Fútbol y clase sobre Evo en almuerzo real
-
Michel y Bahl reclaman al Gobierno por posibles restricciones de la UE al biodiésel entrerriano
-
Qué son los Acuerdos de Isaac entre la Argentina e Israel
Evo Morales
En un mundo que tiende a eliminar peculiaridades, la de Kirchner es una tesis que puede ayudar a entender su comportamiento. Por suerte el rey demostró enseguida que sus desvelos no tenían motivaciones ancestrales: «Es importante el papel que Repsol puede cumplir en la región, un rol de equilibrio en un momento en que todo el mundo se ve afectado por la crisis energética». A buen entendedor...
Desde la Zarzuela, Kirchner volvió al Pardo y, desde allí, partió con su esposa Cristina hacia el Palacio Real. Lo esperaban 90 invitados, entre ellos los ministros de Zapatero, el embajador Carmelo Angulo y los principales empresarios españoles. Extenso besamanos, con algunas curiosidades. Por ejemplo, la cordialidad con que el ministro de Hacienda, Pedro Solbes, introdujo a Felisa Miceli entre sus relaciones, inclusive presentándosela al jefe del gobierno socialista. Los dos economistas habían llegado en el mismo coche: venían de reunirse por una hora.
Más llamativa fue la irrupción de José María Díaz Bancalari entre los tapices del XVIII que penden de las paredes el palacio. «El Mono» se abalanzó sobre Letizia, la princesa de Asturias, y abrazándola por debajo de la nuca, le estampó un sonoro beso en la mejilla. Hermosa asimetría la de Bancalari con la nuera del rey, en quien cabría sospechar una anorexia. Ella no pudo contenerse: miró hacia sus antiguos colegas de la TV española y les dibujó con los labios una especie de «¿Y esto de dónde salió?». Debería haber escuchado las explicaciones que Díaz Bancalari le dio a Alberto Balestrini: «Si le doy un beso a Cristina les doy un beso a todas». El diputado de San Nicolás sabe bien para quién trabaja. Balestrini, sin embargo, le explicó que «con las mujeres de la nobleza hay que poner la mano con la palma hacia arriba, que ellas te ponen encima la mano hacia abajo. Hay que hablar con la gente de protocolo de Scioli, que nos dio una clase cuando visitó la Argentina la reina de Holanda».
Fue nombrar a ese país y se desató un corrillo futbolero. El tema ocupó todas las conversaciones durante el almuerzo. También en la mesa de los reyes. Juan Carlos I fue minucioso en la disposición del protocolo. Ubicó cerca suyo al embajador argentino, Carlos Bettini, a quien llama por su nombre de pila (la madre y la hermana de Bettini fueron las únicas argentinas invitadas a título personal a la boda del príncipe: se conocen desde hace años). Al lado del representante argentino, la vicepresidenta primera del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. A la derecha del rey, Cristina Kirchner. Enfrente, el presidente argentino, flanqueado por doña Sofía y doña Letizia, a quienes hizo reír durante todo el almuerzo vaya a saberse con qué ocurrencias. No habrán sido las del fútbol, que dedicó al anfitrión: «Les vamos a ganar la final del campeonato», desafió Kirchner, en lo que constituía también un buen deseo. «Ah, ahí sí que se rompen las relaciones», contestó el rey. Bettini quiso ser afectuoso: «No, ganamos los dos». Ya parecía un diplomático de carrera. Lo miraron feo. Quien reveló ser un científico en materia futbolística fue Rodríguez Zapatero. Hizo un análisis del seleccionado brasileño que merecería estar en los comentarios de «la Globo». Si no fuera porque le censurarían el contenido: «Brasil está muy bien pero tiene dos defensores a los que se les notan los años, Roberto Carlos y Cafú, que ya compiten por el número de partidos jugados». Bastaría que agregue que Ronaldo está gordo -como hizo Lula- para que no pueda visitar nunca más Brasil a pesar del idilio iberoamericano que se promueve desde España.



Dejá tu comentario