23 de noviembre 2000 - 00:00

El gobierno creyó más que nadie en el paro

El gobierno está obligado a poner desde hoy toda la artillería política disponible -que no es mucha-para reforzar el argumento de que el paro de ayer y hoy obedece estricta y únicamente a la mezquindad de los dirigentes sindicales en defenderse de la desregulación de las obras sociales, con las que alimentan sus gastos más inconfesables. No tiene otro remedio porque anoche recibió a través de todos los enlaces que tiene con el mundo sindical un mensaje único: si no nos dan lo que queremos en diciembre vamos por el paro de 72 horas. Lo que quieren es interceptar antes del 1 de enero la libre competencia en las obras sociales.
Encerrado en esa pelea, De la Rúa insistió ayer en el argumento de la guerra con los sindicatos en un aparte de la cena que anoche tuvo con generales de las tres armas en la residencia de Olivos. «Hasta ahora no escuché ninguna propuesta en medio de este reclamo; nadie dijo cómo se solucionarían los problemas», se quejó el Presidente.

Había hecho lo mismo cuando estuvo a la tarde en el acto por el aniversario de la Bolsa de Cereales; también al responder a un largo reportaje de periodistas mexicanos (visitará ese país en diciembre para la asunción de Vicente Fox). Esta última actividad incluyó una discreta salida al balcón de la Casa de Gobierno para otear la concentración de activistas en la Plaza de Mayo pasado el mediodía y que dispersó una oportuna tormenta de agua.

Esas palabras de De la Rúa revelan que el gobierno conoce las razones del paro y cree tener la respuesta para el próximo, de 72 horas, mediante la reglamentación de la desregulación de las obras sociales. Lo que no tiene es una estrategia para impedir que con tan mezquina bandera los «gordos» de las tres ligas sindicales (CGT, CTA, MTA) logren paralizar un país donde la principal preocupación de quienes trabajan es conservar su empleo. Los activistas de ayer lo consiguieron al amparo de un tono de decepción en buena parte de la población, acosada por preocupaciones económicas tras 39 de meses de recesión que ya tienen parados a importantes sectores. Pero usaron un método de intimidación y violencia previas a la medida que asustó a la gente, que no se animó a salir a la calle. La presión sobre el transporte que hizo el sindicato de Juan Manuel Palacios -sector donde se llegaron a destruir el miércoles más cien unidades-consiguió las ausencias. Las promesas de violencia aportaron el otro ingrediente: que empresas y comercios licenciasen personal y bajasen las cortinas.

El gobierno ayudó mucho al éxito de esa paralización de la actividad con la provisoriedad política que muestra ante otros conflictos.
Hace 48 horas logró un acuerdo alentador con los gobernadores que congela el gasto público por 5 años. Hace 24 horas que el Congreso dio media sanción al plan de infra-estructura que dice generará obras por $ 20.500 millones en el mismo lapso. Pero como carece de la más mínima capacidad de festejo, los funcionarios dedicaron la semana a hablar de un paro cuyo éxito aseguraron por adelantado. Por ejemplo, suspendieron la convención nacional de la UCR que se iba a reunir hoy en Entre Ríos. También el sorteo de la Quiniela de hoy antes de que se conocieran los efectos de la huelga. El gobierno se adelantó así a consagrar el éxito de la medida, quizá porque muchos de sus aliados respaldaron la medida de los «gordos» sindicales desde el propio poder. Es el caso de un sector del Frepaso o radicales sueltos de la línea Moreau que están furiosos con lo que propone el Ministerio de Economía para salir de la crisis.

Si a eso se suma la tibieza en asegurar la tranquilidad en la calle con que actuó el ministerio de Federico Storani la verdad es que no podía haber mucho ánimo en la gente para enfrentar la jornada. Para peor, Storani y el resto de los encargados de la seguridad del país se dedicaron a curarse en salud advirtiendo que iba a haber violencia. Alarmaron a la población, que no quiso salir de su casa, e hicieron por el paro más que Moyano y los «gordos» (que festejaban ayer haber ahorrado en publicidad). Calles, rutas y puentes cortados, ausencia de uniformados de la Nación y de las provincias que permitió que los piquetes llegasen a incendiar gomas en pleno Barrio Norte y Palermo Chico de la Capital Federal, donde viven empresarios, políticos y funcionarios. No se piden ya alardes de fuerza de Storani pero que el gobierno no transmita sensación de seguridad ante una huelga es un error político imperdonable y se convierte en una trampa mortal. La próxima huelga será seguramente más dura y más violenta porque los activistas le han tomado el tiempo a un gobierno que anoche festejaba que los cortes en el puente Avellaneda (une Capital con Avellaneda), en Zárate-Brazo Largo (entre Buenos Aires y Entre Ríos) o en las avenidas General Paz, Lugones o Panamericana habían sido pacíficos. Los vecinos hubieran preferido poder circular.

Este error es del mismo rango que el cometido por el Presidente, que con toda naturalidad desayunó y almorzó el miércoles con sindicalistas; primero estuvo con Rubén Pereyra en un acto gremial; después en el almuerzo de COPAL con varios «gordos», entre ellos Armando Cavalieri y Rodolfo Daer. Sólo amagó con una broma cuando pudo convertirlos en el blanco de un discurso virulento y forzarlos a abandonar el salón --dicho esto sólo para imaginar una alternativa posible dentro de las que puede usar un político en dificultades-.

Error parecido al que comete cuando promete firmar un decretazo para reforma previsional, paga el costo político de la medida pero, como demora indefinidamente en firmarlo, tampoco tiene el decreto. O sea que paga dos veces y se queda con las manos vacías cuando, por caso, debería haber formulado el anuncio hace dos semanas en la conferencia de IDEA de Mar del Plata con ese decretazo ya firmado, antes de cualquier negociación.

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