Cristina de Kirchner se declaró jauretchiana. Fue poco después de ser electa presidente. Anteriormente, en varias ocasiones, se había referido también a sus lecturas forjistas. Al parecer entonces abrevó en una corriente (FORJA, la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) que hizo de la denuncia de nuestra condición de colonia informal del imperio británico el combustible para la formación de una «conciencia nacional».
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La mayoría de los adherentes a lo que en los 70 se llamó la «Tendencia» (la Juventud Peronista y más en general el ala progresista del movimiento), incluso los más periféricos, como los Kirchner, se formaron en la lectura de los textos de Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz, entre otros. Este último definió al ferrocarril como «el instrumento más poderoso de la hegemonía inglesa entre nosotros». A través del manejo tarifario, denunciaba, «se pueden impedir industrias, crear zonas de privilegio, fomentar regiones, estimular cultivos especiales y hasta destruir ciudades florecientes». Así se creaba un corpus crítico hacia un sistema ferroviario radial con centro en Buenos Aires que reforzaba la macrocefalia argentina, postergaba el interior y modelaba nuestra estructura productiva en función de intereses foráneos. Esos eran los argumentos.
En la segunda mitad del siglo XIX, se construyeron en el país -mayormente con financiación británica privada- vías férreas para conectar los centros productivos con un puerto bonaerense también en construcción. De este modo, se encaminaban hacia Buenos Aires y hacia el mundo la producción vacuna y lanar del Sur, el trigo, el maíz y la harina del Litoral, los cueros de Entre Ríos, la madera del Chaco, etcétera.
Prédica
Hace tiempo que el gobierno actual viene predicando un modelo productivo de base diversificada que, entre otras cosas, tras el paréntesis privatizador de la década del 90, debería recuperar el ferrocarril para los argentinos. Se abre por lo tanto la oportunidad para que la «gloriosa Jotapé» aplique las enseñanzas jauretchianas. Sin embargo, bien considerado, al «modelo» ferroviario kirchnerista cuesta encontrarle la coherencia con los fines productivos declamados.
Y la conclusión que se impone, mal que les pese a los críticos del liberalismo anglosajón, es que el ferrocarril británico era al menos concurrente con un modelo de desarrollo productivo y de inserción internacional para una Argentina que se estaba convirtiendo en granero del mundo. Y, aunque acentuó el desequilibrio entre Buenos Aires y el interior, contribuyó a la integración territorial del país.
En su convergencia, la criticada generación del 80 y los vilipendiados capitales británicos tenían más coherencia y su obra fue más acorde con los intereses productivos del país que el actual encaprichamiento del gobierno con trenes de alta velocidad de pasajeros a Rosario, Córdoba y Mar del Plata; delirio que se acompaña con la paralela postergación de otros proyectos que, como la reactivación del Belgrano Cargas, son demandados por sectores productivos del país para consolidar y potenciar su desarrollo.
Pese a sus monsergas contra «el modelo privatizador neoliberal de los 90», el gobierno no ha revertido la privatización de los trenes de cargas ni el cierre de la mayoría de los ramales de pasajeros en el país, y en la Capital y el Gran Buenos Aires, el sistema de subsidios a los concesionarios no se ha traducido aún en una mejora del servicio. En cambio, se formula una propuesta ferroviaria, que ni siquiera puede llamarse «modelo», divorciada del desarrollo productivo del país, más aún, casi antagónica puesto que compromete una financiación mejor dicho un endeudamiento multimillonario (3.600 millones de dólares) que no está encuadrado en un plan de infraestructura de conjunto a mediano plazo.
Es natural que, para quienes pasaron de pedir «el hospital de niños en el Sheraton Hotel» a querer tener el cinco estrellas propio, todo se limite a un «plin, caja». En 1880, hubo una concurrencia de intereses «oligárquicocolonialistas», según el «relato» forjista que los Kirchner dicen haber consumido en su juventud. Hoy, la única concurrencia a la vista es entre un país interesado solamente en vendernos tecnología de punta, sin vínculo con su destino posterior -a diferencia de la inversión británica del siglo XIX- por un lado y, por el otro, supuestos progresistas críticos del neoliberalismo incapaces de diferenciar el interés nacional del particular.
Dejá tu comentario