En el edificio de la CGT había ayer ceños fruncidos y diálogos quejosos. Circulaba la versión de que el Ministerio de Trabajo -obviamente, por orden de Néstor Kirchner en un gobierno con unicato de decisión- dispondría darle personería a una segunda CGT, la CTA de Víctor De Gennaro (CTERA y gremios de la burocracia estatal de izquierda). Sindicalistas "gordos" preocupados por algo es alivio y posibilidad de progreso para el país agobiado por los excesos gremiales. Por supuesto, el gobierno, a su vez, se mueve siempre hacia el dominio hegemónico del país (De Gennaro es amigo del presidente de la Nación desde hace años y le impuso las encuestas falsas de Artemio López, la designación a gusto del gremialista del embajador en el Vaticano, la candidatura del economista populista Claudio Lozano en el Congreso, etcétera). Pero aun con riesgo hacia las libertades públicas dos CGT facilitarían habilitar más sindicatos hasta llegar a los de empresa. Esto es mejor frente al latrocinio gremialista constante, aunque está el otro riesgo del hegemonismo, obsesión permanente del kirchnerismo. Difícil opción. Nada les es fácil hoy a los sostenedores de la libertad y de la iniciativa privada.
Apenas faltaban tres o cuatro detalles de forma. Pero para los «gordos» de la CGT, anoche, había llegado la hora de decidir si irían hoy a las 12 a brindar por las fiestas con Néstor Kirchner, como les propuso Oscar Parrilli. ¿Qué fue lo que cambió el clima de armonía con el gobierno, alimentado por minuciosos aumentos salariales? La información de que, cumplidos aquellos detalles, la Central de Trabajadores Argentinos que conduce Víctor De Gennaro obtendrá finalmente su personería gremial.
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Hasta ahora, el sindicalismo argentino se organizó sobre la base de una sola central obrera. Es una diferencia importante con otras tradiciones, como la italiana o la francesa, en las cuales existen tantas confederaciones como corrientes ideológicas (sobre todo, rivalidades entre socialistas y comunistas).
Precisamente este diseño es el que pretenden las organizaciones de izquierda, que no solamente se agrupan en la CTA, sino que, con independencia de ésta, también pujan en la interna de cada gremio. En otras palabras: para los gremios tradicionales, conducidos por gremialistas aburguesados y más o menos centroderechistas, se abre la posibilidad de que a cada competidor interno se le habilite la creación de un sindicato independiente. De allí a la fragmentación de las obras sociales, las « cajas», hay un paso. Esto temen en Azopardo 802, claro, además de la aparición de organizaciones por empresa o sector.
La existencia de una sola central, la CGT que ahora conduce un triunvirato (Hugo Moyano, José Luis Lingeri, Susana Rueda), fue impugnada largamente ante la Organización Internacional del Trabajo por De Gennaro y los suyos. Curiosidades de la historia: uno de los más inteligentes defensores del esquema de central única fue siempre Carlos Tomada, el ministro de Trabajo que terminaría ahora volteando este diseño.
Un gremialista imaginativo confesó a este diario anoche: «Si mañana ocurre lo que suponemos, olvídese de lo que sucedió hoy con la basura en el centro de Buenos Aires. Mañana será la quema porque Moyano se volverá loco con sus camioneros». ¿La guerra entre Kirchner y la CGT? Esto se anunciaba anoche en la central obrera.
Si el gobierno de Kirchner termina por remover el régimen actual de asociaciones profesionales (de esto se trata, técnicamente), volverá a someter a la sociedad argentina y, sobre todo, a su empresariado a un dilema histórico. Si es más conveniente para el desarrollo del país un gremialismo fragmentado y competitivo (aunque radicalizado en una de sus ramas) o, por el contrario, sirve más al avance del país un sistema sindical conservador y dialoguista, como el que dominó tradicionalmente en la Argentina y tanto envidian en otros países como Uruguay, por caso.
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