Cual cónclave papal, los Kirchner
y Alberto Fernández
definen en El Calafate los
nombres del gabinete de la
próxima administración.
Repetirán su luna de miel los Kirchner en El Calafate, por 7 días, como premio a su triunfo. Menos modesta que la de antaño, claro. Y de paso habrá retiro espiritual con Alberto Fernández, la estrella del gobierno, para formar el nuevo equipo ministerial de la electa presidente. Ascenso vertical del jefe de Gabinete, a pesar de la pobre performance de sus huestes en Capital Federal (perdió 4 elecciones en el año, por izquierda y por derecha, su lista de diputados terminó cuarta el domingo pasado), el único general de su ejército sobre quien Kirchner ni siquiera bromea por el mal desempeño. Extraño, cuando ese ejercicio de burla, y castigo, es tan habitual en él con el resto de sus seguidores. Será que lo piensa como amuleto de la suerte.
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Si fue pieza clave con el santacruceño, ahora el jefe de Gabinete será llave maestra. Con Cristina, dicen, su relación es más estrecha (finalmente, vía ella, llegó entonces al gobernador para integrarse al nacimiento de Calafate, aquel núcleo político del que no han quedado muchos testigos). Y, si ha sido terapeuta de Néstor, con ella promete convertirse en consejero múltiple. Alguna vez pensó -con la partida de Kirchner-hacer docencia en los claustros: ahora, pretendido, se quedará como profesor de clases privadas y no es necesario decir a quién le impondrá horarios y asignaturas. Si a uno hizo presidente en su conciencia más íntima, a la otra intentará mantenerla airosa en la Casa Rosada. Un destino nacional.
Abruma hoy el despliegue de la prensa adicta operando contra los adversarios de Fernández, fundamentalmente Julio De Vido, a quien desea desplazar del equipo (ya lo postergó en el inicio de Kirchner, cuando el arquitecto soñaba con ser jefe de Gabinete). No es casual: todavía pervive como hombre fuerte del gobierno. Y la ofensiva sobre este funcionario supera ciertas normas: le impugnan falta de transparencia en todos los actos que firmó Kirchner, no registra el mejor perfil para el sector de la sociedad que no votó a Cristina. Claro que, del otro lado, replican con energía (obvio, es el área): le achacan a Fernández quedarse con esfuerzos ajenos y, si es por gente intachable, se preguntan por Héctor Capaccioli (encargado de la caja de los servicios de Salud), hombre al que los sindicalistas de todas las líneas lo esperan con un cartel semejante al que los hambrientoseuropeos, al concluir la guerra, le deparaban al Plan Marshall.
Batalla total, más que sorda la interna, con el jefe de Gabinete imponiendo condiciones para seguir -una forma de decir, nadie ignora la personalidad de Kirchner-y otros, a la defensiva, coleccionando voluntades sobre todo con los oriundos de Santa Cruz, esos «nyc» que a Fernández lo quieren menos que los porteños soberbios. Se ha desatado, como nunca en los más de 4 años de gestión de Kirchner, una batalla que quizás no merezca la señora mandataria. Aunque ella no puede erigirse en Diké, la diosa de la Justicia. Empezó jugando para un sector.
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