29 de marzo 2005 - 00:00

El radicalismo populista sigue ocultando a Alvear

Marcelo T. de Alvear
Marcelo T. de Alvear
En los años '70, dentro de los caldeados ambientes estudiantiles, era un lugar común escuchar a los muchachitos hablar con preocupación acerca de la «alvearización de los movimientos populares».

Ciertos cenáculos políticos se manifestaban un tanto más crueles. Intentaban rozar y rociar a don Marcelo -en extrema liviandad- con cuanta denuncia y rumor deambuló por la turbulenta década de los años treinta. Desde fragoteador de cuarteles hasta embolsicador de los dineros espurios se lo acusaba.

A través de estas imágenes vislumbrábamos la figura esbelta, opulenta y simpática de aquel presidente «aristócrata» que se mantuvo más de medio siglo en los primeros planos de un movimiento raigalmente popular, alternando su vida en París por más de 25 años, logrando además peregrinar por los distantes pueblitos del territorio argentino, conociendo su gente, sus angustias, sus problemas. A los 22 años recorrió las aldeas y ciudades del interior profundo del país. Precoz abogado, acompañó al patriarcal Leandro N. Alem en carácter de secretario.

Ese aparato político milagroso -la UCR- que se mantiene en la cresta de la ola de la política argentina por más de un siglo, sustentado en una nebulosa ideológica y cierta mística extraña de definir, reconoce oficialmente como fundadores a Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen. Sus dirigentes y órganos partidarios se empeñan en silenciar tres aspectos relevantes de la historia radical:

1º - La vehemente y expresa adhesión de Leandro Alem a los principios del liberalismo económico posteriormente reemplazados por el populismo krausista de Yrigoyen.

2º - La genuina calidad de fundador del partido que le correspondió a Marcelo T. de Alvear quien participó junto a Alem en esa gran marcha por el interior del país, la que le proporcionara los cuadros orgánicos que durante la centuria constituyeron un innegable capital político extendido por todo ese complejo territorio del país y

3º - La paradójica adhesión al misterio y atracción que provocó
Yrigoyen a quien no se le conoce un pensamiento relevante, ni expresado con claridad. Por otra parte siempre le costó al popular caudillomovilizarse visitando los pueblos del interior.

El líder
Yrigoyen es considerado un santón laico, apóstol impoluto de la democracia al mismo tiempo que participó como conductor de tres intentos cruentos de golpes de Estado (1890-1893 y 1905) y durante sus gobiernos batió el récord de intervenciones federales -bastante abusivas- contra las provincias autónomas.

Los intentos de golpes de Estado los justificaba el yrigoyenismo bajo la demonización del
«régimen falaz y descreído» con lo cual involucraban los cincuenta mejores años de la Argentina y presidencias cargadas de prestigio como las que protagonizaron Sarmiento,Avellaneda, Roca, Pellegrini, Figueroa Alcorta, Sáenz Peña y Victorino de la Plaza. Vituperaron con ensañamiento al presidente Juárez Celman -víctima de un levantamiento cívico militar porteñista- con la única acusación concreta de estigmatizarlo como «el burrito cordobés».

Jamás se conoció un fundamento serio para justificar ese conato de tropas y patotas contra un gobierno constitucional. Todavía faltaba mucho para que estos hombres maduraran lo suficiente para entender que los golpes de Estado fueron el peor atentado contra las democracias.
Con el tiempo los mismos radicales pasarían a ser los recurrentes damnificados por el sistema golpista que ellos mismos intentaron poner en práctica en varias oportunidades. A la famosa Revolución del '90 se la pretendió dignificar por resultar -de ese acto no del todo lícito- el nacimiento de la Unión Cívica Radical. Aun a sabiendas de estos antecedentes, no cometeremos el error de denostar por ello a Hipólito Yrigoyen porque realmente se le debe el reconocimiento de una vida relevante y protagonista de grandes acontecimientos que prestigiaron el país. Pero es necesario que sus partidarios interpreten en plenitud sus limitaciones y errores.

Es preferible ofrecer a la historia un
Yrigoyen limpio de misterios y ocultismos. No ha sido un presidente del cual habría que avergonzarse. En cambio los radicales sí fueron injustos con Alvear al pretender opacar su figura. Fue el sucesor de Yrigoyen por mérito propio en el orden partidario, no por el dedo pródigo del caudillo de la provincia de Buenos Aires.

Alvear poseía una fortuna compuesta de varias decenas de miles de hectáreas de campos fértiles y murió pobre en 1942. A su célebre esposa, Regina Pacini, que falleció en 1965, debió auxiliarla el presidente Frondizi en 1960 con una pensión vitalicia.

Alvear
demostró saber gobernar. Respetólas instituciones, se preservaron las libertades públicas, hubo una certera prolijidad en los gastos del Estado, reinó una tranquilidad absoluta en la población. En ese clima llegaron inversiones en agroindustrias y servicios. Afluían los inmigrantes. Algunos piensan que este período de expansión y progreso se debió a la sola influencia de aquellos «años locos».

Durante su presidencia, pide
Alvear al ministro de Hacienda que sondee por el telégrafo al principal Banco de los Estados Unidos para conocer hasta qué límites llegaba la capacidad crediticia del país en esos momentos.

Al rato vuelve el ministro Herrera Vegas con un papelito, se lo muestra al presidente. El telegrama contestaba con una sola palabra: «Unlimited» (ilimitada). La capacidad crediticia del país era total. Dicen que Marcelo y su ministro permanecieron abrazados por minutos con lágrimas de por medio.

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