la cuestión. En Tribunales, habló de tres y los mencionó con letras A, B y C, en referencia a Eduardo Bauzá, Pardo y Palito. Pero no aludió a ellos como «coimeros» sino que le habían comentado de los sobornos.
El careo que debía hacerse entre los involucrados -Cafiero y el trío de pares-nunca se realizó en sede judicial. Sólo se hizo un ensayo en el Senado, delante de cientos de testigos. A casi un año de aquello, Del Piero se sacó una foto con Cafiero para que no se cierre la causa, aunque no hubo reproches mutuos. Es evidente que si Cafiero sabía más, debió decirlo para no convertirse en encubridor de lo que él sugería ilícito.
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