Política exterior se mueve a golpes de fotos
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En la marcha por la liberación de Ingrid Betancourt, el domingo en París, Cristina de Kirchner fue protagonista, en primera fila con look de resistente francesa, posando para una fotografía que difícilmente pueda encontrarse en archivos argentinos puesto que, según los organismos de derechos humanos de Santa Cruz, los Kirchner brillaron por su ausencia en esas manifestaciones. Pero París bien vale una marcha.
La manifestante interpeló en París al gobierno colombiano para que «comprenda que deben cesar las operaciones militares para poder arribar a un final feliz». Esta abierta injerencia en asuntos de otro país fue lo más aplaudido de su discurso, lo que revela el espíritu que mueve a la mayoría de los que se movilizan por Ingrid: han hecho de ésta una causa contra el gobierno colombiano porque simpatizan con la guerrilla que la secuestró. Por eso llegan al colmo de incriminar por su calvario a Uribe antes que a las FARC, a las que raramente interpelan y mucho menos condenan. Finalmente, le niegan a un gobierno constitucional el derecho de combatir la agresión de que es objeto.
No hay excusa humanitaria que disculpe este nuevo derrape de la política exterior kirchnerista.
En Estados Unidos, el embajador argentino, Héctor Timmerman, justificó las trompadas de Luis D'Elía y envió una carta al Ejecutivo, al Congreso y a la prensa de aquel país, explicando que el conflicto agropecuario era con «un grupo minoritario de propietarios de la tierra».
En Buenos Aires, poco después de haber dicho que el caso Antonini Wilson era una «burda operación política para limitar la autodeterminación argentina», Carlos Kunkel, otrora diputado de la Tendencia revolucionaria, se reunió con el embajador norteamericano, Earl Wyane, en medio del conflicto agropecuario, para tranquilizarlo respecto de la seguridad de las empresas de capital norteamericano radicadas aquí. Pelearse y reconciliarse con el «imperio», pedir por Ingrid y explicar las piñas de D'Elía son las últimas expresiones de una política exterior que parece no tener brújula, al menos para el público.




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