3 de enero 2001 - 00:00

Estudia De la Rúa desdoblar los comicios por provincias

Hoy Fernando de la Rúa recibirá la propuesta para que no se convoquen para el mismo día las elecciones en las que se renueva toda la Cámara de Senadores y la mitad de la de Diputados. La intención sería desarticularlas en varios turnos y simplemente presentarlas como una lista de competencias provinciales. En la Alianza saben que en el mejor escenario, con el país en franca reactivación, igual les será imposible alcanzar una mayoría en el Senado. En Diputados el panorama es más alentador. Por eso el énfasis en presentar los resultados con una imagen auspiciosa. La convocatoria a elecciones depende de un decreto del Poder Ejecutivo y Fernando de la Rúa tiene el arbitrio de abrir las urnas en un solo turno o en varios. El recurso no es nuevo: ya fue utilizado por Carlos Menem en el '91. Los hombres de la UCR y el Frepaso ignoran todavía cuáles podrían ser las posibles combinaciones si es que efectivamente se realizan en cuotas las elecciones legislativas.

Fernando de la Rúa recibirá hoy la propuesta y deberá estudiarla: las elecciones de este año para senadores y diputados nacionales no serían convocadas para el mismo día sino desarticuladas en varios turnos. La intención, presentar la contienda como un rosario de competencias provinciales, en las que la Alianza puede ganar más bancas que las que actualmente controla aunque en la suma total no se imponga al peronismo.

La estrategia del oficialismo tiene más que ver con la imagen final que dejen los comicios que con su resultado. Desde bien temprano los estrategas electorales del gobierno tuvieron en claro que aún la mejor performance les impedirá conquistar la mayoría del Senado o mejorar el número de bancas. Esos límites son casi físicos. El gobierno considera, con bastante sensatez, que será difícil arrancarle al peronismo dos senadores de los tres que se ponen en juego en los distritos controlados por gobernadores de ese partido. En rigor, De la Rúa sólo se hace esa ilusión en un caso, Jujuy, por el efecto que supone tendrá la apertura del Paso de Jama (que en la provincia se atribuye a una gestión local) y por la actividad que desarrolle el subsecretario de Acción Social, Gerardo Morales. En cuanto a los diputados, la Alianza pone en juego esta vez más que el PJ: renovarán sus bancas los que ingresaron a la Cámara en 1997, cuando esa fuerza hizo su mejor elección derrotando inclusive al peronismo duhaldista en la provincia de Buenos Aires. Un resultado excelente, este año, tal vez haría imposible mejorar el número de escaños que actualmente controla.

Imagen auspiciosa

Estos son los peores aspectos que exhiben los próximos comicios para el oficialismo. En cambio, hay posibilidades que, si se logran presentar razonablemente a la opinión pública, pueden dejar una imagen más auspiciosa del consenso que rodea todavía a De la Rúa. La primera de ellas es mostrar una contienda exclusivamente provincial, en la que la Alianza puede mejorar posiciones relativas en algunos distritos. Ejemplos: con Sergio Montiel al frente de Entre Ríos, los radicales creen que pueden conquistar dos bancas de senadores, cuando actualmente sólo controlan una. El caso se repite en Mendoza, al mando de Roberto Iglesias. En San Juan, donde gobierna Alfredo Avelín, podría suceder también algo parecido en perjuicio del bloquismo (o aliados con él). Del mismo modo miran desde el gobierno a la intervenida Corrientes, donde De la Rúa tiene pensada desde hace tiempo una asociación con el Pacto Autonomista Liberal o con el PJ, que le permita hacerse de dos senadurías. En definitiva, radicales y frepasistas podrían exhibir, según estos cálculos, un avance en el Senado, siempre que ese avance no sea medido en términos de obtención o no de la mayoría.

Para esta estética que se busca alcanzar se ha comenzado a maquinar el desdoblamiento de los comicios. Como la convocatoria a elecciones de diputados y senadores nacionales depende de un decreto del Poder Ejecutivo, De la Rúa tiene el arbitrio de abrir las urnas en un solo turno o de hacerlo en varios. Si siguiera, como le propondrán, esta última táctica, podría combinar elecciones en las que seguramente perderá con otras en las que, casi con la misma certeza, puede conjeturar una victoria por tratarse de provincias ya gobernadas por la Alianza. El efecto de las derrotas quedaría matizado y se evitaría el cuadro más temido: que se comparen los números globales de una y otra fuerza y el gobierno aparezca derrotado en términos absolutos.

El recurso a la «cascada» electoral no es nuevo. Ya lo aplicó Carlos Menem -su ministro del Interior era Julio Mera Figueroa-en 1991: el riojano buscó ubicar en el inicio de la serie un distrito en el que le fuera razonablemente bien de tal manera que impusiera un clima de triunfalismo para los demás. Por otro lado, ninguno de los resultados sería visto como una derrota absoluta. En el caso de De la Rúa debe disimularse un problema específico: los tres grandes feudos (Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba) están en manos del PJ y sólo en la Capital la Alianza puede descontar esas derrotas con bastante probabilidad.

Los hombres de la UCR y del Frepaso ignoran todavía cuáles serán las combinaciones para cada turno si es
que, efectivamente, se fragmentan los comicios. Ese trazo fino depende de encuestas que todavía no se realizaron. Pero en la línea de lo que ya viene planeándose, el gobierno no constituirá un comando electoral único, que induciría una visión «nacionalizada» de las elecciones. Rafael Pascual, presidente de la Cámara de Diputados, será seguramente el responsable en las sombras de la estrategia oficial -es hoy el principal impulsor de la tesis del desdoblamiento-pero no estará al frente de un equipo único y visible (entre otras cosas porque también él será candidato en la ciudad, donde encabezará la lista de diputados).

En cuanto a De la Rúa, la multiplicación de votaciones lo beneficiaría también en otro sentido: no tendrá que enfrentar a los gobernadores del PJ con un discurso electoral único y agresivo

En otras palabras, intentará evitar que una derrota complique severamente la gobernabilidad del país en la segunda mitad de su mandato.

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