22 de junio 2006 - 00:00

Fútbol y clase sobre Evo en almuerzo real

Evo Morales
Evo Morales
Madrid - El rey Juan Carlos I indicó, con una frase, el tono que el gobierno de España pretende darle a la visita que Néstor Kirchner comenzó técnicamente ayer: «Gracias a su liderazgo y esfuerzo compartido de todos los argentinos podemos afirmar, con admiración y orgullo, que la Argentina ha logrado superar en muy pocos años la grave situación de crisis en que se vio sumida a comienzos de esta década». La felicitación fue también una sutil propuesta: demos por terminada la crisis y normalicemos la relación bilateral en todos los planos. Kirchner respondió con afecto el discurso del anfitrión. Recordó el papel de refugio que jugó España durante la dictadura militar y también el auxilio en la crisis de 2001-2002. No dejó pasar por alto los episodios familiares y saludó a la familia real por el nacimiento de su nieta doña Leonor.

En la primera puntada de la agenda oficial ofrecida a los Kirchner, los halagos de la familia real no podrían haber sido más calurosos. El rey recibió al Presidente en su propia residencia, el Palacio de la Zarzuela -cercano al del Pardo, donde está alojada la pareja presidencial- y ofreció un almuerzo después en el Palacio Real, ubicado frente a la Plaza de Oriente, en el límite del Madrid de los Austrias.

Durante las cuatro horas que se consumieron en los dos rituales se dijeron cosas importantes y se produjeron escenas llamativas. Como es costumbre, el rey no entra en detalles. Prefiere mostrarse preocupado por el marco general de las relaciones internacionales. Es José Luis Rodríguez Zapatero quien se encarga de las especificaciones. En la intimidad con Kirchner, sin embargo, don Juan Carlos habló de algunos temas bien concretos. Con elegancia, claro. Felicitó a Kirchner casi en los mismos términos en que lo hizo en público, durante los brindis del almuerzo posterior.

Después se interesó por los problemas de Iberoamérica -sujeto al que prefieren referirse las autoridades españolas, en detrimento de la afrancesada América latina o la muy brasileña Sudamérica-. Expresó, claro, preocupación por la inestabilidad creciente. Y preguntó en particular por Evo Morales: ¿qué significa?, ¿hay alguien que influye sobre él?, ¿qué lo mueve? Una preocupación que navega por su sangre: su tatarabuela, la reina Victoria de Inglaterra, tachó a Bolivia del mapa y declaró que «ese país no existe» cuando el tirano Mariano Melgarejo, en 1870, echó del país al embajador inglés. La reacción de la reina fue lógica: por no haber costas, nada podía hacer allí la armada británica.

Kirchner, quien acaso ignore que las inquietudes vienen de tan lejos, dio su versión de las cosas: «Evo se mueve por sí mismo. Tiene sus propios objetivos y problemas. No creo que, como se dice, sea un juguete de Chávez. Si alguien influye en él es Fidel Castro. No hay que asustarse. A Latinoamérica hay que entenderla desde Latinoamérica. Hay cosas que tienen su propia lógica y, desde Europa, a veces es difícil comprenderlas».

  • Curiosidades

    En un mundo que tiende a eliminar peculiaridades, la de Kirchner es una tesis que puede ayudar a entender su comportamiento. Por suerte el rey demostró enseguida que sus desvelos no tenían motivaciones ancestrales: «Es importante el papel que Repsol puede cumplir en la región, un rol de equilibrio en un momento en que todo el mundo se ve afectado por la crisis energética». A buen entendedor...

    Desde la Zarzuela, Kirchner volvió al Pardo y, desde allí, partió con su esposa Cristina hacia el Palacio Real. Lo esperaban 90 invitados, entre ellos los ministros de Zapatero, el embajador Carmelo Angulo y los principales empresarios españoles. Extenso besamanos, con algunas curiosidades. Por ejemplo, la cordialidad con que el ministro de Hacienda, Pedro Solbes, introdujo a Felisa Miceli entre sus relaciones, inclusive presentándosela al jefe del gobierno socialista. Los dos economistas habían llegado en el mismo coche: venían de reunirse por una hora.

    Más llamativa fue la irrupción de José María Díaz Bancalari entre los tapices del XVIII que penden de las paredes el palacio. «El Mono» se abalanzó sobre Letizia, la princesa de Asturias, y abrazándola por debajo de la nuca, le estampó un sonoro beso en la mejilla. Hermosa asimetría la de Bancalari con la nuera del rey, en quien cabría sospechar una anorexia. Ella no pudo contenerse: miró hacia sus antiguos colegas de la TV española y les dibujó con los labios una especie de «¿Y esto de dónde salió?». Debería haber escuchado las explicaciones que Díaz Bancalari le dio a Alberto Balestrini: «Si le doy un beso a Cristina les doy un beso a todas». El diputado de San Nicolás sabe bien para quién trabaja. Balestrini, sin embargo, le explicó que «con las mujeres de la nobleza hay que poner la mano con la palma hacia arriba, que ellas te ponen encima la mano hacia abajo. Hay que hablar con la gente de protocolo de Scioli, que nos dio una clase cuando visitó la Argentina la reina de Holanda».

    Fue nombrar a ese país y se desató un corrillo futbolero. El tema ocupó todas las conversaciones durante el almuerzo. También en la mesa de los reyes. Juan Carlos I fue minucioso en la disposición del protocolo. Ubicó cerca suyo al embajador argentino, Carlos Bettini, a quien llama por su nombre de pila (la madre y la hermana de Bettini fueron las únicas argentinas invitadas a título personal a la boda del príncipe: se conocen desde hace años). Al lado del representante argentino, la vicepresidenta primera del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. A la derecha del rey, Cristina Kirchner. Enfrente, el presidente argentino, flanqueado por doña Sofía y doña Letizia, a quienes hizo reír durante todo el almuerzo vaya a saberse con qué ocurrencias. No habrán sido las del fútbol, que dedicó al anfitrión: «Les vamos a ganar la final del campeonato», desafió Kirchner, en lo que constituía también un buen deseo. «Ah, ahí sí que se rompen las relaciones», contestó el rey. Bettini quiso ser afectuoso: «No, ganamos los dos». Ya parecía un diplomático de carrera. Lo miraron feo. Quien reveló ser un científico en materia futbolística fue Rodríguez Zapatero. Hizo un análisis del seleccionado brasileño que merecería estar en los comentarios de «la Globo». Si no fuera porque le censurarían el contenido: «Brasil está muy bien pero tiene dos defensores a los que se les notan los años, Roberto Carlos y Cafú, que ya compiten por el número de partidos jugados». Bastaría que agregue que Ronaldo está gordo -como hizo Lula- para que no pueda visitar nunca más Brasil a pesar del idilio iberoamericano que se promueve desde España.
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