5 de agosto 2002 - 00:00

El esquema argentino favorece estas anomalías

Tengamos en cuenta que hay diputados y senadores mayoritariamente comprometidos con sus propias apetencias personales que se fundamentan casi exclusivamente en la continuidad de su permanencia política en cargos. De cualquier manera que sea. No olvidemos que tenemos una prensa o demasiado simplista para entender lo que sucede o venal en sus opiniones. Ideologizada en muchos casos o demasiado comprometida con sus finanzas empresarias como para defender prioritariamente la libertad del ciudadano y la democracia con denuncias profundas que vayan más allá de las llamadas «investigaciones» sobre una coima, una cuenta bancaria, el soborno de un inspector municipal o las fáciles y consabidas notas sobre el lado oscuro -como si hubiera otro-, de la prostitución, por ejemplo.

Observemos también, que las figuras auténticamente democráticas callan o no encaran con suficiente fuerza las maniobras antidemocráticas que son tan visibles en este momento. Al observar lo que vendría, el santafesino Carlos Reutemann, por ejemplo, se apartó limitándose a decir que «he visto algo que no me gusta en el Partido Justicialista». Debió ver lo que estos antidemocráticos decretos de convocatoria institucionalizarán. Raúl Alfonsín -que más allá de sus enormes errores de administración pública y sus entorpecimientos constantes es innegable como demócrata- sólo propicia algo casi imposible con estas fuerzas malignas en marcha: que el Congreso con los dos tercios se imponga al veto de Eduardo Duhalde al artículo de la Ley de Reforma Electoral para prohibir que los afiliados de un partido voten en otro. No lo hace ahora, por preservar la limpieza electoral y el sólido sustento del próximo primer mandatario del país sino para que su partido, en un mal momento de imagen, no aparezca disminuido en afiliados votantes porque se le fueron a la interna de otro. Pero su actitud, aunque partidaria, alertó al menos sobre lo que puede sobrevenir en el país y que hay un vallado, aunque lejano, al designo antidemocrático del duhaldismo. Luis Zamora, por caso, también se opone al decreto, pero no por preocupaciones democráticas en relación a que en las internas pueda desvirtuarse al candidato más votado, sino porque quiere que «renuncien o se vayan todos» y así aprovechar para el marxismo (en su caso trotskismo) el malhumor colectivo por la crisis. Nada democrática la opinión de Zamora.

Las grandes acechanzas sobre la Argentina escapan, entonces -salvo muy contadas voces entre las que este diario pretende estar- a la información general con ocultamiento de fines que hoy recibe la sociedad argentina y así pueden prosperar estas manipulaciones.

Tengamos en cuenta que sólo la capacidad sobrante en rotativas de diarios en la Argentina es tal que permitiría sólo en una semana imprimir cientos de miles de padrones diferenciados a poco que se les facilitara el material -además de constitucionalmente poder exigírseles como «carga pública». Y los padrones diferenciados y el tiempo para realizarlos son la excusa del gobierno para poder manipular los candidatos en las internas de los partidos. No estarán sólo porque no hay voluntad de hacerlos.

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