16 de febrero 2001 - 00:00

Escándalo con trompadas ayer entre la gente de Béliz

Un escándalo protagonizaron ayer en la Legislatura porteña diputados de Nueva Dirigencia, el partido de Béliz. Asombró que en esa bancada, que presume de cuidar las formas, dos legisladores, Enrique Rodríguez y Lucio Gandulfo terminaran a las trompadas. Uno acusó al otro de defender a la Alianza y no respetar el mandato de Béliz porque quería votar a favor del decreto de Aníbal Ibarra para beneficiar a los inundados del barrio de Belgrano. Un papelón del belicismo.

Impensable en gente adulta, sobre todo en aquellos de la «nueva política». Pero la violencia es humana, también a los porteños del bloque Encuentro, que reúne a cavallistas, belicistas y hasta peronistas disidentes. Pero nunca se los imaginaba a éstos insultándose, trompeándose. Con ex ministros en el medio. Desopilante si se quiere, lastimoso más bien, casi de republiqueta, porque el nudo que desató la furia son las sospechas de coimas. Justamente el bendito pan con que Encuentro ha cosechado votos en la Capital Federal. Veamos los acontecimientos.

La rutina -habituales reuniones de los bloques antes de sesionar en la Legislatura porteña, hoy más que nunca asimilada al añejo Concejo Deliberante-se alteró abruptamente: comenzaron a escucharse gritos que provenían de una de las salas del cuarto piso, sitio reservado para autoridades de bloque, donde Encuentro celebraba su ritual de los jueves previo a la sesión. Con rapidez se arrimaron curiosos, ansiosos de chismes y complicaciones ajenas, sobre todo el oficialismo (como si entre ellos nunca existieran desavenencias de nota). Nadie abrió la puerta, claro, apenas acercaban las orejas y, de ser posible, hasta hubieran observado por la mirilla. Pero la gresca interior subió de tono: a los gritos, se sumaron insultos y también cruce de golpes, además de exclamaciones de dolor.

De pronto, se vio salir al ex ministro de Trabajo Enrique Rodríguez acomodándose los lentes con mínima elegancia y revelando, como una mujer golpeada, rastros de arañazos y escoriaciones en el rostro. Eran la muestra de que el debate interno en ese bloque supera la imaginación de los pacifistas. ¿Quién hubiera pensado esas desviaciones físicas en las cercanías de Béliz o Cavallo?

Toda esta gente, como se sabe, no pasa por el mejor momento: hubo acusaciones concretas sobre sobornos en sus filas (recordar que Cavallo perdió a dos de sus jeques, Caro Figueroa y Fernández Valoni por estas desventuras). Béliz dejó trascender que su partido no estaba involucrado en esos episodios. Solidario, como siempre, aunque comprensible conociendo la solidaridad habitual del resto de sus socios. Con ese mar de fondo, la bancada comenzó a discutir el decreto mediante el cual Aníbal Ibarra ordenó el pago de subsidios, créditos y baja de impuestos a los porteños afectados por la inundación del 24 de enero.

El debate del bloque versó sobre la forma de negarse a dar el voto y proponer otro tipo de medidas. No hubo acuerdo y la tensión se empezó a espiralizar: se incomodaban aquellos que no entendían los términos técnicos por los que se peleaban, hasta ese momento, dos letrados del bloque de Béliz. Uno era Enrique Rodríguez y el otro, Lucio Ponsa Gandulfo, afín de Béliz desde la época en que ambos ocuparon cargos en el Ministerio del Interior. Uno estaba más cerca del gobierno (Rodríguez), tanto que alguno imagina que en cualquier momento se pasa y, el otro, es más opositor. Ponsa Gandulfo, de estatura media y traje oscuro, por último miró fijamente a Rodríguez, obviamente con varios años más, y elevando el tono, de lo jurídico pasó a términos callejeros con agravios habituales de colectiveros y taxistas.

Fue cuando Rodríguez se quejó a los gritos: «Vamos, si cuando Béliz era legislador nos decía que no teníamos que poner frenos porque sí al Ejecutivo, porque algún día nos va a tocar estar ahí. Dejémonos de joder con esta perpetua idea de maniatar al gobierno». De abogado rentado de gremios, Rodríguez se pasó a defensor de Ibarra sin transición ni paradas. Esto enloqueció a Ponsa, quien le replicó con educación porteña: «Calláte, viejo esclerótico».

«¿A quién le decís esclerótico?», preguntó Rodríguez con ingenuidad y, ante la tontería del interrogante, enrojecido se arremangó para enfrentar a su compañero de bloque. A los dos contendientes los separaban cuatro legisladores en la mesa oval: Marta Oyhanarte, Eduardo Borocotó, el veterano Santiago de Estrada y el cavallista Pablo Collier, quien intentó detener a Ponsa Gandulfo. Mala jugada: hizo que la Oyhanarte se desplomara al piso, y no por un soponcio. La quiso asistir, comprensible y profesionalmente, el médico Borocotó; pero su intento también fue de versión cinematográfica: no la pudo sostener y quedó encima de la legisladora, cara a cara, como Jennifer López y George Clooney en un film de acción.

Ella, en el desorden, se esforzaba por estirar su falda -ya corta, como se sabe-, que había trepado a zonas de intimidad femenina y, en ocasiones, de investigación masculina. Tarde: estaba para la foto, mientras Borocotó -ya abuelo a pesar de su tenacidad juvenil-, más que imaginar desenlaces de ficción, comenzó a reírse del momento. Pero no le duró la risa: Rodríguez ya le arrojaba un trompis a Ponsa y éste, tras asimilarlo, le devolvió la gentileza con más acierto: además de un moretón, al ex ministro le surgió un tajo sangrante. Borocotó no pudo asistirlo, más porque Rodríguez salió disparado hacia la puerta y no porque la especialidad del médico sean los niños y no los jubilados. Mientras partía Rodríguez, Ponsa le gritaba: «Hace dos años que te querés ir a la Alianza, andáte de una vez». Por lo menos, según su criterio belicista, se lleva algo.

Otro asistente al tumulto, el peronista-belicista y portero Víctor Santamaría, quien había sido designado para comandar la reunión, se propuso poner orden. Pero no pudo. El grupo se miraba consternado por el escándalo, entre ellos la duhaldista María Laura Leguizamón, el tímido Miguel Doy, el solemne hasta en la intimidad Jorge Srur y la doméstica «Pimpi» Colombo. Ni ellos podían creer a lo que habían llegado, tal vez por la insistente obediencia debida a la que fuerza Béliz a su gente y a la indocilidad -quizá sospechosa- de algunos rebeldes como Rodríguez. Aunque en el fondo, más que celos, intereses o ambiciones reveladas y ocultas, lo cierto es que el ambiente en Encuentro se ha trastornado por las coimas y el tufillo corrupto que lo ha señalado. Parte de esa «nueva política» que no parece mejor que la otra.

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