22 de octubre 2004 - 00:00

Excusas y valiosas lecciones de las mil páginas de Clinton

Portada de la autobiografía de Bill Clinton
Portada de la autobiografía de Bill Clinton
"Si querés vivir como un republicano, más te vale votar como un demócrata.» A esta máxima de su partido apela Bill Clinton para describir lo que presentía poco antes de dejar la Casa Blanca en manos de George W. Bush. El ex presidente desconfiaba de los planes fiscales de los republicanos, y creía en 2000 que un error de diagnóstico equivaldría a romper el círculo de la economía estadounidense que lo acompañó durante gran parte de su mandato.

En su autobiografía, «Mi vida», Clinton se autoelogia por el superávit fiscal de 500.000 millones de dólares, la disminución de la deuda y la creación sostenida de empleo. «Nos habíamos convertido en una sociedad más diversa, pero también más unida», evalúa como balance final de su mandato.

Más allá de los reparos que despierta el análisis del demócrata, la historia política de Clinton se torna valiosa por el notable contraste con las trayectorias de nuestros representantes. En un país como la Argentina, con políticos que se precipitan con candidaturas a destiempo, dispuestos a formar alianzas extravagantes ante la presunta inminencia del poder, la biografía de Clinton sobresale como un manual de construcción política en la que combina paciencia y osadía.

•Centro

El caso de Clinton es otro de los éxitos electorales del centro político, que el demócrata peleó a partir de los postulados de la tercera vía
. Mientras gobernaba Arkansas, fue calificado por un rival interno como el mejor amigo de Wall Street, toda una injuria para los demócratas. «Me acusan de 'republicano descafeinado... Tenemos que ser amigos de Wall Street y de Main Street», respondía Clinton al defender programas de rebaja impositiva para la clase media.

Es sabido que el ex presidente tenía varios defectos, pero le caben dos virtudes. De su historia política se destacan sus dotes para manejar los tiempos y aplicar el sentido común.

Salvo a la que identifica como «extrema derecha», racista y anquilosada en el pasado, que impulsó -según dice- el proceso de impeachment en su contra, en especial el fiscal Kenneth Starr, Clinton no anula a nadie como interlocutor. Gobernar en política implica dialogar y sumar, aun a aquellos rivales que se metieron con su intimidad desde los albores de su candidatura, o los que lo corrían por izquierda o por derecha. En el plano externo, Clinton tiende puentes hacia regímenes tan polémicos como el del ya fallecido Hafez al-Assad en Siria o el reformista Mohammed Khatami en Irán.

El centro puede no gustar. Es de hecho saludable la existencia de izquierda y derecha. Lo que es imperdonable es la obcecación, el apresuramiento, el consignismo y el autismo, defectos que los argentinos conocemos y en los que Clinton no cayó en su carrera.

El libro logra finalmente hacer transitar al lector por los laberintos de las grandes decisiones, cuando se anima a narrar, con cierto detalle, los febriles encuentros de Camp David con
Yasser Arafat y Ehud Barak en 2000, que derivaron en una de las mayores frustraciones del siempre frustrado proceso de paz. Se pueden conocer en esas páginas los factores psicológicos que influyeron en ambos lados, los caprichos, los miedos de líderes acosados por extremistas de sus países, y una impensada relación amistosa entre negociadores israelíes y palestinos.

Un detalle: «A veces me parecía que Arafat estaba confuso, y que no dominaba completamente los hechos».

• Decepción

Además, el ex presidente reitera un consejo para los políticos a raíz de la «decepción» que le provocó que Barak estuviera tan pendiente de las encuestas. «En política exterior, las encuestas a menudo no sirven para nada... Si fracasaba, los pocos días con resultados positivos en las encuestas se los llevaría el viento...»

Dice Clinton que previó que la amenaza de este siglo sería Al-Quaeda. El pronóstico certero se tradujo poco en su acción de gobierno. A su administración le caben tantas culpas como a la actual por las graves fallas en los servicios de seguridad para prevenir el 11 de setiembre, según la comisión investigadora bipartidaria que evaluó el tema.

En la faz personal, «Mi vida» dedica centenares de páginas a una infancia dramática debido a un padrastro violento, a aquel niño gordito que se cansaba al correr, o a la versión temprana de un joven posmoderno, que dejó un tendal de chicas «por el miedo al compromiso» en las épocas de estudio en Oxford ( Inglaterra) y Yale. Eran los años en que por «convicción» o « cobardía» logró eludir Vietnam. El demócrata parece no tener claro tampoco ahora qué lo llevó a evitar la guerra.
En todo caso, quien escribió es un hombre «que ama la verdad y se esconde a veces en la falsedad... Ni tan bueno como mis seguidores creen, ni tan malo como mis críticosmás acérrimos afirman».

Como muchos infieles a los que se les da otra oportunidad, Clinton se ve en la necesidad de sobreactuar los elogios hacia su pareja. Probablemente, ante la pesadilla que vivió cuando casi pierde matrimonio y la Presidencia por uno de sus affaires,
Clinton tomó real dimensión de los valores de Hillary, únicos para él, y superiores a los de Monica Lewinsky para el resto de la humanidad.

Cada vez que Hillary Rodham es nombrada, el ex mandatario se ve en la necesidad de expresar cuánto la admira y cuánto le debe en lo personal y profesional. No es que la actual senadora no se merezca los elogios y las disculpas, pero sería más atinado que se los reservara para el cara a cara de cada mañana, sobre todo ahora que pudo volver del sillón a la cama. Además, menos alabanzas hubieran sido una forma de ahorrar algunas líneas a un volumen que tiene 1.146 páginas. Una (auto) biografía no debe caer en el error de transcribir un diario personal, ni siquiera íntimo, como por momentos ocurre con «Mi vida».

Algunos ex presidentes que estiman que su gestión marcó un hito histórico, creen que deben repartir bendiciones en sus memorias. Entonces, cada persona nombrada, desde vecinos de la infancia hasta presidentes de otros países, recibe algún concepto casi siempre laudatorio, que sólo importa al mencionado. Aunque los tiene, hubieran sido bienvenidos más detalles que develaran algo más de la trama menos pública del Gran Poder.

Sebastián Lacunza

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